Mariano me mira y se ríe. Y yo pienso que una carcajada de él equivale a todas las risas que hicieron chispear las brasas del asado que ya se termina. Lo miro y 11 años de melancolía se suben a la mesa. Pero otra de sus carcajadas devuelve los sentimientos a su lugar: hablar con él siempre es divertido, porque irradia felicidad.
Las hojas de coca juegan entre sus dedos mientras salta de un tema al otro: fútbol, los changos (como les dice a los amigos), su auto y Jujuy. Pero a mí me cuesta seguirle el hilo. Por ahí le boleo la pierna a un pensamiento y termino sentado junto a la mesa de nuestra primera cena en Tucumán. Y es inevitable que empiece a irme de paseo por los años de Facultad que le siguieron. Por suerte, otra carcajada me rescata y yo también empiezo a reírme cuando lo escucho renegar por Gimnasia y Esgrima de Jujuy y su hábito de fracasos.
Igual, el enojo a él le dura poco: va hasta la parrilla, corta un pedazo de algo, se para frente a mí y pronuncia la misma frase de siempre: "dale, comé ¿qué te hacés ahora? Dale, no jodás". Y no hay manera de decirle que no: está estrenando un nuevo tenedor parrillero equipado con un botón que, al apretarlo, suelta la carne sobre el plato. Y quiere que todos veamos lo bien que funciona.
Mariano es como un chico grande, bien grande. En realidad es una gigantesca fuente de alegría. Y hoy, más que nunca: acaba de recibirse de médico y está a punto de desandar el camino que hace 11 años nos trajo juntos a Tucumán. Yo estoy feliz por él. Pero, a pesar de las risas, me dan ganas de imitar al "Chivo" Valladares e irme a los cerros altos, porque dicen que ahí se apuna la pena que dejan los amigos que se van.
Las hojas de coca juegan entre sus dedos mientras salta de un tema al otro: fútbol, los changos (como les dice a los amigos), su auto y Jujuy. Pero a mí me cuesta seguirle el hilo. Por ahí le boleo la pierna a un pensamiento y termino sentado junto a la mesa de nuestra primera cena en Tucumán. Y es inevitable que empiece a irme de paseo por los años de Facultad que le siguieron. Por suerte, otra carcajada me rescata y yo también empiezo a reírme cuando lo escucho renegar por Gimnasia y Esgrima de Jujuy y su hábito de fracasos.
Igual, el enojo a él le dura poco: va hasta la parrilla, corta un pedazo de algo, se para frente a mí y pronuncia la misma frase de siempre: "dale, comé ¿qué te hacés ahora? Dale, no jodás". Y no hay manera de decirle que no: está estrenando un nuevo tenedor parrillero equipado con un botón que, al apretarlo, suelta la carne sobre el plato. Y quiere que todos veamos lo bien que funciona.
Mariano es como un chico grande, bien grande. En realidad es una gigantesca fuente de alegría. Y hoy, más que nunca: acaba de recibirse de médico y está a punto de desandar el camino que hace 11 años nos trajo juntos a Tucumán. Yo estoy feliz por él. Pero, a pesar de las risas, me dan ganas de imitar al "Chivo" Valladares e irme a los cerros altos, porque dicen que ahí se apuna la pena que dejan los amigos que se van.







