Era una de esas siestas de febrero en la que el calor era tema de conversación en todos lados. Entré a un cajero automático y en la puerta esquivé a una chiquita que, tirada en el piso, pedía una monedita a todo el que entraba o salía. "Puf, cola en el cajero", protesté para mis adentros. La espera me sirvió para ver detenidamente a esa nena. Tendría cuatro o cinco años. Me llamó la atención que descuidara su tarea de pedir monedas, y en cambio se concentrara en jugar con las figuritas de cartón que ofrecía a cambio del dinero. Apenas levantaba su carita, un poco sucia, cuando alguien abría la puerta. "No tiene una monedita", repetía, como un robot. Claro, pensé, se refugió aquí por el calor; en el banco hay aire acondicionado. Después miré a los que estaban en la fila. Unos eligieron la indiferencia. Otros se veían molestos por su presencia. "No hay un guardia que la saque", le llegó a decir una señora a otra. Pero ella seguía ahí, poniendo las figuritas una al lado de la otra sobre su cajita de cartón. Pensé en mi amiga que está indignada porque un chiquito, ofreciendo las mismas tarjetas con la que jugaba la del banco, le sacó su teléfono celular de la mesa de un bar. Seguro que tiene razón para su indignación. Pero esta chiquita no parece tener razones para indignarse. Sus elecciones parecían ser de qué lado de la puerta sentarse; si del que tenía aire, o del de la calle. Ahí, en el suelo, sólo desplegaba su inocencia. Pensé en darle una moneda, pero me acordé de que siempre me recomendaron que no, que ese dinero "es para los padres que los explotan y los dejan a la mañana temprano en las calles del centro, para que ellos después gasten esa plata en cigarrillos y cerveza". Llegó mi turno, saqué dinero del cajero y, cuando salía, ella me pidió una monedita. "No tengo", le respondí. "Entonces $2", me dijo ella, con el discurso ya aprendido. Fui hasta el quiosco y compré un paquete de esas galletas que tienen una sonrisa estampada. Son las que le gustan a mi ahijada, que tiene más o menos su edad. Regresé al cajero, abrí la puerta y se la ofrecí. Fue un gracias apenas audible. Creo que ni me miró a la cara; su boca y sus manos estaban desesperadas por hallar esa complicada cintita roja con la que se abre el paquete. Ella me pidió $2, las galletas me salieron $5. Todavía siento que le quedé debiendo.







