Doce Monos

Se cumplen 20 años del estreno de la película de Terry Williams, protagonizada por Bruce Willis, Madeleine Stowe y Brad Pitt. Una genial distopía de amor imposible.

13 Diciembre 2015
Por Marcelo Damiani - Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Hace exactamente 20 años (27-12-95) se estrenaba una de las mejores películas de los 90, y que hoy ya puede considerarse un clásico. Estamos hablando, por supuesto, de Doce Monos, de Terry William, también autor de la aclamada Brazil (1985). Allí ya había demostrado su talento para relacionar a Kafka con Shakespeare y rodearse de un equipo de lujo delante y detrás de las cámaras, incluyendo al dramaturgo Tom Stoppard, Jonathan Pryce y Robert de Niro, en un papel inolvidable. 

Basada en el gran mediometraje francés La jetée (1962), de Chris Marker, con música de Astor Piazzolla y Tom Waits, con un gran guionista (quizá el mejor de Hollywood) como David Webb Peoples, y un casting de primera que incluía a Bruce Willis, Madeleine Stowe y Brad Pitt, Gilliam construyó en Doce Monos una distopía de amor imposible impasiblemente, poblando el film de alusiones literarias y cinematográficas, haciendo especial énfasis en las relacionadas con Vértigo (1958), de Hitchcock. Tal vez por esto la parte mítica de la trama puede resumirse así:

James (Willis) y Katryn-Madeleine (Stowe) han nacido para amarse y el encuentro parece arreglado por los dioses. Él es una criatura marcada por la maquinaria sangrante de la destrucción, y las señales trágicas están en todas partes: En su mente, en su cuerpo; en el tiempo. Madeleine, mujer en flor, se niega a ver la evidencia de los signos con una tozudez que Orfeo ya ha pagado cara varios siglos antes de Sócrates: la razón jamás podrá vencer a la fatalidad del destino. Entonces James es reclamado por los nuevos dioses, científicos del tiempo, y desaparece. Madeleine, verdadera tough cookie proustiana, inicia una búsqueda por los infiernos y baja a los suburbios de la ciudad, donde se agita el corazón de la pesadilla. Allí encuentra a James y trata de rescatarlo de las manos de la muerte. La única condición, ella lo sabe tan bien como Orfeo, es que no debe mirar atrás. Pero la cita de los amantes pretéritos frente a la imagen vertiginosa del árbol eterno de la secoya, por cuyas buenas venas fluye la savia sabia (siempre verde, siempre viva), prefigura el final de la tragedia. Madeleine, en el aeropuerto donde los tiempos confluyen como vientos huracanados, es arrojada con fuerza a los brazos de la destrucción. Su mirada retrospectiva se convertirá en un mensaje al porvenir, sin saber que el porvenir es en realidad un futuro anterior, una suerte de pasado imperfecto que se proyecta provecto en el presente perfecto de sus ojos verdes, frente a los cuales James terminará desapareciendo, como Eurídice. 

Pero esta vez para siempre.

© LA GACETA

Marcelo Damiani - Escritor, crítico, profesor de Filosofía.

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