Periodista, literato y hombre público

Periodista, literato y hombre público

Entre las décadas finales del siglo XIX y las primeras del XX, se desarrolló la fecunda vida de don Pedro Alurralde, personaje de relieve en el civismo y en la cultura

CASA HISTÓRICA. A fines del siglo XIX, tenía este aspecto la vivienda de Alurralde en San Nicolás de los Arroyos, hoy monumento nacional. Allí se firmó el famoso Pacto de 1852 y allí nació don Pedro. la gaceta / archivo CASA HISTÓRICA. A fines del siglo XIX, tenía este aspecto la vivienda de Alurralde en San Nicolás de los Arroyos, hoy monumento nacional. Allí se firmó el famoso Pacto de 1852 y allí nació don Pedro. la gaceta / archivo
Durante el largo tramo de su actuación en Tucumán, don Pedro Alurralde fue una de esas figuras que ocupan la totalidad del escenario. Periodista, literato, político, industrial azucarero, amigo y corresponsal de grandes argentinos, tenía una estampa inconfundible con su físico fornido, su voz fuerte, su mirada penetrante y sus grandes bigotes.

Lo animaba un temperamento de luchador, capaz de comprometerse a fondo en las causas en las que creía, sin que lo arredraran las consecuencias. Y a la vez, diría LA GACETA, eran características “sus maneras de gran señor, su porte distinguido y su admirable don de gentes”.

La familia estaba arraigada en Tucumán y tenía alto protagonismo, desde comienzos del 1700. Llevaba el mismo nombre de su padre, don Pedro Alurralde y Sobrecasas, tucumano, y mientras este vivió añadía la partícula “(h)” a su firma. Su madre era doña Crisanta Helguera, también tucumana, hija del coronel de la Independencia don Gerónimo Helguera.

El diario “La Razón”
Promediaba la década de 1840, cuando el matrimonio se trasladó a San Nicolás de los Arroyos, donde Alurralde se dedicó al comercio. Justamente, facilitó su casa de esa ciudad bonaerense para que sesionaran, presididos por Justo José de Urquiza, los gobernadores de las provincias. Allí suscribirían el famoso Acuerdo del 31 de mayo de 1852, que fue paso previo a la Organización Nacional.

Don Pedro nació en San Nicolás de los Arroyos, el 4 de octubre de 1845. Estudió en Buenos Aires, en el prestigioso Colegio Negrotto del barrio de Caballito. Años más tarde, toda la familia regresó a Tucumán.

Resuelto militante del Partido Autonomista Nacional, fundó, asociado con Lídoro Quinteros, el diario local “La Razón”. El primer número apareció el 7 de julio de 1872, para defender ardientemente la candidatura de Nicolás Avellaneda a presidente de la República. “La Razón” fue, en aquella época, el periódico más importante de Tucumán. En sus páginas colaboraba, por ejemplo, Paul Groussac, quien quedó al frente del periódico en 1874, cuando Alurralde y Quinteros fueron elegidos diputados al Congreso de la Nación.

En la industria
En 1876, don Pedro fue designado ministro de Gobierno de la administración Tiburcio Padilla. Por ausencia de éste, la Legislatura lo eligió (octubre) gobernador interino de la Provincia. Siguió con el periodismo, como redactor de “El Argentino”, hasta 1879. Había sido habilitado por el Superior Tribunal de Justicia (1878) para ejercer la abogacía. Fue varias veces diputado a la Legislatura, y presidente de esa Cámara en 1890. En 1892 regresaría al Congreso por segunda vez, al ser elegido diputado nacional por Tucumán, hasta 1896.

Don Pedro se había casado, en 1877, con doña Lelia Posse, hija del ex gobernador Wenceslao Posse, propietario del ingenio Esperanza. Tuvieron seis hijas mujeres. Su poderoso suegro le dispensaba gran confianza, y a la muerte de éste pasó a presidir la sociedad, que manejaba tanto el ingenio como los importantes establecimientos rurales de Posse. En ese carácter, le correspondió saliente actuación durante la crisis azucarera de 1903, como presidente de la Comisión de Industriales formada para encarar la situación.

Más funciones
En sus recuerdos juveniles, don Agenor Albornoz cuenta que don Pedro venía todas las tardes a la ciudad, cuando concluían sus tareas en el ingenio. Concurría al Gimnasio Escolar de la avenida Avellaneda, que funcionaba desde 1899. Nadaba en la gran pileta de la institución, y practicaba vigorosamente el ciclismo en su pista.

Integró la Convención Constituyente de 1907, durante el gobierno de Luis F. Nougués. En esa época, como presidente del Senado, le tocó ser nuevamente gobernador interino de la provincia, por ausencia del titular. Fue el organizador del gran homenaje de la Legislatura a Marco Manuel de Avellaneda, en 1909. Fue entonces que se colocó en el recinto ese gran retrato del “mártir de Metán”, que presidiría las sesiones hasta el traslado de los legisladores a la nueva sede, en 2012.

Importantes amigos
Don Pedro era estrecho amigo de grandes dirigentes del civismo argentino. Trató largamente a Domingo Faustino Sarmiento. Se escribía con él y, junto con José Posse, hizo de “cicerone” del célebre sanjuanino en sus dos visitas a Tucumán. Mantuvo larga e interesante correspondencia con Carlos Pellegrini, por ejemplo. Era, además, un escritor de excelente pluma y eficaz estilo.

Tales dotes lo hicieron frecuente colaborador de la “Revista de Derecho, Historia y Letras”, que dirigía su amigo Estanislao S. Zeballos. Allí publicó extensos e interesantes artículos. “El último sobreviviente de la Revolución del Sur”, “El doctor Marcos Paz”, “Juan Chipaco”, “La industria del azúcar”, son algunos títulos de su producción.

También “Tucumán Literario”, la revista de la Sociedad Sarmiento -institución que presidió de 1904 a 1905- lo contó entre sus columnistas de prestigio.

En 1910, la Unión Popular se dividió, formándose el Partido Conservador y el Partido Constitucional. Con estos últimos se alineó don Pedro.

La Caja Popular
Pero ya los años le pesaban y empezó apartarse del primer plano. Prefería disfrutar la plática con los amigos, en la rueda del Club Social. Pertenecía a esa institución desde 1875 y la presidió varias veces.

Recuerda el doctor José Ignacio Aráoz que allí desplegaba sus “interesantísimos recuerdos anecdóticos”, que arrancaban de los tiempos de ese Acuerdo de San Nicolás que vio cristalizar, de niño, en la casa de sus padres.

De todos modos, este diario apuntaría, en 1917, que Alurralde “aun conservaba su vieja afición a los debates de la prensa, habiendo colaborado en LA GACETA durante el último período electoral, con todas sus energías de los mejores años”.

Y aún tuvo la energía suficiente para asumir, en 1915, la responsabilidad de primer presidente de la flamante Caja Popular de Ahorros. Organizó entonces los sorteos iniciales de certificados y la emisión de las libretas de ahorro, en lo que sería el último de sus muchos servicios públicos.

El final
De vez en cuando viajaba a Buenos Aires, donde tenía muchos parientes y conservaba selectos amigos. Allí se enfermó y falleció a las 11 de la mañana del viernes 9 de marzo de 1917. Fue velado en casa de don Vicente Posse y sus restos llegaron a Tucumán el día 12: serían inhumados, ante multitudinaria concurrencia, en el Cementerio del Oeste. El doctor Abraham de la Vega, en nombre del Senado, y el doctor José Ignacio Aráoz, por el Club Social, pronunciaron la emotiva despedida.

Para el doctor Aráoz, con don Pedro Alurralde se alejaba “la personalidad más difundida, característica y de más acentuado relieve” de la ciudad. No podía decirse otra cosa, afirmaba, al mirar ese “medio siglo de constante y brillante actuación política y social, con talento cultivado: orador, periodista batallador, ministro y gobernador delegado, diputado nacional, senador provincial, ‘gentleman’ amenísimo”.

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