Un par de zapatillas

Ese día, unas cuantas horas antes, a Gonzalo Barrionuevo lo habían asesinado para robarle un par de zapatillas. Con esa muerte tan injusta resonando en mis oídos volví a mi casa pasada la medianoche. Llovía, hacía frío y las calles se veían más desoladas que nunca. Con la paranoia a flor de piel enfundaba mi paraguas. De la nada y sin previo aviso sale él de un zaguán. "¡Eh amiga! ¿Ya no vivís más ahí?", me espeta. Sin pensarlo ni detener la marcha le contesto con un escueto "no" y sigo mi camino. No di ni tres pasos y el insiste con una segunda pregunta "¿y no tenés ninguna zapatilla para darme?"

Ahí me di cuenta. Este chico, que ahora me supera por unos cuantos centímetros de altura, es el mismo que llegó varios años atrás a la casa de mis viejos, tocó impertinentemente el timbre en medio de una siesta dominguera y pidió un par de zapatillas. Para su sorpresa, las consiguió. Desde ese día, todos los domingos llegaba para despabilarnos con su inoportuno timbrazo en busca de otro par.

Yo ya no vivo ahí y él ya no toca timbres. Es que su cara de "ternura" expiró. Ahora cuida y lava autos por las noches. A pesar de eso, todavía se acuerda de mí y todavía quiere zapatillas.

La moraleja de esta historia puede ser que hay distintas maneras de luchar contra las mismas necesidades. También que mientras algunos de nosotros caminamos con miedo otros caminan descalzos.

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