30 Octubre 2012 Seguir en 
WASHINGTON.- Barack Obama no está acostumbrado a los nervios de última hora. Cuatro años atrás, el candidato demócrata a la reelección presidencial estadounidense sabía que, a una semana de las elecciones, contaba con una cómoda ventaja sobre su rival republicano de entonces. Pero eso es el pasado.
En estas elecciones de 2012, muy poco puede darse por sentado; tanto Obama como su contendiente, Mitt Romney, parecen abocados a luchar para arañar el máximo número de votos posible hasta el último momento antes del cierre de las urnas, la noche del 6 de noviembre.
El mandatario llevaba meses advirtiendo de que la carrera era "muy ajustada". Pero ahora pasó a verdaderamente preocupante para el Partido Demócrata: durante casi todo octubre, las encuestas que salen día a día fueron recortando la escasa ventaja de Obama e incluso algunas empezaron a darle la victoria a Romney. El hecho de que las diferencias no logren salir del margen estadístico de error no consuela a uno ni a otro bando.
En juego están, según el particular sistema electoral estadounidense, los 538 votos electorales que reparten los Estados. Un candidato necesita al menos 270 apoyos en el colegio electoral para ganar, y la carrera es tan estrecha que algunos analistas empiezan ya a prepararse para lo peor: un empate que prolongue la incertidumbre hasta semanas o incluso meses.
La lucha es especialmente denodada en los diez denominados Estados bisagra que, tradicionalmente, tienen en su poder la clave de las elecciones: Carolina del Norte, Colorado, Florida, Iowa, Nevada, New Hampshire, Ohio, Pennsylvania, Virgina y Wisconsin. Una y otra vez, los postulantes viajaron a esos lugares, y dieron incontables mítines en los que no sólo aseguran defender dos recetas radicalmente diferentes para impulsar la economía, sino que, conforme suben los nervios, aumentan los ataques verbales.
El republicano de pasado moderado, se tornó casi ultraconservador para hacerse con la candidatura de su partido durante las primarias y ahora trata de volver a mostrarse como un político más de centro, capaz de atraer el voto que cuatro años atrás se ganó Obama, pero que ahora se siente decepcionado del mandato demócrata.
Pero por mucho que los focos estén dirigidos a los dos aspirantes a ocupar la Presidencia más famosa del mundo, en los comicios se decidirán muchos más puestos, de importancia eventualmente estratégica. Así, se renovará toda la Cámara de Representantes (desde las elecciones intermedias de 2010 está en manos de los republicanos) y está en juego un tercio de los cien escaños del Senado, donde los demócratas mantienen la mayoría por la mínima diferencia.
Además de elegir a quien les gobernará hasta 2016 y escoger a los miembros del Capitolio, los estadounidenses deberán votar en hasta 174 iniciativas legislativas, que los Estados aprovechan a incorporar al debate, y que van desde la legalización de la marihuana hasta la muerte asistida ante una enfermedad incurable.
En estas elecciones de 2012, muy poco puede darse por sentado; tanto Obama como su contendiente, Mitt Romney, parecen abocados a luchar para arañar el máximo número de votos posible hasta el último momento antes del cierre de las urnas, la noche del 6 de noviembre.
El mandatario llevaba meses advirtiendo de que la carrera era "muy ajustada". Pero ahora pasó a verdaderamente preocupante para el Partido Demócrata: durante casi todo octubre, las encuestas que salen día a día fueron recortando la escasa ventaja de Obama e incluso algunas empezaron a darle la victoria a Romney. El hecho de que las diferencias no logren salir del margen estadístico de error no consuela a uno ni a otro bando.
En juego están, según el particular sistema electoral estadounidense, los 538 votos electorales que reparten los Estados. Un candidato necesita al menos 270 apoyos en el colegio electoral para ganar, y la carrera es tan estrecha que algunos analistas empiezan ya a prepararse para lo peor: un empate que prolongue la incertidumbre hasta semanas o incluso meses.
La lucha es especialmente denodada en los diez denominados Estados bisagra que, tradicionalmente, tienen en su poder la clave de las elecciones: Carolina del Norte, Colorado, Florida, Iowa, Nevada, New Hampshire, Ohio, Pennsylvania, Virgina y Wisconsin. Una y otra vez, los postulantes viajaron a esos lugares, y dieron incontables mítines en los que no sólo aseguran defender dos recetas radicalmente diferentes para impulsar la economía, sino que, conforme suben los nervios, aumentan los ataques verbales.
El republicano de pasado moderado, se tornó casi ultraconservador para hacerse con la candidatura de su partido durante las primarias y ahora trata de volver a mostrarse como un político más de centro, capaz de atraer el voto que cuatro años atrás se ganó Obama, pero que ahora se siente decepcionado del mandato demócrata.
Pero por mucho que los focos estén dirigidos a los dos aspirantes a ocupar la Presidencia más famosa del mundo, en los comicios se decidirán muchos más puestos, de importancia eventualmente estratégica. Así, se renovará toda la Cámara de Representantes (desde las elecciones intermedias de 2010 está en manos de los republicanos) y está en juego un tercio de los cien escaños del Senado, donde los demócratas mantienen la mayoría por la mínima diferencia.
Además de elegir a quien les gobernará hasta 2016 y escoger a los miembros del Capitolio, los estadounidenses deberán votar en hasta 174 iniciativas legislativas, que los Estados aprovechan a incorporar al debate, y que van desde la legalización de la marihuana hasta la muerte asistida ante una enfermedad incurable.







