El 2 de mayo de 1890, un tumor cerebral cerró la vida de doña Clara Funes, esposa del general Julio Argentino Roca, a los 41 años. El dos veces presidente y veterano militar, quedó profundamente afectado. Toda su dureza exterior desapareció ante el terrible suceso, y así lo comprueba la dolorida carta que escribió a su hermano Alejandro. Le decía que su esposa había sido “herida en la plenitud de su vida, cuando más falta hacía a sus hijos y más deseos tenía de vivir”. La casa quedaba vacía, “faltando ella que era un modelo y ejemplo de madre y esposa”.
“¡Pobre Clara! Me ha desgarrado el alma verla morir. Ha muerto como una santa y más linda que nunca. Estaba verdaderamente hermosa en su agonía. Qué hacerle, mi querido hermano, al destino. No habrá más que resignarse y doblar las fuerzas para cuidar sus hijitas que me deja. Hay que seguir las leyes de la vida cumpliendo sus deberes hasta que una sucumba”.
Roca tenía cinco hijas mujeres y un solo varón. Reflexionaba que las chicas “felizmente todas ellas me han salido humildes y obedientes, y creo que no me darán mucho trabajo”. En cuanto a Julio, “ya es un hombre, que no hay necesidad de andar tras él”. Confesaba que “el vacío que deja una mujer como Clara, mi querido Alejandro, es inmenso. Es muy difícil encontrar una mujer que reuniera mayor conjunto de cualidades estimables”.
Confesaba que “aquí, todo, a cada momento, me la recuerda. Está esta casa como si ella estuviera todavía viva. Muchas veces estoy por gritarle: ¡Clara, ven! Mucho te agradezco tus lágrimas por ella. Haces bien en llorarla y sentirla pues ella tenía por ti el más grande cariño y estimación”.
“¡Pobre Clara! Me ha desgarrado el alma verla morir. Ha muerto como una santa y más linda que nunca. Estaba verdaderamente hermosa en su agonía. Qué hacerle, mi querido hermano, al destino. No habrá más que resignarse y doblar las fuerzas para cuidar sus hijitas que me deja. Hay que seguir las leyes de la vida cumpliendo sus deberes hasta que una sucumba”.
Roca tenía cinco hijas mujeres y un solo varón. Reflexionaba que las chicas “felizmente todas ellas me han salido humildes y obedientes, y creo que no me darán mucho trabajo”. En cuanto a Julio, “ya es un hombre, que no hay necesidad de andar tras él”. Confesaba que “el vacío que deja una mujer como Clara, mi querido Alejandro, es inmenso. Es muy difícil encontrar una mujer que reuniera mayor conjunto de cualidades estimables”.
Confesaba que “aquí, todo, a cada momento, me la recuerda. Está esta casa como si ella estuviera todavía viva. Muchas veces estoy por gritarle: ¡Clara, ven! Mucho te agradezco tus lágrimas por ella. Haces bien en llorarla y sentirla pues ella tenía por ti el más grande cariño y estimación”.







