Con viveros y huertas aéreas alimentan a sus hijos

Madres de Los Vázquez recibieron el apoyo de alumnos de Agronomía, y ahora viven de la venta de su producción

MANOS A LA OBRA. Una de las vecinas de Los Vázquez mezcla con perlita la tierra que usará luego en las macetas para hacer sus plantines. LA GACETA / FOTO DE DIEGO ARÁOZ
MANOS A LA OBRA. Una de las vecinas de Los Vázquez mezcla con perlita la tierra que usará luego en las macetas para hacer sus plantines. LA GACETA / FOTO DE DIEGO ARÁOZ
Por Claudia Nicolini 14 Diciembre 2015
El sol feroz del verano era desalentador para cualquiera. Pero el entusiasmo pudo más: el equipo de voluntarios llegó al lugar de la cita en Los Vázquez casi en simultáneo con las mujeres del barrio que trabajaron en “el proyecto”. Juntos mostraron los logros: petunias rojas y moradas; jazmines del cabo; cactus y crasas; tomillo, romero, incienso y ruda se lucían en pequeños estantes. Cerca, las herramientas: palas, el balde de mezcla, macetas, la bolsa con perlita...

El proyecto en cuestión forma parte del Programa Voluntariado y Pasantías Sociales de la Nación, que desde 2005 moviliza estudiantes y docentes que se juegan por el trabajo solidario, integrando conocimientos adquiridos con problemáticas sociales urgentes.

El trabajo en Los Vázquez, hijo de la unión -legítima y comprometida- de las cátedras de Cultivos Industriales y de Plantas Ornamentales y Floricultura de la Facultad de Agronomía y Zootecnia de la UNT (FAZ)- se hizo en dos etapas: primero capacitaron a los voluntarios en técnicas de producción y venta de plantines florales y aromáticas. Así nacieron el “vivero” de la FAZ y la experiencia de exhibir y vender sus productos en la Expo Lules. Con ese bagaje, los “casi ingenieros” (les quedan pocas materias para recibirse) encararon un desafío doble: mantener produciendo el vivero (de donde se tomó el material para trabajar en el barrio) y volcar a la comunidad lo que ellos habían aprendido. El objetivo era ayudar a determinados sectores de la población a generar recursos con el trabajo de sus manos. Así pasó 2015.

Diciembre

Era tarde de balance. Noel Marín, Julio Nieva, Gabriela Banegas, Rosario Ovejera, Cinthia Carrizo, Julián Castellanos, Martín Lebrón, Julieta Ferreira y sus profesores de la Facultad de Agronomía Mónica Dilascio y Manuel Díaz llegaron, saludaron acomodaron sillas, repartieron vasos y bebida fresca, evaluaron el estado de las plantas...

Lidia Montesino, la dueña de casa, tomó con naturalidad la invasión; está acostumbrada: allí funciona una cocina comunitaria donde las madres del barrio se turnan rigurosamente para preparar alimentos para su familia; la casa de Lidia es un poco la casa de todos.

Acaloradas, y varias de ellas con niños pequeños, fueron llegando las demás: Marina Catán estaba fascinada con el tamaño y la cantidad de sus tomates perita, y Katerine Monzón, un poco triste, le contó a Rosa López que sus pimientos se ponen mustios antes de madurar. Priscilla Villagra miraba en silencio.

“Fue buenísima la experiencia -aseguró Lidia, la más locuaz del grupo- y queremos seguir aprendiendo”. “Descubrimos por qué no nos crecían las plantas en el barrio: aprendimos a preparar la tierra, a abonarla, a airearla con la perlita...”, contó Rosa, y no es un dato menor: “la tierra en sus casas es pobre en nutrientes y está llena de escombros”, explicó el ingeniero Díaz.

“También aprendimos a armar huertas aéreas”, agregó Katerine, y aclaró: “todas nuestras plantas están altas, en estantes o cajones, o colgando; así las protegemos de los animales”.

Mientras tanto, por última vez en el año, se armó el mesón de trabajo: entre todos buscaron tierra del fondo y se pusieron manos a la obra: mezcla, corte de gajos, plantación, riego... Josecito, uno de los hijos de Lidia, protegía con el cuerpo su flamante plantita. “Yo la riego solo, yo ya sé”, proclamaba en puntas de pie.

Aprendizajes

Hubo muchos aprendices en este proceso. “El desafío más grande no fue tanto aprender a hacer las plantas; al menos ya teníamos la teoría. Lo más complicado fue encontrar cómo comunicar sin usar tecnicismos y sin dar nada por supuesto”, reconoció Julio, que casi ofició de vocero de los voluntarios. Y en el “no dar nada por supuesto”, la mejor ganancia fue descubrir la cantidad de saberes que circulaban sin que sus poseedoras fueran conscientes: “ellas sabían muy bien, por ejemplo, qué es un injerto, pero no por qué ni cómo se hace”, explicó Gabriela. “Ahora entendemos por qué no prendían los gajos que poníamos en el suelo -contó Lidia-. hacíamos el pozo y ya... pero siendo la tierra tan dura y sin abono, las plantas se nos morían”.

Todos contentos

Las mamás de Los Vázquez están felices. Con las manos llenas de tierra, Rosa y Marina contaron que vender los plantines es una de las maneras que tienen de generar recursos para que la cocina funcione. Trasladando macetas ya listas, Lidia mostró orgullosa las hijas de las hijas de sus plantitas originales. Y mientras regaban eran optimistas: todas contaron que la producción siempre se vende.

Por su parte, con gajitos de tomillo entre los dedos, la ingeniera Dilascio contó que el proyecto había recibido, pocos días antes, una mención especial en la Feria del Voluntariado de la UNT.

Es para decir ¡misión cumplida! ¿Verdad?

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