¿Qué les andará pasando a las malas palabras?, me pregunté hace poco cuando secretamente escuché a mi hijo conversar con sus amigos y descubrí que hasta los más ofensivos términos se usaban con naturalidad y hasta con cariño. Creo que me perdí de algo, pensé ahí mismo. Me tiré un lance de colar una palabrota en una charla y el correcto alumno de 10 años se puso colorado. Menos mal, me dije. Pero no me olvidé.
A los pocos días salió la publicidad de una popular empresa de gaseosas y otra de papas fritas, que reclutaron a "Kun" Agüero para que protagonice una historia llena de toda clase de improperios, y que recibe el nombre de "De #&*@ Madre!" Al fin de cuentas, me dije, el spot se centra en una característica muy particular de los últimos tiempos: demostrar admiración por algo, o alguien, a través de insultos.
No vayan a pensar que soy tan correcta. Creo que las malas palabras son irremplazables, que tienen una fuerza expresiva única. Me gusta maldecir con términos atrevidos y desafiantes. ¿A quién no? Por algo todo idioma, jerga o dialecto tiene sus tabúes, sus vocablos "prohibidos".
Lo que me preocupa es que, de tanto insistir con ellas y de resignificar lo que querían decir originalmente tal vez estén perdiendo su efecto, su ferocidad. El inolvidable Roberto Fontanarrosa, en el tercer Congreso Internacional de la Lengua Española en Rosario (2004), nos propuso: "atendamos las condiciones terapéuticas de las malas palabras, que sirven para descargarse. Pido una amnistía para ellas, vivamos una Navidad sin malas palabras, y cuidemos de ellas, porque las vamos a necesitar". ¡Cuánta verdad! ¿O alguien me va a decir que las palabras elegantes son totalmente sinceras? Y me sigo preguntando si la posibilidad de colocar una buena palabrota en el momento justo es algo que cada día echaremos más dolorosamente de menos.
A los pocos días salió la publicidad de una popular empresa de gaseosas y otra de papas fritas, que reclutaron a "Kun" Agüero para que protagonice una historia llena de toda clase de improperios, y que recibe el nombre de "De #&*@ Madre!" Al fin de cuentas, me dije, el spot se centra en una característica muy particular de los últimos tiempos: demostrar admiración por algo, o alguien, a través de insultos.
No vayan a pensar que soy tan correcta. Creo que las malas palabras son irremplazables, que tienen una fuerza expresiva única. Me gusta maldecir con términos atrevidos y desafiantes. ¿A quién no? Por algo todo idioma, jerga o dialecto tiene sus tabúes, sus vocablos "prohibidos".
Lo que me preocupa es que, de tanto insistir con ellas y de resignificar lo que querían decir originalmente tal vez estén perdiendo su efecto, su ferocidad. El inolvidable Roberto Fontanarrosa, en el tercer Congreso Internacional de la Lengua Española en Rosario (2004), nos propuso: "atendamos las condiciones terapéuticas de las malas palabras, que sirven para descargarse. Pido una amnistía para ellas, vivamos una Navidad sin malas palabras, y cuidemos de ellas, porque las vamos a necesitar". ¡Cuánta verdad! ¿O alguien me va a decir que las palabras elegantes son totalmente sinceras? Y me sigo preguntando si la posibilidad de colocar una buena palabrota en el momento justo es algo que cada día echaremos más dolorosamente de menos.







