Las tragedias detrás de un café imposible

Por Juan Manuel Asis 20 Abril 2012
"No hay vaso", "error de lectura", "fuera de servicio". Son frases que brillan en algunas ocasiones en un pequeño recuadro de una maquinita moderna. Es la devolución que uno no quiere recibir cuando se acude a esa caja negra para extraerle un café o un capuccino. "Recuperé mi tarjeta", dice una compañera de trabajo -que la pierde seguido, por otro lado-, e invita de inmediato a un café para fugarse unos instantes de las responsabilidades de ocasión, aunque irremediablemente el laburo siempre sea tema recurrente en esa tertulia escapista. Bromear en el pasillo hasta llegar a destino es parte del ritual. "¿Qué querés?", pregunta. "Un café corto", respuesta. "No hay vaso", titila el mecanismo oscuro, casi burlándose de la ira que estalla, dejando atrás aquel gesto amable. Sí, tiene razón usted si piensa "mirá por lo que se preocupa". El mundo tiene miles de tristezas peores a cuestas, en cada segundo nos refriega las penurias reflejadas en mil rostros anónimos. Y suceden porque el propio hombre las genera. Siempre se aconseja: si cada uno, desde su lugar de trabajo -su puesto de lucha vital-, desde el más humilde al de mayor responsabilidad, pone un poco de voluntad para mejorar la calidad de vida, el mundo cambiará para bien. Mientras el esfuerzo no se multiplique -siempre parece que todo es insuficiente-, seguirá el calentamiento global, el hambre y la mortalidad infantil, la asfixia de las ciudades porque los pulmones de manzana dan lugar a negociados, habrá muertes porque los frenos de un tren no se arreglan, el consumo de drogas se incrementará entre los menores para el sufrimiento de las "madres del paco", la delincuencia seguirá en aumento ... Bueno, a esta altura usted bien podría decir que es "demasiado" pasar de una cafetera siglo XXI que advierte que no hay un vasito plástico a tan dramática realidad. Incluso más, podría aventurar un "error de lectura" en el mensaje. Pero lo que no se podrá negar es que en todo, desde lo más insignificante a lo más trascendente, la desidia y las pocas ganas de pensar en el bienestar del prójimo siempre están presentes; en mil formas. Lamentablemente, pareciera que los que más buena disposición y solidaridad deberían tener -y más podrían-, siempre están "fuera de servicio".

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