Voy a tener que hacerle caso al Chivo

José Názaro
Por José Názaro 12 Mayo 2012
Mariano me mira y se ríe. Y yo pienso que una carcajada de él equivale a todas las risas que hicieron chispear las brasas del asado que ya se termina. Lo miro y 11 años de melancolía se suben a la mesa. Pero otra de sus carcajadas devuelve los sentimientos a su lugar: hablar con él siempre es divertido, porque irradia felicidad.

Las hojas de coca juegan entre sus dedos mientras salta de un tema al otro: fútbol, los changos (como les dice a los amigos), su auto y Jujuy. Pero a mí me cuesta seguirle el hilo. Por ahí le boleo la pierna a un pensamiento y termino sentado junto a la mesa de nuestra primera cena en Tucumán. Y es inevitable que empiece a irme de paseo por los años de Facultad que le siguieron. Por suerte, otra carcajada me rescata y yo también empiezo a reírme cuando lo escucho renegar por Gimnasia y Esgrima de Jujuy y su hábito de fracasos.

Igual, el enojo a él le dura poco: va hasta la parrilla, corta un pedazo de algo, se para frente a mí y pronuncia la misma frase de siempre: "dale, comé ¿qué te hacés ahora? Dale, no jodás". Y no hay manera de decirle que no: está estrenando un nuevo tenedor parrillero equipado con un botón que, al apretarlo, suelta la carne sobre el plato. Y quiere que todos veamos lo bien que funciona.

Mariano es como un chico grande, bien grande. En realidad es una gigantesca fuente de alegría. Y hoy, más que nunca: acaba de recibirse de médico y está a punto de desandar el camino que hace 11 años nos trajo juntos a Tucumán. Yo estoy feliz por él. Pero, a pesar de las risas, me dan ganas de imitar al "Chivo" Valladares e irme a los cerros altos, porque dicen que ahí se apuna la pena que dejan los amigos que se van.

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