Fernando Riera se recluyó en Bella Vista y allí murió casi en el olvido. José Domato fue intervenido en el 91, padeció arresto domiciliario y hoy no quiere ni escuchar la palabra política. Su sucesor, Julio César Aráoz, tuvo apariciones fugaces en Tucumán y hoy, con el antecedente de haber sido el jefe de campaña de Carlos Menem, no puede ni decir presente. Ramón Bautista Ortega dilapidó su capital artístico al abandonar Miami, no aguantó los cachetazos de la política y decidió retomar la guitarra para ser el changuito cañero de otrora. Antonio Bussi aún no puede desligarse de su pasado setentista y hoy está preso en la casa de su hija por decisión de la Justicia.
Con estos antecedentes, ser gobernador de Tucumán, más que un premio, es preanuncio de futuro con zozobras. Entonces, ¿Julio Miranda tiene motivos para preocuparse por su porvenir? Si bien nadie tiene la bola de cristal, por lo menos está a mano su gestión como para analizar, en función de los pros y de los contras, qué es lo que lo puede estar inquietando a 59 días de ser electo senador y a 62 días de tener que abandonar el gobierno a manos de su amigo, socio y delfín José Alperovich.
En términos políticos está de parabienes. Concluirá su mandato sin deudas salariales, logró que el peronismo retuviera la gobernación, sigue siendo el jefe natural del Partido Justicialista -no tiene oposición interna por deserciones o sanciones-, se asoció a Eduardo Duhalde y ganó con Néstor Kirchner, y el 10 de diciembre puede ingresar otra vez al Senado de la Nación. Visto así, lo suyo es una hazaña.
Más aún, se considera que si logró lo que no pudo el mismo Menem en el tramo final de su gestión: el mantenerse en el centro de la escena con el poder intacto hasta el último día. El riojano apeló a la re-reelección para contrarrestar el polo de poder que iba construyendo Duhalde. Amante del poder, Menem quería disfrutarlo hasta el último minuto, aunque eso le costase al justicialismo perder los comicios en el 99, tal como sucedió. Duhalde aún no se lo perdona.
Miranda no necesita apelar a nada especial. De por sí estará en la cresta de la ola hasta pocas horas antes de abandonar el Poder Ejecutivo. Hasta el 26 de octubre, por más que quiera mantener un perfil bajo y no hablar demasiado, hegemonizará el proceso electoral. Su postulación a senador lo ubicará en el centro de la crítica opositora que, en un buen intento, tratará de que la votación se convierta en un plebiscito de la gestión del mandatario. En la Casa de Gobierno ya olfatearon la jugada y, para replicar, afirman que la administración mirandista ya se plebiscitó el 29 de junio.
Si hablamos de los temores que pueden sobrevolar al mandatario, hay que poner en primer término, precisamente, a la exposición pública a la que se verá sometido hasta octubre a causa de su candidatura a senador. Y que no sueñe con un apoyo como el que el Presidente le dio a Aníbal Ibarra en Capital Federal. La foto y basta. A lo sumo habrá una bendición explícita para otros integrantes de la lista oficialista más identificados con el kirchnerismo; como Stella Maris Córdoba.
Producto de esa campaña política seguramente surgirán las denuncias que empañaron la gestión de Miranda, como las supuestas coimas a legisladores, las muertes por desnutrición infantil, las irregularidades en la aplicación de los planes sociales y otras muchas que usó como bandera Esteban Jerez. Por el drama social, Miranda mereció una dura crítica de Hilda de Duhalde y alguno que otro gesto de desaprobación del propio Kirchner. Pero hoy el Presidente no puede apoyar por una cuestión ideológica a los Bussi, o a Jerez, que se asoció a Ricardo López Murphy. La opción es Miranda, pese a quien le pese, porque los resultados mandan.Hoy por hoy, el futuro del gobernador está en el Senado. Mañana, quién sabe.
27 Agosto 2003 Seguir en 
Por Juan Manuel Asis






