Ventanas al futuro

La narrativa argentina actual ofrece interesantes títulos que abordan la forma en que nos puede transformar un presente inmerso en una transición acelerada hacia lo digital. ¿Adónde nos llevan la virtualidad, la sociabilidad tejida en redes sociales, la dinámica de anticipación de deseos de los gigantes tecnológicos? ¿En qué medida retrocedemos mientras creemos avanzar? Sergio Bizzio, Pola Olaixarac, Pedro Mairal, Nicolás Mavrakis y Sebastián Robles nos dan algunas pistas en clave literaria

13 Diciembre 2015

Por Verónica Boix - Para LA GACETA - Buenos Aires

Como antropólogos de la era digital algunos escritores describen contextos posibles en un futuro cercano. Sus historias exploran las posibilidades de las nuevas tecnologías y tratan de entender cómo los avances alteran la percepción y transforman las relaciones humanas.

“Soy un romántico del mundo analógico” dice el escritor y periodista Nicolás Mavrakis, para definir su posición crítica sobre los cambios en la era digital. De las zonas inciertas de ese espacio tomó recortes, desechos y escribió con ese material su última novela, El recurso humano (Milena Caserola, 2014). “Intenta plantear una pregunta acerca de los límites para la fantasía y la libertad cuando se desenvuelven en un mundo de capitalismo digital en el que la información de cada persona se reduce a datos que se usan para medir detalladamente lo que deseamos, imaginamos y consumimos como usuarios en la web. Por lo tanto, si la lógica de Facebook, por ejemplo, es agrupar personas dentro de una sociabilidad anclada en hábitos semejantes, tal como cualquiera puede ver cada día, y si en base a esa “positividad”, que se sostiene en la afirmación permanente y autocomplaciente de esa decisión entre semejantes, lo que se obtura es cualquier margen para el disenso o la negatividad, ¿cuáles son, entonces, las chances para que surja algo verdaderamente espontáneo, fuera de cálculo, un verdadero encuentro con algo o alguien distinto?”, dice Mavrakis a LA GACETA Literaria.

Tal vez por eso, la nostalgia por la libertad perdida es lo que parece gobernar la melancólica aventura que emprende el programador free lance que narra la historia, de pronto convertido en una especie de agente secreto de una mega compañía. Como en Matrix, pero sin pastillas de colores, trata de dilucidar si todo lo que pensamos, sentimos y deseamos está previamente establecido. Su profesión es anticipar los deseos de consumo de una población. Un futuro que ya empezó.

La tecnología como un organismo vivo es la idea que desarrolla Pola Olaixarac en Las constelaciones oscuras (Random House, 2015). La civilización muta por la conjunción de un biólogo antiguo -Niklas- y dos nerds del siglo XXI -Cassio y Piera-. Las vidas de estos tres personajes se desarrollan en la extrañeza de una lengua que se entrelaza en universos vegetales: “Venus múltiples de los riachos, un grupo de nativas se peinaba en el curso de agua; su desvergüenza era tan alegre, tan completamente ida de toda disciplina, que no parecía que se tratara de mujeres, si no de especies vegetales propias de la zona”. A medida que avanza la trama, lo orgánico modifica la tecnología y la vitaliza hasta zonas insospechadas. Los cambios se suceden casi hasta el delirio de mano de los nerds, que serán los encargados de desarrollar una revolución tan silenciosa como inexorable.

Nuevas vías

Otro narrador joven que lleva a reflexionar sobre los conflictos actuales -el aislamiento de la vida contemporánea, la jerarquía en las relaciones virtuales y el conocimiento en internet- es Sebastián Robles autor de los diez relatos que integran Las redes invisibles (Momofuku, 2014).

Cada cuento describe una red social inexistente -por ahora- y traza en el ciberespacio un lugar de encuentro para grupos a los que, en el mundo de hoy, les resulta difícil comunicarse: enfermos terminales, animales, solitarios, personas con convicciones, escritores realistas, humanos con branquias. Con un tono cercano a la crónica periodística Robles exhibe los mecanismos que operan en las redes existentes y genera la ilusión de descubrir un hecho histórico, comprobable. Sus historias son una suerte de inventario de recuerdos del futuro.

El escritor reflexiona acerca de la idea de que intervenir en las redes sociales es una forma de viaje por el pensamiento de los demás: “Eso pensaba cuando escribí el libro. Ahora me parece una idea optimista. Tal vez porque un libro es el resultado de una búsqueda. Esa idea de viajar por el pensamiento de otros parte de una analogía con el Marco Polo de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino. Los relatos del libro son paisajes de ese trayecto. Hoy me parece más honesto decir: es ilusorio viajar por el pensamiento de otros, me conformo con viajar por el mío, si tengo esa suerte. Pero en esto las redes también son una ayuda. Hoy es el día de la madre. Mientras respondo esta pregunta, tengo abierto Facebook en la otra ventana. Me pregunto si en la oficina de Mark Zuckerberg existe una alarma que suena cada vez que un usuario sube por primera vez una foto de su madre o de algún pariente cercano. O de una pareja. ¿Quién somos a partir de que le damos al muro nuestros verdaderos afectos? ¿Existe la posibilidad de “volverse uno” con el alter ego de cada uno de nosotros? Subir algo al muro es como entregarlo al vacío: ya no nos pertenece del todo porque no sabemos a quién se lo damos, o por qué va a aparecer en un sistema que incluye publicidad paga, autopromoción, mensajes de amor o indignación y búsquedas de mascotas perdidas. Si algo está en la web desaparece de la realidad. Un contacto de Facebook sube una foto de su madre muerta. Si no tuviera la posibilidad de subir una foto, ¿iría al cementerio? Pienso que estas preguntas que me hago hablan más de mí mismo que de los otros. La única manera de formularlas es desde adentro de las redes. Pero el viaje siempre es hacia adentro.”.

Otros mundos en este

Es curioso que para explorar problemas del hombre contemporáneo relacionados con el aislamiento y las libertades individuales, la imaginación pueda tomar caminos radicalmente opuestos y alcanzar universos fascinantes. En Viaje al único, la segunda nouvelle que integra Dos fantasías espaciales (Mansalva, 2015) del escritor y guionista Sergio Bizzio, la posibilidad de supervivencia de la humanidad está puesta en un grupo de científicos adolescentes a bordo de una nave espacial.

Ese porvenir encapsulado funciona como un espejo sarcástico y preciso de la sociedad contemporánea. Bizzio habla sobre el origen de la historia: “Creo que hay una idea establecida de que a los escritores en general nos preocupan determinados temas y trabajamos con eso. No soy consciente de los temas que me preocupan. Se me ocurren cosas y trabajo sobre eso en la medida en que me entusiasmen. Hay una gran diferencia entre entusiasmo e interés. Es como una fuerza independiente de cualquier premeditación. Por ejemplo Viaje al único se me ocurrió un día que estábamos con mi hijo, que en ese momento tenía quince años, y escuchamos una de esas noticias recurrentes que hablan del descubrimiento de una posibilidad de vida en un planeta lejanísimo, en el que posiblemente había vida inteligente con la pequeña dificultad de que para llegar había que viajar 200 años. Mi hijo dijo: ‘Es muy fácil la solución. Tiene que ir naciendo gente durante el viaje’. Me pareció una cosa absolutamente brillante y en el acto me puse a escribir ese cuento.”

La mirada irónica de Bizzio exacerba el aislamiento de la vida contemporánea, el individualismo, la comunicación mediatizada y los condensa en ese viaje espacial. “Se van sucediendo las generaciones y la nave se convierte en una especie de republiqueta bananera con crímenes, corrupciones. Fui descubriendo el transcurso de ese viaje en el proceso de escritura, en paralelo. No sabía dónde iba. En un momento me topé con la idea de que los habitantes de esa nave se iban transfigurando físicamente y los que llegan se han transfigurado tanto que son la representación física de lo que nosotros imaginamos desde siempre como extraterrestres. Tengo un interés sobre el encierro, y en este relato sucede todo en gente encerrada en una nave espacial.” cuenta el escritor.

La Argentina marcha atrás

¿Qué pasa cuando se imagina el futuro en reversa? La respuesta sorprende en El año del desierto (Emece, 2015), la novela de Pedro Mairal recientemente reeditada. La “intemperie” invade Argentina y empieza un proceso de destrucción del país en fases inversas a las que construyeron la nación. El escritor juega con los mitos fundacionales, la “civilización y barbarie”, las crisis económicas y al mismo tiempo arrasa con los adelantos técnicos y científicos -los celulares, las computadores, los medicamentos, las máquinas, la electricidad-. Sin embargo, la verdadera tragedia es la brutalidad que provoca en los sentimientos y las ideas.

Como una gauchesca de seres futuristas, el país es escenario de las crisis repetidas y pasadas, solo que frente a ojos de una mujer joven, la narradora, que conoció las libertades individuales del presente, y de alguna manera tiene que volver a ponerse en la piel de sus antepasados. Uno de los mayores aciertos del relato es la naturalidad para abordar ese retroceso, asumir los cambios como un futuro inevitables. Aceptar que lo que viene es la única opción y adaptarse.

En definitiva, la diversidad de miradas y voces que retratan futuros alternativos muestran que la narrativa argentina tiene una capacidad asombrosa para interpretar los signos del presente. Más allá de lo fantástico de los cambios cada horizonte nuevo deja en evidencia las falencias, conflictos y dilemas que plantea la realidad actual. A lo mejor también anticipe lo que podría suceder. Al menos es una forma placentera de pensar el mundo que nos tocó habitar. El tiempo dirá.

© LA GACETA

Verónica Boix - Periodista cultural.

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