Los días de la dieta de la cajita feliz se acabaron. Ahora todos quieren comer soja. Y de eso se alimentarán en los próximos meses para disimular una situación que se venía vislumbrando hace tiempo: no había manera de financiar semejante expansión del gasto público. Claro que no había que mostrar tanto la carta de menú. En un año de opulencia electoral, como fue 2011, había dinero para pagar la cuenta... y hasta la gestión no escatimaba con dejar propina en aquellos lugares que se portaron mejor política y electoralmente. Ahora parece que el bolsillo no da para más. El Gobierno está a régimen y la dieta es cada vez más estricta. Si de sólo ver la evolución de las transferencias por coparticipación federal de impuestos de marzo puede decirse que los ingresos han bajado de peso: nada más y nada menos que 10 puntos porcentuales respecto del primer bimestre del año.
El mes pasado, la Nación giró alrededor de $ 535 millones, pero esa cifra representó tan sólo un 23% de incremento respecto de igual mes de 2011, es decir, que apenas le ganó a la inflación privada. La gestión del gobernador José Alperovich se había acostumbrado a elevadas tasas de aumentos recaudatorios. La palabra récord formaba parte del libreto oficial. Ahora fue eliminada. No sólo por el comportamiento, hacia la baja de la recaudación, sino porque sin ese término otro es el cariz que el Gobierno puede darles a las negociaciones paritarias.
Un ministro de Economía, con muchos años de docencia universitaria y como consultor de organismos externos, solía decirme que el primer requisito para llevar a buen puerto las cuentas públicas es aprender a llorar y a decirle a todos "no tengo plata", incluso en la casa. Alperovich aprendió muy bien esa receta y luego Jorge Jiménez. Y seguramente todos los que lleguen a la cartera de Economía. Pero había una notable diferencia. Aquel ministro gestionó en tiempos de déficit y de crisis fiscales constantes. Alperovich gobernó durante ocho años de bonanza fiscal. ¿Será que ahora se le presenta un fuerte desafío para demostrar si la gestión está preparada para resistir los eventuales cimbronazos? O tal vez cabe preguntarse, por enésima vez, ¿dónde está el excedente financiero de los años de vacas gordas? Todavía están latentes las charlas (no reuniones de gabinete) del gobernador con sus funcionarios en las que solía decir que debía tener, al menos, tres meses de sueldo acumulado para enfrentar cualquier período negativo. Ese excedente hoy bien podría representar entre $ 1.500 millones y $ 2.000 millones, una cifra que representa -por ejemplo- la mitad de la deuda pública tucumana.
La gestión provincial ha decidido que, desde este mes, se exprimirá un poco más a los contribuyentes del impuesto a los Ingresos Brutos. Como la mayoría de ellos no están dispuestos a sumir el mayor costo impositivo, es posible que eso sea trasladado, sin escala, directamente a precios.
El Gobierno insiste que debe hacer un esfuerzo mayúsculo para llegar a fines de mes. Usando la imaginación, el Estado tucumano es como esas familias tipo que requieren determinado nivel de ingresos para cubrir sus gastos más imprescindibles. En el caso de la Provincia, ese nivel de ingresos fue calculado en $ 1.160 millones, de los cuales la mitad se destinan a pagar los salarios de los más de 80.000 empleados públicos. De allí la idea de subir impuestos.
Entonces, ¿qué deberían hacer los tucumanos para poder cubrir todas sus obligaciones con un salario que, según el Indec, está en el penúltimo lugar del ranking de provincias? Ese asalariado tiene la sensación de que le están haciendo pagar a él todo el peso del ajuste. Y que la cajita feliz es un lujo inalcanzable.
El mes pasado, la Nación giró alrededor de $ 535 millones, pero esa cifra representó tan sólo un 23% de incremento respecto de igual mes de 2011, es decir, que apenas le ganó a la inflación privada. La gestión del gobernador José Alperovich se había acostumbrado a elevadas tasas de aumentos recaudatorios. La palabra récord formaba parte del libreto oficial. Ahora fue eliminada. No sólo por el comportamiento, hacia la baja de la recaudación, sino porque sin ese término otro es el cariz que el Gobierno puede darles a las negociaciones paritarias.
Un ministro de Economía, con muchos años de docencia universitaria y como consultor de organismos externos, solía decirme que el primer requisito para llevar a buen puerto las cuentas públicas es aprender a llorar y a decirle a todos "no tengo plata", incluso en la casa. Alperovich aprendió muy bien esa receta y luego Jorge Jiménez. Y seguramente todos los que lleguen a la cartera de Economía. Pero había una notable diferencia. Aquel ministro gestionó en tiempos de déficit y de crisis fiscales constantes. Alperovich gobernó durante ocho años de bonanza fiscal. ¿Será que ahora se le presenta un fuerte desafío para demostrar si la gestión está preparada para resistir los eventuales cimbronazos? O tal vez cabe preguntarse, por enésima vez, ¿dónde está el excedente financiero de los años de vacas gordas? Todavía están latentes las charlas (no reuniones de gabinete) del gobernador con sus funcionarios en las que solía decir que debía tener, al menos, tres meses de sueldo acumulado para enfrentar cualquier período negativo. Ese excedente hoy bien podría representar entre $ 1.500 millones y $ 2.000 millones, una cifra que representa -por ejemplo- la mitad de la deuda pública tucumana.
La gestión provincial ha decidido que, desde este mes, se exprimirá un poco más a los contribuyentes del impuesto a los Ingresos Brutos. Como la mayoría de ellos no están dispuestos a sumir el mayor costo impositivo, es posible que eso sea trasladado, sin escala, directamente a precios.
El Gobierno insiste que debe hacer un esfuerzo mayúsculo para llegar a fines de mes. Usando la imaginación, el Estado tucumano es como esas familias tipo que requieren determinado nivel de ingresos para cubrir sus gastos más imprescindibles. En el caso de la Provincia, ese nivel de ingresos fue calculado en $ 1.160 millones, de los cuales la mitad se destinan a pagar los salarios de los más de 80.000 empleados públicos. De allí la idea de subir impuestos.
Entonces, ¿qué deberían hacer los tucumanos para poder cubrir todas sus obligaciones con un salario que, según el Indec, está en el penúltimo lugar del ranking de provincias? Ese asalariado tiene la sensación de que le están haciendo pagar a él todo el peso del ajuste. Y que la cajita feliz es un lujo inalcanzable.







