Tenés que estar. No te borrés ni mirés para otro lado. No metás la cabeza bajo el agua, ni te esfumés entre las sombras, ni te escapés al País del Nunca Jamás. No hagás acto de introspección, como si no cayeras en cuenta de que el mundo se viene abajo y vos allí, metido en lo tuyo, en esa nube que que otros apenas logran ver. Tampoco te escudés en excusas, de esas tan comunes, como que tu responsabilidad y tus atribuciones llegan hasta aquí, y punto. Ni siquiera te hagás el desvalido, el que tiene sus propios problemas, que tiene ya suficiente con eso y que musita "si no puedo con lo mío, qué voy a poder con lo de los demás". Sabelo, aún en esas cosas simples, tontas, sos necesario. Aún en esas cuestiones profundas y delicadas podés bajarle los decibeles al ruido de los problemas de los demás. Quizás solo haga falta una sonrisa, una palmada de afecto, un "vamos a tomar un café y contame", una palabra de esperanza, de estímulo. No importa que estés sentado al lado, al frente, en la otra cuadra o en Nueva York. No hagás de cuenta que todo está dicho, o hecho, o que otros van a hacer lo que podés hacer vos. No subestimés tus propias posibilidades de ser parte de las soluciones. Tampoco te quités valor, ni te quedés pensando y pensando lo que debías hacer, y así se consume el tiempo, la intención, el gesto, el bien que pudiste hacer. Que te pasés la vida en vos mismo no te libera de tu rol social. Que veas el mundo como un enemigo acechante en cada rincón no te exime de tu condición humana. Ni mejor ni peor, ni viejo ni joven, ni esto ni aquello. Dale, levantate, actuá, hacé, ponete en acción, ocupate. Cuando veás que poder hacerlo, pese a todo ese mambo que tenés en la cabeza, sentirás ese placer de tarea cumplida, esa corriente interna de satisfacción, ese abrazo del alma. Vale si sos autoridad, jefe, empleado, estudiante. Casado o soltero. Porque sos vos, y tenés que estar.







