11 Febrero 2012 Seguir en 
Nadie puede discutir que el parque 9 de Julio figura en primera línea dentro de los paseos de la ciudad, y que está incluido con honores entre los mejores espacios de su tipo en las capitales de la República. Su diseño, obra de aquel eminente paisajista que fue Carlos Thays, con esas arboledas cuya frondosidad es testimonio de la pródiga naturaleza tucumana, lo convierten en un sitio de peculiar y poderoso atractivo. No es extraño entonces que sus ámbitos se colmen, especialmente los fines de semana, de público que busca pasar horas de esparcimiento en ese marco de césped y de arboledas.
Pero, como es común en estos grandes ámbitos boscosos, cuando cae la noche las cosas se modifican un tanto. Si bien sus bares y restaurantes están profusamente iluminados y bullen de público hasta bastante después de la medianoche, no ocurre lo mismo con el resto de la considerable extensión del paseo, que suma alrededor de un centenar y medio de hectáreas.
Existen muchos sectores, distantes del "ruido", y sumidos en la oscuridad, en lo que resulta peligroso internarse. La crónica policial, con bastante frecuencia, da cuenta de delitos de distinto tipo que se cometen en esas zonas del parque 9 de Julio. LA GACETA del 8 de febrero informó respecto de uno de ellos. Ocurrió que una menor fue llevada con engaños hasta las inmediaciones del lago San Miguel y allí estuvo a punto de ser violada. Sabemos que no es la primera vez que se producen sucesos policiales dentro de los límites del parque, y que algunos de ellos revistieron suma gravedad.
Surge de todo esto la necesidad de que la Municipalidad y la Policía orquesten un plan adecuado para que circular por el parque, a pie, no constituya una empresa cargada de riesgos. En primer lugar, nos parece que debe mejorarse sustancialmente la iluminación. Hablamos no sólo de reparar o de dar mayor potencia a la existente, sino sobre todo de extenderla a todos los sectores, trascendiendo el circuito habitual de los visitantes. Se trata, ciertamente, de inversiones significativas, pero sin duda su costo será plenamente retribuido con evidentes ventajas públicas. Ya se sabe que los gastos de beneficio común deben realizarse siempre, aunque impliquen sacrificios presupuestarios. Tales medidas ya disminuirían os riesgos: como es conocido, las facilidades de delinquir amenguan en proporción directa a la abundancia de luz.
Pero, de forma simultánea, tiene que acentuarse con especial fuerza la presencia policial en todo el territorio del paseo. La experiencia muestra que no es suficiente que lo recorran patrullas, y que se necesita complementarlas con algo más detallado. Cabe recordar que, hace unos años, se anunció que el patrullaje por el parque no se realizaría con policías en vehículos, sino a caballo. Ese criterio parece especialmente acertado, ya que la cabalgadura de un agente tiene posibilidades mucho más versátiles de movilidad y de incursión que un automotor, e inclusive que una motocicleta.
Sea utilizando esas variantes u otras, el hecho es que resultan urgentes los recaudos para que, por la noche, el parque sea un sitio realmente seguro para las personas de todas las edades, y deje de ser escenario apropiado para la actuación impune de delincuentes. Deben erradicarse en profundidad los riesgos nocturnos de ese espacio, cuya acogedora belleza constituye, desde hace más de un siglo, un justificado orgullo para San Miguel de Tucumán.
Pero, como es común en estos grandes ámbitos boscosos, cuando cae la noche las cosas se modifican un tanto. Si bien sus bares y restaurantes están profusamente iluminados y bullen de público hasta bastante después de la medianoche, no ocurre lo mismo con el resto de la considerable extensión del paseo, que suma alrededor de un centenar y medio de hectáreas.
Existen muchos sectores, distantes del "ruido", y sumidos en la oscuridad, en lo que resulta peligroso internarse. La crónica policial, con bastante frecuencia, da cuenta de delitos de distinto tipo que se cometen en esas zonas del parque 9 de Julio. LA GACETA del 8 de febrero informó respecto de uno de ellos. Ocurrió que una menor fue llevada con engaños hasta las inmediaciones del lago San Miguel y allí estuvo a punto de ser violada. Sabemos que no es la primera vez que se producen sucesos policiales dentro de los límites del parque, y que algunos de ellos revistieron suma gravedad.
Surge de todo esto la necesidad de que la Municipalidad y la Policía orquesten un plan adecuado para que circular por el parque, a pie, no constituya una empresa cargada de riesgos. En primer lugar, nos parece que debe mejorarse sustancialmente la iluminación. Hablamos no sólo de reparar o de dar mayor potencia a la existente, sino sobre todo de extenderla a todos los sectores, trascendiendo el circuito habitual de los visitantes. Se trata, ciertamente, de inversiones significativas, pero sin duda su costo será plenamente retribuido con evidentes ventajas públicas. Ya se sabe que los gastos de beneficio común deben realizarse siempre, aunque impliquen sacrificios presupuestarios. Tales medidas ya disminuirían os riesgos: como es conocido, las facilidades de delinquir amenguan en proporción directa a la abundancia de luz.
Pero, de forma simultánea, tiene que acentuarse con especial fuerza la presencia policial en todo el territorio del paseo. La experiencia muestra que no es suficiente que lo recorran patrullas, y que se necesita complementarlas con algo más detallado. Cabe recordar que, hace unos años, se anunció que el patrullaje por el parque no se realizaría con policías en vehículos, sino a caballo. Ese criterio parece especialmente acertado, ya que la cabalgadura de un agente tiene posibilidades mucho más versátiles de movilidad y de incursión que un automotor, e inclusive que una motocicleta.
Sea utilizando esas variantes u otras, el hecho es que resultan urgentes los recaudos para que, por la noche, el parque sea un sitio realmente seguro para las personas de todas las edades, y deje de ser escenario apropiado para la actuación impune de delincuentes. Deben erradicarse en profundidad los riesgos nocturnos de ese espacio, cuya acogedora belleza constituye, desde hace más de un siglo, un justificado orgullo para San Miguel de Tucumán.







