La predicción nos asustó un poco a todos los que estábamos sentados alrededor de la mesa de café del lunes: "Que no te sorprenda ¿eh? Guarda... Mirá que si las cosas siguen así, la Policía se va a meter en tu casa cada vez que hagas un asado con tus amigos ¿Y sabés que van a hacer cuando estén adentro? Te van a apuntar con itakas, te van a pegar, y te van a secuestrar la carne y la guitarra sólo porque la vieja de al lado denunció en el IPLA que cantaste ¡truco! demasiado fuerte". Sí, es exagerada, y hasta quizás puede llegar a causar una sonrisa sin culpa. Pero esa es la manera a la que recurre mi amigo Jorge para expresar las situaciones que lo inquietan. Y en ese momento él estaba preocupado. Hervía de indignación al recordar los relatos de dos de sus amigos que habían sido golpeados en la fiesta que la Policía clausuró a fuerza de intimidaciones y cachiporrazos en el pasaje Díaz Vélez al 500 el domingo a la madrugada.
Hoy es jueves y la tormenta de opiniones sobre los operativos trasnochados del IPLA parece que aún no va a amainar. Están los que piensan de la misma manera que Jorge y que aquellos que están dispuestos a colmar la plaza Independencia para protestar contra la ley 7550 (la de las patéticas 4AM) y los que se alegran con las clausuras de madrugada (¿se les habrá ocurrido que esos agentes que fueron destinados a acompañar a los inspectores del IPLA en los operativos quizás hayan dejado sin protección otros sectores de la ciudad por los que en ese momento están transitando sus hijos?).
Más allá de lo que ocurrió en el pasaje Díaz Vélez -y del inquietante itinerario de clausuras que parece esquivar algunos afters famosos por los que jamás apareció un inspector del IPLA- lo preocupante es que la Policía ingrese a un domicilio sin orden de allanamiento. Y que ningún fiscal mueva un dedo ante la sospecha de que se haya producido un delito.
Es que lo que sucede en algunos de estos procedimientos parece un trabalenguas para la lógica: pareciera que las personas que deben hacer cumplir la ley la violan para obligar a otras a que la respeten. Por eso, si uno analiza la predicción de mi amigo Jorge a la luz de lo que ocurre en la oscuridad de las madrugadas tucumanas de fin de semana, ya no suena tan exagerada.
Si esto sigue así, vamos a tener que mordernos la lengua antes de cantar ¡quiero vale cuatro! No vaya a ser que terminemos con un ejército de policías armados e inspectores del IPLA en el patio de casa intentando comprobar que le estábamos vendiendo alcohol a nuestros amigos para clausurarnos el asado y secuestrar la carne y la guitarra.
Hoy es jueves y la tormenta de opiniones sobre los operativos trasnochados del IPLA parece que aún no va a amainar. Están los que piensan de la misma manera que Jorge y que aquellos que están dispuestos a colmar la plaza Independencia para protestar contra la ley 7550 (la de las patéticas 4AM) y los que se alegran con las clausuras de madrugada (¿se les habrá ocurrido que esos agentes que fueron destinados a acompañar a los inspectores del IPLA en los operativos quizás hayan dejado sin protección otros sectores de la ciudad por los que en ese momento están transitando sus hijos?).
Más allá de lo que ocurrió en el pasaje Díaz Vélez -y del inquietante itinerario de clausuras que parece esquivar algunos afters famosos por los que jamás apareció un inspector del IPLA- lo preocupante es que la Policía ingrese a un domicilio sin orden de allanamiento. Y que ningún fiscal mueva un dedo ante la sospecha de que se haya producido un delito.
Es que lo que sucede en algunos de estos procedimientos parece un trabalenguas para la lógica: pareciera que las personas que deben hacer cumplir la ley la violan para obligar a otras a que la respeten. Por eso, si uno analiza la predicción de mi amigo Jorge a la luz de lo que ocurre en la oscuridad de las madrugadas tucumanas de fin de semana, ya no suena tan exagerada.
Si esto sigue así, vamos a tener que mordernos la lengua antes de cantar ¡quiero vale cuatro! No vaya a ser que terminemos con un ejército de policías armados e inspectores del IPLA en el patio de casa intentando comprobar que le estábamos vendiendo alcohol a nuestros amigos para clausurarnos el asado y secuestrar la carne y la guitarra.







