EN LOS AÑOS 1870. Un sector de la actual San Martín al 400, frente a la plaza Independencia, registrado por el fotógrafo Ángel Paganelli la gaceta / archivo
En 1870, se inauguró en Tucumán el colegio Sarmiento, para mujeres, dependiente de la Municipalidad y bajo la dirección de la educadora salteña Josefa Benigna Saravia. La secundaban, como docentes, Filomena Saravia, Dalmira de la Vega de Zavaleta, Jesús Iriarte y Carmen Adela Vidal. En 1875 pasaría a las Hermanas del Huerto.
Paul Groussac estaba en esa época viviendo en Tucumán. Integró mesas de examen del colegio Sarmiento, y publicó en “La Razón” un artículo con elogios y críticas. Entre estas últimas, señalaba que, en Literatura, “en vez de formarles el gusto y elevar su alma con el diario estudio de los grandes maestros, les hacen recitar de memoria qué es ‘prosopopeya’, ‘apóstrofe’, ‘sinalefa’ y así”.
Deploraba que, en Geografía, “saben durante los cinco o seis días que preceden y siguen al examen, cuáles son las aldeas de Afganistán y el número de sus habitantes; pero ignoran lo que importa saber y nunca olvidarían: su manera de vivir, los rasgos originales de su semi-barbarie, el efecto que produciría el aspecto de ese país sobre una tucumana de Tucumán”.
Y acerca de la Música, apuntaba: “la superioridad de la educación musical en la parisienses sobre nuestras niñas, es hoy muy real, pero no es antigua. Hace apenas diez años que la verdadera música ha hecho su entrada oficial en las instituciones de enseñanza. Aquí, no ha pisado el umbral de ninguna casa de educación. Vivimos en plena era bizantina: habaneras y polquitas”.
Aseguraba que “se nos hace pedazos el corazón cuando vemos una niña cuya mirada brilla de inteligencia, ir a sentarse en el piano para martillar ‘la Habana de va a perder’ u otra atrocidad por el estilo”.
Paul Groussac estaba en esa época viviendo en Tucumán. Integró mesas de examen del colegio Sarmiento, y publicó en “La Razón” un artículo con elogios y críticas. Entre estas últimas, señalaba que, en Literatura, “en vez de formarles el gusto y elevar su alma con el diario estudio de los grandes maestros, les hacen recitar de memoria qué es ‘prosopopeya’, ‘apóstrofe’, ‘sinalefa’ y así”.
Deploraba que, en Geografía, “saben durante los cinco o seis días que preceden y siguen al examen, cuáles son las aldeas de Afganistán y el número de sus habitantes; pero ignoran lo que importa saber y nunca olvidarían: su manera de vivir, los rasgos originales de su semi-barbarie, el efecto que produciría el aspecto de ese país sobre una tucumana de Tucumán”.
Y acerca de la Música, apuntaba: “la superioridad de la educación musical en la parisienses sobre nuestras niñas, es hoy muy real, pero no es antigua. Hace apenas diez años que la verdadera música ha hecho su entrada oficial en las instituciones de enseñanza. Aquí, no ha pisado el umbral de ninguna casa de educación. Vivimos en plena era bizantina: habaneras y polquitas”.
Aseguraba que “se nos hace pedazos el corazón cuando vemos una niña cuya mirada brilla de inteligencia, ir a sentarse en el piano para martillar ‘la Habana de va a perder’ u otra atrocidad por el estilo”.







