Para colmo, yo tengo la voz bajita. Quiero decir, llegado el caso, me es muy difícil imponerme al menos guturalmente al superador de historias. Y el volumen es, si lo hay, el único terreno en el que puede peleársele. Entonces, pierdo. Con un superador de historias entrenado, cualquiera pierde.
Te habrá pasado. Estás conversando con alguien; puede suceder también en charlas de grupo. Empezás a contar algo que evidentemente te sorprendió o te indignó, algo que te hizo reír mucho o con lo cual pasaste una gran vergüenza. No es un asunto cotidiano, una simple descripción del estado del tiempo o el detalle de una receta: estás hablando de un tema que, en el pequeño mundo de los interlocutores, puede resultar extraordinario. Entonces lo ves. La primera alarma es un brillo particular en los ojos del otro. La segunda es una sensación casi certera de que ya no te escucha. Y en verdad no lo hace. Se está preparando para modular la frase emblema de los superadores de historias: "oooh, ¡eso no es nada en comparación con lo que me pasó a mí!". Plaf. Tu relato no sólo quedará trunco, minimizado y con baja autoestima, sino que además pasarás de aplaudido a aplaudidor, de tranquilizado a tranquilizador. Injusticia.
El superador de historias es imbatible. Si discutiste con tu pareja, a él además lo echaron de casa. Si te ganaste la lotería, él además supo invertirlo y multiplicarlo por tres. Si el taco se te rompió un minuto antes de salir a la fiesta, a ella además se le rompieron los dos y, de paso, el cierre del vestido. Nunca pierden. Y ojo con juntar a dos o más de dos en un mismo grupo porque la charla puede convertirse en una insoportable escalada de egos y acontecimientos magníficos...
Hay algo que los de esta tipología tienen que saber: que son imbancables. Que cuando uno comienza a contar una anécdota no busca -no le interesa- una contraparte inmejorable. Y que también hay algo placentero en la simple escucha. Aunque lo más probable es que, si quien lee esto es un superador de historias de manual, ya debe estar buscándose un supremo argumento con el cual rebatirme.
Te habrá pasado. Estás conversando con alguien; puede suceder también en charlas de grupo. Empezás a contar algo que evidentemente te sorprendió o te indignó, algo que te hizo reír mucho o con lo cual pasaste una gran vergüenza. No es un asunto cotidiano, una simple descripción del estado del tiempo o el detalle de una receta: estás hablando de un tema que, en el pequeño mundo de los interlocutores, puede resultar extraordinario. Entonces lo ves. La primera alarma es un brillo particular en los ojos del otro. La segunda es una sensación casi certera de que ya no te escucha. Y en verdad no lo hace. Se está preparando para modular la frase emblema de los superadores de historias: "oooh, ¡eso no es nada en comparación con lo que me pasó a mí!". Plaf. Tu relato no sólo quedará trunco, minimizado y con baja autoestima, sino que además pasarás de aplaudido a aplaudidor, de tranquilizado a tranquilizador. Injusticia.
El superador de historias es imbatible. Si discutiste con tu pareja, a él además lo echaron de casa. Si te ganaste la lotería, él además supo invertirlo y multiplicarlo por tres. Si el taco se te rompió un minuto antes de salir a la fiesta, a ella además se le rompieron los dos y, de paso, el cierre del vestido. Nunca pierden. Y ojo con juntar a dos o más de dos en un mismo grupo porque la charla puede convertirse en una insoportable escalada de egos y acontecimientos magníficos...
Hay algo que los de esta tipología tienen que saber: que son imbancables. Que cuando uno comienza a contar una anécdota no busca -no le interesa- una contraparte inmejorable. Y que también hay algo placentero en la simple escucha. Aunque lo más probable es que, si quien lee esto es un superador de historias de manual, ya debe estar buscándose un supremo argumento con el cual rebatirme.







