TRES CLÁSICOS. “Los siete locos”, “El juguete rabioso” y “El amor brujo” son novelas fundacionales.
01 Abril 2014 Seguir en 

La humanidad ha perdido sus fiestas y sus alegrías. ¡Tan infelices son los hombres que hasta a Dios lo han perdido! Y un motor de 300 caballos sólo consigue distraerlos cuando lo pilotea un loco que se puede hacer pedazos en una cuneta. El hombre es una bestia triste a quien sólo los prodigios conseguirán emocionar. O las carnicerías. Pues bien, nosotros con nuestra sociedad les daremos prodigios, pestes de cólera asiático, mitos, descubrimientos de yacimientos de oro o minas de diamantes. Yo lo he observado conversando con usted. Sólo se anima cuando lo prodigioso interviene en nuestra conversación. Y así les pasa a todos los hombres, canallas o santos. (Fragmento de “Los siete locos”)
Roberto Arlt nació el 2 de abril de 1900. El mismo día, 82 años más tarde, el país se sumergía en una guerra que parecía pintada -en los hechos y en su trágico significado- por una pluma como la suya. Arlt no vivió para verla. Había muerto muchísimo antes, con apenas 42 años. De Malvinas, el cronista de la cotidianidad por excelencia, como fue Arlt, pudo haber transmitido, como nadie, lo heroico y lo miserable. Son coincidencias de la historia.
¿Estaba convencido Arlt de que la humanidad había perdido sus fiestas y sus alegrías? Así lo refiere el tono de sus novelas, de sus cuentos y de sus piezas teatrales. También las inolvidables aguafuertes hablan de ciudades -y de ciudadanos- que son pura melancolía. Más realista que cínico, Arlt fue configurando un universo literario tan humano como complejo. E hizo escuela.
“La escritura tiene en él una función de cauterio, de ácido revelador, de linterna mágica proyectando una tras otra las placas de la ciudad maldita y sus hombres y mujeres condenados a vivirla en un permanente merodeo de perros rechazados por porteras y propietarios. Eso es arte, como el de un Goya canyengue (Arlt me hubiera partido la cara de haber leído esto), como el de un Franois Villon de quilombo o un Kit Marlowe de taberna y puñalada. Mientras la crítica pone en claro el ‘ideario’ de ese hombre con tan pocas ideas, algunos lectores volvemos a él por otras cosas, por las imágenes inapelables y delatoras que nos ponen frente a nosotros mismos como sólo el gran arte puede hacerlo”. (Julio Cortázar, en el prefacio que escribió para la edición de las obras completas de Arlt)
En un suspiro -siete años- se editaron las cuatro novelas de Arlt: “El juguete rabioso” (1926), “Los siete locos” (1929), “Los lanzallamas” (1931) y “El amor brujo” (1932). Fue un viaje inverso al del común de los escritores, porque a medida que pasó el tiempo Arlt se focalizó en las aguafuertes y, sobre todo, en la producción teatral. Las novelas quedaron fijadas en la primera etapa de su carrera.
Con el escritor convivió el periodista. Cubrió noticias policiales para el diario Crítica antes de insertarse en la redacción de El Mundo. En 1931 asistió al fusilamiento del anarquista Severino Di Giovanni y lo cronicó así:
- Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
- ¡Viva la anarquía!
- ¡Fuego! (...)
Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret.
Arlt coqueteó con Boedo y con Florida, pero no se puso de novio ni con grupos ni con modas. Su literatura, tan criticada durante la primera mitad del siglo XX, mutó en fundadora de la novela moderna argentina. Asombroso para quien no pasó de tercer grado. Según Arlt, lo echaron de la escuela por inútil.
Roberto Arlt nació el 2 de abril de 1900. El mismo día, 82 años más tarde, el país se sumergía en una guerra que parecía pintada -en los hechos y en su trágico significado- por una pluma como la suya. Arlt no vivió para verla. Había muerto muchísimo antes, con apenas 42 años. De Malvinas, el cronista de la cotidianidad por excelencia, como fue Arlt, pudo haber transmitido, como nadie, lo heroico y lo miserable. Son coincidencias de la historia.
¿Estaba convencido Arlt de que la humanidad había perdido sus fiestas y sus alegrías? Así lo refiere el tono de sus novelas, de sus cuentos y de sus piezas teatrales. También las inolvidables aguafuertes hablan de ciudades -y de ciudadanos- que son pura melancolía. Más realista que cínico, Arlt fue configurando un universo literario tan humano como complejo. E hizo escuela.
“La escritura tiene en él una función de cauterio, de ácido revelador, de linterna mágica proyectando una tras otra las placas de la ciudad maldita y sus hombres y mujeres condenados a vivirla en un permanente merodeo de perros rechazados por porteras y propietarios. Eso es arte, como el de un Goya canyengue (Arlt me hubiera partido la cara de haber leído esto), como el de un Franois Villon de quilombo o un Kit Marlowe de taberna y puñalada. Mientras la crítica pone en claro el ‘ideario’ de ese hombre con tan pocas ideas, algunos lectores volvemos a él por otras cosas, por las imágenes inapelables y delatoras que nos ponen frente a nosotros mismos como sólo el gran arte puede hacerlo”. (Julio Cortázar, en el prefacio que escribió para la edición de las obras completas de Arlt)
En un suspiro -siete años- se editaron las cuatro novelas de Arlt: “El juguete rabioso” (1926), “Los siete locos” (1929), “Los lanzallamas” (1931) y “El amor brujo” (1932). Fue un viaje inverso al del común de los escritores, porque a medida que pasó el tiempo Arlt se focalizó en las aguafuertes y, sobre todo, en la producción teatral. Las novelas quedaron fijadas en la primera etapa de su carrera.
Con el escritor convivió el periodista. Cubrió noticias policiales para el diario Crítica antes de insertarse en la redacción de El Mundo. En 1931 asistió al fusilamiento del anarquista Severino Di Giovanni y lo cronicó así:
- Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
- ¡Viva la anarquía!
- ¡Fuego! (...)
Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret.
Arlt coqueteó con Boedo y con Florida, pero no se puso de novio ni con grupos ni con modas. Su literatura, tan criticada durante la primera mitad del siglo XX, mutó en fundadora de la novela moderna argentina. Asombroso para quien no pasó de tercer grado. Según Arlt, lo echaron de la escuela por inútil.
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