Dos concejales vieron rodar la vida en un colectivo
En vísperas de un nuevo aumento en el precio del cospel, LA GACETA reunió a dos ediles de la capital para que comprobaran la experiencia de miles de usuarios que, día a día, viajan en ómnibus. El oficialista Ignacio Golobisky y el opositor Claudio Viña se subieron a un interno de la Línea 9 y recorrieron la ciudad durante una hora y media
Llegaron puntuales a la cita. El calor subtropical de mayo los abrazaba en la esquina de San Martín y Monteagudo. Ninguno de los dos recordaba, exactamente, cuando había sido la última vez que viajaron en un colectivo por la ciudad. Con los cospeles en la mano hicieron fila en la parada y se subieron a un ómnibus que circulaba por Monteagudo. Los concejales Ignacio Golobisky (PJ) y Claudio Viña (FR) vivieron, en carne propia, lo que experimentan miles de tucumanos que utilizan el transporte público de pasajeros. Durante una hora y media se convirtieron en "usuarios por un día".
A las 10.30, el equipo periodístico de LA GACETA se ubicó en el lugar. Unos minutos después arribaron los representantes vecinales. Se les explicó que, a raíz del inminente incremento en el precio del boleto, había surgido la idea de que viajaran por las calles de la ciudad para que pudieran dar fe y comprobaran in situ, el funcionamiento del servicio.
Temerosos de lo desconocido se ubicaron en una parada lindante al Concejo. Hicieron seña. No tuvieron suerte la primera vez. El chofer del primer vehículo ignoró el tibio ademán que ejecutaron para hacer frenar el micro. Insistieron. Golobisky sacó medio cuerpo hacia la calle, estiró el brazo y un interno de la línea 9 paró. Viña sacó de su bolsillo cuatro cospeles y los repartió.
Pagaron. Esclavos del instinto -tal vez- los dos guardaron sus boletos en el bolsillo superior de cada uno de sus sacos. Miraban. La gente también los miraba. Una pequeña gota de transpiración bajó por la mejilla de Viña. La frente de Golobisky se bañaba en sudor. Colgados del pasamanos, los concejales resistían como podían las frenadas en cada esquina. Vaivén. Una y otra vez. Mientras danzaban el acalorado vals, una mujer que estaba sentada los miró. Y les habló. "Creo que en este momento no es conveniente que aumente el boleto. Lo que no entiendo es por qué, si todas las empresas cobran subsidios del estado, quieren aumentar el cospel", afirmó la empleada de comercio Marcela Rodríguez. Los concejales se miraron. Golobisky rompió el hielo y le contestó. "Creo que a ningún concejal, sea opositor u oficialista, le hace gracia salir a aprobar un incremento del cospel, teniendo en cuenta que hay que cuidar el bolsillo de los vecinos. Pero también es verdad que hay un sistema de transporte que sigue teniendo sus deficiencias, pero que mejoró mucho respecto del 2003", opinó el alperovichista. "Bueno, pero yo soy empleada de comercio. Trabajo mañana y tarde y gano $ 2.500 por mes. En cospeles nada más gasto como $ 500", le retrucó la señora. El colectivo seguía su curso por avenida Belgrano al 2.300. Viña se metió de lleno en la charla. "La postura de no acompañar el aumento del cospel ha sido histórica en mi caso. No quisiera estar en el cuero de los ediles oficialistas que tendrán que decidir entre cuidar el bolsillo de la gente o concederles a los empresarios el pedido de aumento", retrucó el bussista, como si fuese un payador urbano.
El colectivo seguía su marcha por Viamonte y a la altura de Villa Muñecas comenzó a vaciarse. Los concejales se sentaron uno a la par del otro y contemplaron el lugar. Sólo se escuchaba el ruido del motor. "Aquí es donde mataron a la chiquita", dijeron casi al unísono. La pobreza del barrio donde asesinaron a la niña Mercedes Figueroa se mezclaba con el viento y se colaba por la ventanilla. El paisaje sombrío del barrio les daba golpes en la cara. Una y otra vez. "Hay que reconocer que ahora hay más pavimentación y más iluminación", deslizó Golobisky con la intención de sobrepasar el instante que se hacía eterno. Sólo silencio. La marcha había ingresado en un profundo letargo hasta que cinco colegiales subieron al ómnibus. Detrás de ellos ingresó un hombre con anteojos oscuros y se ubicó al final del micro. ¿Qué piensa sobre el incremento del boleto?, le consultó LA GACETA. "Creo que no es el momento para que aumente el cospel", respondió el hombre que dijo llamarse Carlos. ¿Si estuviera cara a cara con los concejales, qué le pediría?, se le volvió a preguntar. "Que piensen en la gente y dejen de meternos la mano en el bolsillo", contestó con un gesto adusto. Cuando se le hizo saber que dos concejales de la capital se encontraban entre los pasajeros, y que tendría la oportunidad de decírselo. Carlos sonrió y sólo atinó a decir: "es que yo ya me bajo". Salió eyectado del asiento, tocó el timbre y dejó el colectivo casi en movimiento.
El interno del 9 retornaba por la avenida Belgrano para introducirse otra vez en la selva de vehículos y cemento. "Si viene el inspector vamos a tener que pagar o nos baja a todos, porque ya dimos una vuelta entera", comentó Viña con preocupación. Al mediodía, el paseo por la ciudad llegaba a su fin. Cuando el vehículo ingresó por el centro, los ediles se fundieron entre la gente. Ya distendidos, conversaban de política y del estado de las calles de la ciudad.
Salta y San Martín fue la última parada para los concejales Golobisky y Viña. Se despidieron con un abrazo y sin saber si el destino los juntaría, otra vez, a bordo de un micro. La cochera donde habían guardado sus autos los esperaba.
A las 10.30, el equipo periodístico de LA GACETA se ubicó en el lugar. Unos minutos después arribaron los representantes vecinales. Se les explicó que, a raíz del inminente incremento en el precio del boleto, había surgido la idea de que viajaran por las calles de la ciudad para que pudieran dar fe y comprobaran in situ, el funcionamiento del servicio.
Temerosos de lo desconocido se ubicaron en una parada lindante al Concejo. Hicieron seña. No tuvieron suerte la primera vez. El chofer del primer vehículo ignoró el tibio ademán que ejecutaron para hacer frenar el micro. Insistieron. Golobisky sacó medio cuerpo hacia la calle, estiró el brazo y un interno de la línea 9 paró. Viña sacó de su bolsillo cuatro cospeles y los repartió.
Pagaron. Esclavos del instinto -tal vez- los dos guardaron sus boletos en el bolsillo superior de cada uno de sus sacos. Miraban. La gente también los miraba. Una pequeña gota de transpiración bajó por la mejilla de Viña. La frente de Golobisky se bañaba en sudor. Colgados del pasamanos, los concejales resistían como podían las frenadas en cada esquina. Vaivén. Una y otra vez. Mientras danzaban el acalorado vals, una mujer que estaba sentada los miró. Y les habló. "Creo que en este momento no es conveniente que aumente el boleto. Lo que no entiendo es por qué, si todas las empresas cobran subsidios del estado, quieren aumentar el cospel", afirmó la empleada de comercio Marcela Rodríguez. Los concejales se miraron. Golobisky rompió el hielo y le contestó. "Creo que a ningún concejal, sea opositor u oficialista, le hace gracia salir a aprobar un incremento del cospel, teniendo en cuenta que hay que cuidar el bolsillo de los vecinos. Pero también es verdad que hay un sistema de transporte que sigue teniendo sus deficiencias, pero que mejoró mucho respecto del 2003", opinó el alperovichista. "Bueno, pero yo soy empleada de comercio. Trabajo mañana y tarde y gano $ 2.500 por mes. En cospeles nada más gasto como $ 500", le retrucó la señora. El colectivo seguía su curso por avenida Belgrano al 2.300. Viña se metió de lleno en la charla. "La postura de no acompañar el aumento del cospel ha sido histórica en mi caso. No quisiera estar en el cuero de los ediles oficialistas que tendrán que decidir entre cuidar el bolsillo de la gente o concederles a los empresarios el pedido de aumento", retrucó el bussista, como si fuese un payador urbano.
El colectivo seguía su marcha por Viamonte y a la altura de Villa Muñecas comenzó a vaciarse. Los concejales se sentaron uno a la par del otro y contemplaron el lugar. Sólo se escuchaba el ruido del motor. "Aquí es donde mataron a la chiquita", dijeron casi al unísono. La pobreza del barrio donde asesinaron a la niña Mercedes Figueroa se mezclaba con el viento y se colaba por la ventanilla. El paisaje sombrío del barrio les daba golpes en la cara. Una y otra vez. "Hay que reconocer que ahora hay más pavimentación y más iluminación", deslizó Golobisky con la intención de sobrepasar el instante que se hacía eterno. Sólo silencio. La marcha había ingresado en un profundo letargo hasta que cinco colegiales subieron al ómnibus. Detrás de ellos ingresó un hombre con anteojos oscuros y se ubicó al final del micro. ¿Qué piensa sobre el incremento del boleto?, le consultó LA GACETA. "Creo que no es el momento para que aumente el cospel", respondió el hombre que dijo llamarse Carlos. ¿Si estuviera cara a cara con los concejales, qué le pediría?, se le volvió a preguntar. "Que piensen en la gente y dejen de meternos la mano en el bolsillo", contestó con un gesto adusto. Cuando se le hizo saber que dos concejales de la capital se encontraban entre los pasajeros, y que tendría la oportunidad de decírselo. Carlos sonrió y sólo atinó a decir: "es que yo ya me bajo". Salió eyectado del asiento, tocó el timbre y dejó el colectivo casi en movimiento.
El interno del 9 retornaba por la avenida Belgrano para introducirse otra vez en la selva de vehículos y cemento. "Si viene el inspector vamos a tener que pagar o nos baja a todos, porque ya dimos una vuelta entera", comentó Viña con preocupación. Al mediodía, el paseo por la ciudad llegaba a su fin. Cuando el vehículo ingresó por el centro, los ediles se fundieron entre la gente. Ya distendidos, conversaban de política y del estado de las calles de la ciudad.
Salta y San Martín fue la última parada para los concejales Golobisky y Viña. Se despidieron con un abrazo y sin saber si el destino los juntaría, otra vez, a bordo de un micro. La cochera donde habían guardado sus autos los esperaba.
NOTICIAS RELACIONADAS







