
Es un libro militante, si puede llamarse así a un libro. No se descubren en él argumentos, actitudes críticas a la violencia, incertidumbres, en suma, los vaivenes emotivos de un escritor. Parece hecho por encargo, sin las vacilaciones propias de alguien con libertad de pensamiento.
La historia del nieto de Estela Carlotto –hijo de Laura y Puño, ambos desaparecidos– que se cuenta aquí, es apenas un pretexto para narrar con detalles y cierta admiración la tragedia argentina de los años 70, vista desde una única perspectiva. Desde la primera página el lector percibe que la mirada ideológica no tendrá atenuantes. Es un informe sobre los movimientos de jóvenes revolucionarios que, en aquel trágico momento, tomaron las armas y optaron por una estructura militar. Se cuenta de modo didáctico y detallado los nombres de sus dirigentes, los altibajos de su formación, las alianzas, los operativos y toda actividad de Montoneros, de la JUP, las UBC, OLA, PRT, ERP, etc. A esa juventud armada y clandestina se la pondera como “militante”, en una peligrosa defensa de la violencia de aquellos años de fuego. Justamente, la violencia de estos jóvenes tanto como la de una cúpula militar salvajemente represora y mareada de poder, fue una de las grandes desgracias de la Argentina reciente.
Hubiera sido muy positivo advertirlo en este texto. Pero no, de nuevo, aquello de “ellos” y “nosotros”, sin reconocer que ambos bandos estuvieron ferozmente equivocados, que la guerra deja un inmenso dolor y es maligna para todos. La persistencia en esa falsa mirada destruyó a toda una generación. La perspectiva ideologizada, de cualquier lado que fuese, no abre la posibilidad de tender puentes, de construir, por fin, una sociedad más justa, basada en el diálogo, en la tolerancia hacia el que piensa distinto, sin corrupción ni autoritarismos. “Vivir juntos” es, todavía, todo un desafío para nuestra Argentina.
Citan los autores una carta de Laura desde la clandestinidad y comentan: “Ese texto revela el absoluto compromiso con sus ideales y la voluntad de vivir sin rendirse. Laura y Puño pertenecían a esa estirpe”. Esa admiración es un gesto violento y suicida que el libro promueve. Una pena. “La paz es artesanal” dice nuestro lúcido Papa Francisco; es nuestra responsabilidad hacerla todos los días, en todo momento.
© LA GACETA
Cristina Bulacio







