Temores sobre el futuro

Varias dudas atentan contra las inversiones. Los sueldos no aumentan. (Por Luis Alberto Peña. Jefe de Redacción).

31 Agosto 2003
Como los maratonistas, los empresarios tucumanos avanzan con los sentidos pendientes de los competidores que los persiguen, pero prefieren mirar hacia adelante.
La ambición de triunfar los lleva a dibujar en sus mentes qué quieren para el futuro y no se quedan en el pasado, que les dejó sinsabores y duras enseñanzas.
Faltan dos meses para que Miranda abandone el poder. El comienzo de otra etapa está, como otras veces, repleto de incertidumbre, a pesar que se esperaba un traspaso menos traumático.
En las charlas de negocios se gasta mucha saliva en pronosticar qué puede cambiar y qué quedará igual en Tucumán, para evitar que la decadencia sea la único destino. Lo que está en juego son inversiones, negocios y las relaciones con los nuevos funcionarios, además de la pobreza, el empleo y la inseguridad.
Los descarnados análisis sobre cómo viene la mano vaticinan que el futuro gobernador tendrá, para modificar la realidad, en sus primeros cien días, todo el vigor que brota de los votos que lo respaldaron, aunque llegará:
= Sin el dominio de un partido político como sustento del poder.
= Sin control de la Legislatura.
= Sin indicios de un plan.
= Con vínculos con viejos y nuevos sofocones del mirandismo.
= Con la necesidad de negociar espacios, recursos y políticas con el peronismo.
= Con una triste herencia social, educativa y de seguridad.
La transición se desenvuelve sin síntomas visibles de confrontación, quizás por las elecciones del 26 de octubre, para renovar diputados y senadores nacionales, pero con indicios de intrigas y traiciones palaciegas.
A esto se agrega el estancamiento de la economía, que se notará con más fuerza una vez que terminen las cosechas azucarera (a comienzos de octubre) y citrícola (dentro de poco).
El sector privado depende en gran medida de las producciones agrícolas. La gente se sentirá mejor cuando el bienestar se desparrame hacia todos y no beneficie a pocos. No se ve progreso y tampoco hay una creación masiva de puestos de trabajo.
Durante años Tucumán no tuvo un modelo de crecimiento, que es lo que los empresarios esperan lograr, pero por ahora sólo los marean las dudas.
A los funcionarios que declaran con alegría que los tucumanos viven en el Paraíso Terrenal nadie les cree y, además, sus desatinos contribuyen a espantar a los inversores.
Pueden manipular cualquier cifra, pero no inventarán ningún plan económico sustentable. No toman conciencia de que hacen falta, sobre todo, confianza y fondos frescos.
Los índices que muestran mejoras en la economía comparan con los dramáticos niveles de 2002, cuando todo estaba en el subsuelo. Las empresas se están devorando su capital y si hay algo más de plata para gastar, nadie se anima a entrar en deudas, por miedo al futuro.
Los sueldos no aumentan, el gobierno no resuelve problemas cruciales de la economía y el porvenir no está claro. Si no vuelven las inversiones, Tucumán no podrá despegar y la clase media seguirá empobreciéndose, en una economía que se desliza hacia actividades en negro o en gris.
Lo peor de la crisis ya pasó, pero quedaron heridas y cicatrices. La recuperación será penosa en caso de que no se aliente a las empresas a arriesgar, a invertir y a sufrir la incertidumbre en dosis razonables y sin que los acosen la inestabilidad y la corrupción.

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