Va siendo tiempo

Por Gustavo Martinelli 04 Mayo 2012
"De los niños es el reino de Dios", dice el Evangelio de Marcos. Y es cierto: supuestamente en el cielo el tiempo no existe, como tampoco existe para los niños. Algo que Jorge Luis Borges ratifica en un texto bellísimo: "los niños desconocen la sucesión; habitan el liviano presente, ignoran el deber de la esperanza y la gravedad del recuerdo. Viven en la más pura actualidad; casi en la eternidad". Una eternidad que, dicho sea de paso, se comparte con los adultos, ya que si algo de inmortalidad tenemos es justamente gracias a ellos. Ellos nos perpetúan. Avalan nuestra residencia en la Tierra.

Sin embargo, los niños no siempre tuvieron un trato benevolente. Hubo un tiempo en el que los niños eran sometidos a todo tipo de escarnios. En la Grecia antigua, por ejemplo, los padres decidían si querían criar o abandonar al recién nacido. Y en Esparta, de acuerdo con Plutarco, el recién nacido era examinado por una comisión de ancianos para determinar si era hermoso y fuerte. En caso contrario se lo llevaba al Apóthetas (una zona de barrancos al pie del Taigeto), donde se lo arrojaba o abandonaba a su suerte en la cima.

Más tarde, en la Edad Media, los niños fueron considerados adultos en miniatura. Por lo tanto, solían ser usados como mano de obra barata y hasta eran sometidos a todo tipo de vejaciones.

Es a partir del siglo XVI cuando los niños adquirieron más importancia. Hoy, en este mundo convulsionado, el niño tiene valor de futuro. O por lo menos, debería tenerlo.

Sí, porque los niños constituyen la joya preciada de la humanidad. Y, contrariamente a lo que sucedía en la antigüedad, la infancia tiene hoy una importancia capital para una sociedad. ¿Por qué vale la pena hablar de esto? Porque si la niñez es actualmente un valor inconmensurable, si la infancia es una etapa clave; si esos "locos bajitos" (a decir de Serrat) nos aseguran que seguiremos vivos a través de ellos, si los chicos llegaron a superar la bestialidad de la antigüedad y adquirieron derechos inalienables... ¿por qué en las calles tucumanas hay niños que mendigan sin reparo? ¿Por qué en los semáforos siguen parados aquellos que pelean la vida a fuerza de limpiar parabrisas? ¿Por qué estamos conmocionados por el atroz asesinato de Mercedes? Y si el reino de Dios es de los niños ¿por qué hay muchos de ellos que viven en el infierno? ¿Cómo es posible que cada vez haya más bebés abandonados en lugares públicos? ¿Por que incomprensible razón el Estado no ejerce su rol tutelar? ¿Por qué no se invierte en los infantes desprotegidos y sí en programas de TV absurdos y decadentes? Estas preguntas que duelen, deberían dolerles también a los funcionarios.

Cachetada

En tiempos de histeria electoral, cuando los ministros, secretarios y senadores exhiben sus ansias de continuar en el poder, la imagen de ese niño abandonado a su suerte, que duerme bajo la lluvia o estira la mano en la puerta de un banco, es una cachetada difícil de soportar. ¿Y dónde está el Estado? Un Estado muy distinto a aquel que soñaron nuestros próceres pero que enfrenta el mismo desafío histórico.

Por eso va siendo tiempo que las autoridades dejen de formular explicaciones inverosímiles y empiecen a construir una sociedad "inclusiva" en serio. No sólo con planes o bolsones, sino con trabajo y educación, que es lo que más dignifica. Evitando que se convierta a los niños en simples mercancías o en tristes despojos. Porque una sociedad bien nacida no puede alcanzar la madurez sin una infancia feliz y protegida.

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