La convocatoria al paro fue, definitivamente, una ruptura de lanzas entre la CGT de Moyano y la gestión de Cristina Fernández. Ella siempre miró al camionero con desconfianza. Por eso, no le dio tanto protagonismo después de la muerte de su esposo, Néstor Kirchner. Ahora es ella la que está en el poder y quiere reivindicarlo, aún a costa de tener en la vereda de enfrente al sindicalismo.
Pocos presidentes pudieron gobernar tranquilamente sin el apoyo de la CGT. Esta, históricamente, ha sido la sombra de los gobiernos de turno. El amigo de ayer es el enemigo de hoy. Son los antiguos matrimonios por conveniencia que se casan en tiempos de holgura y se divorcian por caprichos, desavenencias políticas o incompatibilidad de caracteres.
En el medio de esa pelea están los hijos, cada uno de los argentinos que, en los últimos días, tuvieron problemas para cargar nafta, que fueron al súper a abastecerse de mercadería "por las dudas", aquellos que preguntaron en el colegio o al transporte si hoy o la otra semana tendrán combustible para trasladar a sus niños al colegio. Son los que se inquietan por los precios de las góndolas más que por los que mide el Indec. Ellos no tienen la culpa de las "cosas de grandes", de esos que buscan ocupar la casilla del medio para futuras contiendas electorales. Hoy la Presidenta debe definir qué hará con su viejo aliado. Y, al parecer, juega una partida de ajedrez, en la que su antiguo escudero le socava el poder, echándole más nafta al fuego de esta Argentina que no aprende aún las lecciones de los errores del pasado.
Pocos presidentes pudieron gobernar tranquilamente sin el apoyo de la CGT. Esta, históricamente, ha sido la sombra de los gobiernos de turno. El amigo de ayer es el enemigo de hoy. Son los antiguos matrimonios por conveniencia que se casan en tiempos de holgura y se divorcian por caprichos, desavenencias políticas o incompatibilidad de caracteres.
En el medio de esa pelea están los hijos, cada uno de los argentinos que, en los últimos días, tuvieron problemas para cargar nafta, que fueron al súper a abastecerse de mercadería "por las dudas", aquellos que preguntaron en el colegio o al transporte si hoy o la otra semana tendrán combustible para trasladar a sus niños al colegio. Son los que se inquietan por los precios de las góndolas más que por los que mide el Indec. Ellos no tienen la culpa de las "cosas de grandes", de esos que buscan ocupar la casilla del medio para futuras contiendas electorales. Hoy la Presidenta debe definir qué hará con su viejo aliado. Y, al parecer, juega una partida de ajedrez, en la que su antiguo escudero le socava el poder, echándole más nafta al fuego de esta Argentina que no aprende aún las lecciones de los errores del pasado.











