Bobby, entre damas y peones

PARTIDA HISTÓRICA. “Bobby“ Fischer, de pie, se apresta efectuar un movimiento de piezas frente al tucumano José Rubinstein, que finalmente lo venció en las partidas simultáneas realizadas en el Club Caja Popular. LA GACETA / ARCHIVO PARTIDA HISTÓRICA. “Bobby“ Fischer, de pie, se apresta efectuar un movimiento de piezas frente al tucumano José Rubinstein, que finalmente lo venció en las partidas simultáneas realizadas en el Club Caja Popular. LA GACETA / ARCHIVO
28 Junio 2015
El norteamericano Robert James “Bobby” Fischer (1943-2008) visitó nuestra provincia en noviembre de 1971, ocho meses antes de consagrarse campeón mundial de ajedrez ante el soviético Boris Spassky, en el denominado “match del siglo”, una verdadera batalla en plena guerra fría.

Bobby cargaba sobre sí el apelativo de “niño terrible”, por la escasa y mala relación con la prensa, sus excentricidades, sus exigencias y sus caprichos casi infantiles, entre otras cosas; pero desde su arribo a Tucumán, fue desbordado por el buen trato y la calidez de nuestra gente.

LA GACETA anticipaba que el jueves 11, en el club Caja Popular, Fischer realizaría partidas simultáneas con los mejores jugadores tucumanos en actividad. Pero, casualidad o no, desde hacía diez días se desarrollaba, en los salones de la Asociación Española, el Primer Torneo Panamericano de Ajedrez por equipos, que tuvo como campeón a la Argentina. Por ello, estaban presentes los más calificados maestros nacionales como -entre otros- Miguel Najdorf, Oscar Panno, Raúl Sanguinetti, Samuel Schewber y Miguel Ángel Quinteros, amigo íntimo de Fischer.

Sí, un “niño terrible”

El día de su arribo, por la tarde, fue a presenciar algunas partidas, cuando ya había comenzado a jugarse la postrera jornada del torneo.

Fue una conmoción su llegada, que produjo un rumor casi inaudible, pero que en el silencio ajedrecístico fue como un grito en la soledad de los cerros. Pero sólo estuvo unos diez minutos: saludó a unos cuantos más por compromiso que por espontaneidad, se paró frente a todos los tableros unos segundos para ver tácticas, y luego cambió una corta mirada con Miguel A. Quinteros.

Nuestro cronista lo seguía en silencio, pero él no sabía quién era, ni su profesión y se mantuvo imperturbable. Fue hasta el estrado de los jueces y fiscales, y al rato enfiló hacia la salida acompañado por el dirigente José Heras Abeleira, ¡a comprar zapatos! Era una debilidad tan pertinaz que tenía más de cincuenta pares, la mayoría de ellos argentinos.

En calle Córdoba fue abordado por LA GACETA, y en un diálogo corto, seco, dejó la impronta que aquel apodo de “niño terrible” no era un invento ni lo tenía porque sí.

-¿Quiénes son éstos?, preguntó Bobby al dirigente. El reportero se adelantó y dijo: -Periodistas amigos. -Ah… está bien, pero nada de notas, hoy no… fuera. -Pero sólo lo acompañaremos en sus compras, no lo molestaremos… -No… fuera… no. Y apresurado, tomó un taxi en la esquina de 25 de Mayo. El cronista y el fotógrafo no se dieron por vencidos y lo siguieron, corriendo. Lograron algunas tomas en Muñecas y San Martín; allí Bobby tomó otro taxi, y con el rostro tenso, mientras se alejaba, hizo señas de que les esperaba una paliza.

Perdió con tucumanos

El jueves 11, por la tarde, jugó al tenis en el club Las Lomitas con Quinteros y con el empresario Manuel Fernández Doña; y perdió. Y esa noche, ante unos veinte jugadores locales, Fischer realizó las simultáneas pautadas. Pero lo relevante fue que también perdió, dos veces: una con José Rubinstein y otra con Adolfo Iván Rodríguez; e hizo tablas con José Pereyra. La masiva concurrencia estalló en aplausos ante estas notables hazañas. El aprecio, la cordialidad y el cariño de los tucumanos provocaron que se quedara hasta el domingo.

El maestro Bobby falleció el 17 de enero de 2008, a los 64 años, en Reikiavik, Islandia.

Los aficionados y profesionales tucumanos del deporte ciencia no olvidarían nunca esta memorable visita que, lamentablemente, nunca más pudo repetirse.

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