Asegura el filósofo Fernando Savater que cada persona tiene su ideal de momento perfecto. Ese breve lapso en el que uno se imagina haciendo algo que realmente le gusta. No una actividad gloriosa, rentable o benéfica para la especie humana y la sociedad en general, sino más bien un pasatiempo íntimamente satisfactorio. De aquellos que duran poco pero que son intensos. Para muchos la lluvia de ayer otorgó ese momento perfecto. No importó si el corto diluvio sorprendió a la gente sin paraguas, justo a la salida de sus trabajos o si inundó por algunos minutos las calles dolientes del microcentro: el agua fue recibida como una bendición. Desde el balcón de la Redacción se pudo ver a los empleados que volvían a sus casas lentamente con los trajes empapados y alguna sonrisa dibujada en los rostros. No hubo enojo sino más bien agradecimiento. Porque la lluvia, que suele ser sinónimo de melancolía, no sólo renueva; también nos recuerda que el alivio siempre llega. Es una ley natural: para conseguir la resurrección es necesario pasar antes por el calvario. De lo contrario la vida pierde su sabor. Lo dice Federico García Lorca: "La lluvia tiene un vago secreto de ternura, / algo de soñolencia resignada y amable, / una música humilde se despierta con ella / que hace vibrar el alma dormida del paisaje". Y lo ratifica la siempre conmovedora Juana de Ibarbourou: "Llueve... espera, no duermas. / Estate atento a lo que dice el viento, / y a lo que dice el agua que golpea con sus dedos menudos en los vidrios".







