Muy pocos deben haber sabido que se llamaba Luis Ángel, porque para todo Tucumán él era “Tito” Mangini, el fotógrafo analógico, el artista.
Nació el 20 de febrero de 1941. Había estudiado pintura y dibujo, dibujo de historietas, teatro, danzas clásicas y arquitectura, pero un día puso el ojo tras la lente de la cámara e hizo mirar según su peculiar manera el paisaje, el trabajo, las caras de la gente, las mujeres. Sus recorridos eran previsibles: de su estudio de Monteagudo al 400 a marcar, cámara en mano, el paisaje; de ahí a la confitería El Buen Gusto, a la vernissage de alguna de sus tantas muestras, de la de alguno de sus amigos artistas, o a algún concierto. Y de allí de vuelta a la soledad del laboratorio, bajo la ampliadora, al misterio rojo de la luz ictínica, al hallazgo en cada imagen.
Mangini mostró, en plena urbe, el corazón de la zafra azucarera; una pastorcita rodeada de cabras; la inmensidad del valle en Quilmes; un retrato que hablaba; el patio amable de una casa tucumana; la figura longilínea de una mujer desnuda o la exuberancia de la selva misionera. Revistas, libros y exposisiones guardaron sus obras. Sus catálogos están llenos de reflexiones. Estas son solo algunas de ellas: “hago mi trabajo de manera artesanal. No me gusta que la tecnología interfiera en la poesía de las imágenes”.
“¿Qué me atrae de los patios? Su belleza oprimente”.
“El registro más valioso es el instantáneo, aunque los motivos sean estáticos”.
“Algunos retratistas honran a sus retratados; algunos retratados, a sus retratistas, y a veces hay mutua coincidencia”.
“El desnudo, como posibilidad estética, es absolutamente decente. Mucho más que la misma insinuación”.
“Pienso que el hombre es la máxima amenaza para la humanidad y también la máxima esperanza. Si mis fotos sirven para hacer ver hombres en los hombres, algo he conseguido”.
Punto de vista
Fotógrafo y bohemio
Julio Pantoja / Fotógrafo, docente
Mangini ha hecho el trabajo fotográfico más importante sobre temas típicos tucumanos, la zafra azucarera y los cañeros, y los lapachos. Tenía una dimensión poética que se veía en las imágenes y también cuando hablaba. Siempre estaba reflexionando. Otra cuestión que me parece muy importante es que dio testimonio de su secuestro y torturas en el juicio de Arsenales, lo que habla de su sensibilidad y de su compromiso. En Tucumán él fue el primero en tener una mirada madura e interesante de la fotografía. Aprendió de grandes maestros, Anatole Saderman y Pedro Otero. En su época había otros estudios fotográficos, como Luz y Sombra, que eran más estrictamente profesionales. Pero su estudio era el del artista, porque él estaba muy relacionado con los artistas plásticos, con los músicos, de hecho él también era músico. Mangini era un bohemio en una época fértil de la cultura tucumana.








