31 Agosto 2003 Seguir en 
En los últimos años se desató una verdadera fiebre por los posgrados dada la necesidad de actualizar los conocimientos. Hoy la tendencia del mercado apunta a carreras universitarias cortas que puedan complementarse con especializaciones posteriores. Es allí donde los post-grados aparecen como una necesidad esencial para ser competitivos en términos laborales.
No obstante, es preferible que la persona que vaya a encarar una maestría tenga experiencia laboral. Si termina la universidad e inmediatamente comienza una especialización, no podrá aprovecharla en su totalidad. Esta es la razón por la que, en algunos casos, para poder cursar una maestría se exige acreditar haber trabajado entre 2 y 4 años como mínimo. Esta es la garantía de que el posgrado significará un aumento de las habilidades y no sólo de los conocimientos teóricos.
La dificultad radica cuando la obsesión de los jóvenes por hacer un posgrado revela una inseguridad o un temor. En muchas ocasiones, el miedo a fracasar en la inserción al mundo del trabajo, con todos los condicionamientos que él tiene, hace que muchos prefieran mantenerse en constante formación. De este modo se prolonga indefinidamente la vida de estudiante, en la ilusión de que se puede llegar al conocimiento óptimo, cosa que nunca puede suceder por definición.
Se trata de una huida del mundo real y de un miedo a asumir los compromisos del día a día o los avatares de la vida cotidiana. Esto hace que, de pronto, haya gente que se refugia en la universidad, que termina una beca y solicita otra o que no se cansa de hacer posgrados o maestrías. Terminan siendo grandes teóricos, pero en verdad, en algunos casos, están lejos de las demandas de la realidad objetiva de las empresas. Esto no quita que haya persona con elevados niveles de estudio que, en forma constante, revaliden sus conocimientos en la práctica.
La hora de bajar línea
A los responsables de los posgrados les cabe una gran responsabilidad. Deben preocuparse por ampliar la visión, la capacidad de análisis y las perspectiva de los alumnos. Estos deben ser capaces de manejar, solucionar y gestionar empresas o actividades complejas o que, en la práctica, involucran muchos sectores o áreas de una organización.
En las maestrías, es aconsejable que los docentes trabajen con el método de lo casos, que pongan especial énfasis en los ejemplos prácticos o que muestran las ventajas y desventajas de aplicar diferentes soluciones; porque toda la enseñanza práctica, en definitiva, se basa en lo positivo y productivo que tienen las nuevas teorías o hipótesis.
En otras palabras, los profesores deben precisar cuáles son las organizaciones en las que funciona -y en cuáles no- los métodos enseñados. Es bueno que bajen línea sobre los riesgos de la implementación de los conocimientos. Por ello, son más valorados como profesores de maestrías quienes tienen una trayectoria laboral, además del soporte dado por lo que corresponde exclusivamente al plano investigativo.
Mucho interés
A las empresas serias les interesa la formación de sus recursos humanos. Tienden a favorecer esta tendencia y, en algunos casos, brindan facilidades: permiten que los empleados se retiren antes y que flexibilicen o acomoden los horarios de trabajo para poder cursar. Pero a las organizaciones también les interesa que la formación de su personal -el objetivo de la especialización- sea coherente o concordante con los requerimientos de la compañía. En algunos casos, las firmas se hacen cargo, total o parcialmente, de los costos de esta formación . Lo hacen por considerar que todo lo que sirve para perfeccionar y elevar el nivel de profesionalización de su gente redunda en beneficio de la organización. Y esto ocurre porque si los recursos humanos están más capacitados disminuye el nivel de errores, aumenta la motivación y se genera una cultura de alta productividad y exigencia.
Pese a los post-grados, los jóvenes no deben subestimar a quienes, dentro de la empresa, no obstante no tener una gran formación académica, cuentan con una gran experiencia. De ellas tienen mucho que aprender.
No obstante, es preferible que la persona que vaya a encarar una maestría tenga experiencia laboral. Si termina la universidad e inmediatamente comienza una especialización, no podrá aprovecharla en su totalidad. Esta es la razón por la que, en algunos casos, para poder cursar una maestría se exige acreditar haber trabajado entre 2 y 4 años como mínimo. Esta es la garantía de que el posgrado significará un aumento de las habilidades y no sólo de los conocimientos teóricos.
La dificultad radica cuando la obsesión de los jóvenes por hacer un posgrado revela una inseguridad o un temor. En muchas ocasiones, el miedo a fracasar en la inserción al mundo del trabajo, con todos los condicionamientos que él tiene, hace que muchos prefieran mantenerse en constante formación. De este modo se prolonga indefinidamente la vida de estudiante, en la ilusión de que se puede llegar al conocimiento óptimo, cosa que nunca puede suceder por definición.
Se trata de una huida del mundo real y de un miedo a asumir los compromisos del día a día o los avatares de la vida cotidiana. Esto hace que, de pronto, haya gente que se refugia en la universidad, que termina una beca y solicita otra o que no se cansa de hacer posgrados o maestrías. Terminan siendo grandes teóricos, pero en verdad, en algunos casos, están lejos de las demandas de la realidad objetiva de las empresas. Esto no quita que haya persona con elevados niveles de estudio que, en forma constante, revaliden sus conocimientos en la práctica.
La hora de bajar línea
A los responsables de los posgrados les cabe una gran responsabilidad. Deben preocuparse por ampliar la visión, la capacidad de análisis y las perspectiva de los alumnos. Estos deben ser capaces de manejar, solucionar y gestionar empresas o actividades complejas o que, en la práctica, involucran muchos sectores o áreas de una organización.
En las maestrías, es aconsejable que los docentes trabajen con el método de lo casos, que pongan especial énfasis en los ejemplos prácticos o que muestran las ventajas y desventajas de aplicar diferentes soluciones; porque toda la enseñanza práctica, en definitiva, se basa en lo positivo y productivo que tienen las nuevas teorías o hipótesis.
En otras palabras, los profesores deben precisar cuáles son las organizaciones en las que funciona -y en cuáles no- los métodos enseñados. Es bueno que bajen línea sobre los riesgos de la implementación de los conocimientos. Por ello, son más valorados como profesores de maestrías quienes tienen una trayectoria laboral, además del soporte dado por lo que corresponde exclusivamente al plano investigativo.
Mucho interés
A las empresas serias les interesa la formación de sus recursos humanos. Tienden a favorecer esta tendencia y, en algunos casos, brindan facilidades: permiten que los empleados se retiren antes y que flexibilicen o acomoden los horarios de trabajo para poder cursar. Pero a las organizaciones también les interesa que la formación de su personal -el objetivo de la especialización- sea coherente o concordante con los requerimientos de la compañía. En algunos casos, las firmas se hacen cargo, total o parcialmente, de los costos de esta formación . Lo hacen por considerar que todo lo que sirve para perfeccionar y elevar el nivel de profesionalización de su gente redunda en beneficio de la organización. Y esto ocurre porque si los recursos humanos están más capacitados disminuye el nivel de errores, aumenta la motivación y se genera una cultura de alta productividad y exigencia.
Pese a los post-grados, los jóvenes no deben subestimar a quienes, dentro de la empresa, no obstante no tener una gran formación académica, cuentan con una gran experiencia. De ellas tienen mucho que aprender.







