El miércoles pasado, la exposición de las fotos de la nota "El primer locrazo del año" (publicada el jueves) dio lugar a la inmediata organización de un almuerzo de editores que arrojó envidias y enojos porque no se había diseminado la idea por el resto de la redacción. Ayer se organizó la segunda expedición, con la previsión de que no podían ser todos los mismos ("las reuniones felices no se pueden repetir porque eso trae mala suerte a los comensales"). No fueron los mismos, pero igual la sala de trabajo quedó despoblada en la fría siesta. "Tranquilos; yo me encargo de editar el suplemento Económico y el Literario y voy avanzando con el cuerpo central", sentenció un sacrificado editor. "Si es así, ¿para qué tenemos que volver?", le respondieron. Volvieron al finalizar la siesta empachados de definiciones: "El locro pulsudo te va adormeciendo", confesó uno. "Si la gente comiera más locro, no habría tantas guerras", opinó otro. Todo eso, y mucho más, puede generar una comida norteña.







