Su casa los recibió de la mejor manera

Los hinchas "santos" renovaron el estadio y el equipo cerró la fiesta más rojiblanca que nunca.

COPARON LAS TRIBUNAS. La restauración de los fanáticos santos, que en la semana pintaron hasta los arcos, se distinguió en cada uno de los rincones del estadio, lleno de hinchas locales. LA GACETA / FOTO DE FRANCO VERA COPARON LAS TRIBUNAS. La restauración de los fanáticos "santos", que en la semana pintaron hasta los arcos, se distinguió en cada uno de los rincones del estadio, lleno de hinchas locales. LA GACETA / FOTO DE FRANCO VERA
Por Mariana Segura 30 Julio 2012
Tanto laburo valió la pena. Ayer más que nunca, como tenía que ser. Los tarros y los litros de pintura blanca y roja no se desparramaron de vicio. No hubo arrepentimientos ni acongojados. En el verde, los encargados de resaltar ese brillo nuevo de las tribunas no gambetearon la tarea y cumplieron con su parte. Como un chiche nuevo en tamaño familiar, el resplandor dio la nota desde afuera y fue el run run en la antesala del clásico San Martín-Atlético, en la renovada casa mayor de La Ciudadela.

La obra fue de los hinchas, por purísimo amor a la camiseta. Pincel en mano y gorro para cubrirse del frío -aunque la camiseta se transpiró igual- fue la postal de la semana, donde se organizaron en grupos con una sola misión: adornar su segundo hogar. Y todo para que el dueño se sintiera a gusto. Además, había que lucirse y aprovechar que no habría intrusos que cubrieran las zonas con su celeste y blanco característico. Esta vez, fue todo albirrojo, con los trapos combinados a la perfección. Ni el ambiente de afuera, mezcla de neblina y tierra traviesa por la nostalgia de la lluvia, opacó el color que el hincha "santo" se encargó de preparar para la tarde dominguera.

A la hora de la cita, con los 22 cara a cara, no hubo fútbol champagne ni nada por el estilo. Pero lo hecho sirvió igual, y fue suficiente para que en el final se brindara por ese gol del bueno de Molina. Rubén le puso el moño a una presentación esperadísima, porque siete años sin saborear las mieles propias de estas historias jamás pasan desapercibidos.

Fue un desahogo, para los ganadores y sus maquilladores. Seguramente, a ellos lo mejor que les puede pasar es que esos escalones vuelvan a pedir a gritos una mano de pintura. La razón será evidente y los llenará de orgullo.

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