Carlos Guberman - Economista de IES Consultores
La coyuntura política ha determinado que al tope de la agenda económica se instalara el tratamiento sobre el cepo cambiario. En general, las discusiones subyacen el cuándo debería hacerse pero nada dicen sobre el cómo ni sobre las consecuencias de dicha medida.
Primero, es importante hacer una distinción entre control de cambio, o control de capitales, con respecto al esquema cambiario. El período de mayor libertad cambiaria, desde la década del 30 hasta la actualidad en nuestro país, ha sido durante la vigencia del régimen de convertibilidad, cuando el tipo de cambio era fijo. Por otro lado, hubo etapas (breves) en las cuales flotó nuestra moneda, pero existían restricciones de acceso al mercado.
Las regulaciones para controlar el mercado de cambios (en definitiva esto es el cepo), si bien se utilizan por varios motivos, suelen surgir en momentos de alta desconfianza en la moneda local. Síntomas previos: el tipo de cambio acelera su depreciación, no importa cuán restrictiva se vuelva la regulación, lo que empuja a más restricción (en la Argentina actual, desde 2011); o bien, se interviene hasta que se vacían las Reservas Internacionales.
En la actualidad, la Argentina tiene restricciones cambiarias de todo tipo: las fijadas por la vía legal (prohibición a la compra para ahorro a partir de cierto monto de dinero), las grises (aquellas que requieren algún paso burocrático para acceder al mercado, como son las Declaraciones Juradas Anticipadas de Importación y que por lo general se traban) y las informales (prohibición a la compra de dólares para girar utilidades de empresas). También se aplican diferencias sectoriales, como la obligación de liquidación de exportaciones dentro de los 30 días para el agro, contra 12 meses para las minería, entre las formales; en tanto que hay cupos diferentes para el pago de importaciones de la industria automotriz y la de ensamblado de electrónica, entre otros. Es por esta mezcla de realidades que cuando se utiliza el término de “liberar el cepo” se debe tener cuidado porque significa varias cosas, y puede tener variadas consecuencias. La forma de desarmar esta maraña de regulaciones y pararegulaciones en todos los casos debería ser, como mínimo, evaluado en el marco general de una política económica más amplia.
En este sentido, planteamos lo que podrían ser “salidas del cepo”, mediante las cuales partimos del supuesto de que las modificaciones a la regulación cambiaria son parte integrante de un programa económico. De ser este el caso, creemos que la salida podría ser relativamente de bajo costo, aunque no de un día para otro.
Eliminar las restricciones cuantitativas puede generar tres situaciones: que falten dólares (lo que presionaría a una devaluación del peso), que sobren dólares (derivaría en una apreciación del peso) o que haya estabilidad.
Respecto de las diferencias sectoriales, la imposición de plazos y de cupos diferenciales en el mercado cambiario ha respondido más a conflictos de intereses que a realidades productivas. Tal es así que, por ejemplo, en la década pasada, aun cuando las mineras y petroleras tenían la posibilidad de guardar los dólares hasta un año, los cobros de exportación ingresaban en plazos menores. Primaba la necesidad de invertir (para lo que eran necesarios los pesos) por sobre la especulación. Es decir, en un clima de expectativas positivas de negocios, la retención de dólares no es una estrategia conveniente.
Por eso, en situaciones de sólidas expectativas de crecimiento económico, las restricciones sectoriales diferenciales carecen de sentido y se podrían eliminar.
El punto importante que evita hablar la clase dirigente es qué pasaría con el tipo de cambio si se sacara el cepo, al escudarse tras el cuándo hay que sacarlo. La mayoría de los analistas se dividen en dos grupos: aquellos que opinan que, ante la eliminación inmediata del cepo, se produciría un shock devaluatorio importante, y los que no lo ven de esa manera.
Para los devaluacionistas, sacar todas las restricciones generaría un salto en la demanda de dólares que no encontraría oferta suficiente, lo cual empujaría la cotización hacia valores muy superiores a los actuales.
Por su parte, los no devaluacionistas ven en la mejora de las expectativas económicas, por el anuncio de la eliminación de restricciones, una fuente de ingreso de dólares junto con una demanda que puede crecer, pero a un ritmo menor a lo que lo haría la oferta, en consecuencia, el tipo de cambio no se depreciaría. Es decir, difieren en los tiempos en que sucedería cada fenómeno.
Aun así, la mayoría avizora que en algún momento futuro habrá dólares suficientes, la diferencia es que unos los ven llegar más tarde y los otros más temprano. La clave parece estar, en todo caso, en qué capacidad tendrá el próximo Gobierno de conseguir o generar un puente entre los dos momentos posibles.








