En cualquier barrio hay dos clases de niños. Están aquellos intrépidos, que proponen explorar lo desconocido arriesgándose, sin miedos ni ataduras. Y también están los otros, los que en horas de la siesta prefieren jugar a los autitos en el living de casa para no despertar a sus padres. En términos políticos, el gobernador, José Alperovich, se inscribe en el segundo lote. En el de los infantes conservadores.
Aún con el empujón que le dieron los casi 600.000 votos en agosto, Alperovich parece pensar y actuar como un político temeroso. A lo largo de los ocho años que lleva al frente del Poder Ejecutivo acumuló la suma del poder político e institucional de la Provincia. Nada, absolutamente nada, hizo mella en su omnipresencia. Cuando quiso pugnar por su tercer mandato consecutivo con una polémica cláusula constitucional transitoria, la Corte Suprema de Justicia le allanó el camino. Y cuando quiso revalidarse en las urnas, sumó montañas de votos. Sin embargo, aun así actúa como un político timorato.
En Tucumán hace y deshace a su antojo. Ni la oposición ni los organismos de control le incomodan. Hasta puede darse el lujo de presentar en sociedad un edificio legislativo al estilo "ricos y famosos" sin antes poner en funcionamiento el estratégico hospital del Este. O comprar un segundo avión oficial, similar al que usan los hombres de negocios para viajar por el mundo, sin que nada de esto le acarree más que un dolor de cabeza. O convertir al Gobierno en una bolsa de trabajo para medio centenar de políticos ya rechazados por la ciudadanía, sin que nadie se sonroje. No obstante, la exuberancia del poder que ostenta contrasta con su temple desconfiado y tímido.
Desde que asumió la conducción de la Provincia, Alperovich no salió del cerco en el que se siente seguro. Una muestra elocuente es su rutina: la repite diariamente, mañana y tarde. Así es como el mandatario se siente contenido. Más de una vez le recomendaron desde su entorno privilegiar algunas salidas, para que las recorridas por los frentes de obra vuelvan a generar sorpresa. Pero no, así se siente cómodo y, en consecuencia, no hay necesidad de improvisar.
Él se jacta de que, de esa manera, logró resultados políticos envidiables y que la gente lo acompaña en las urnas. No deja de ser cierto, pero tampoco por ello conveniente.
Muchos de sus colaboradores -especialmente los bettistas- interpretan que Alperovich ya llegó a su techo en la Provincia y que la reforma constitucional para habilitar otro mandato es, al menos hoy, más un anhelo de los cientos de concejales, legisladores e intendentes. La pregunta es, entonces, ¿qué viene después? ¿Tiene ambiciones nacionales?
Cualquier político envidiaría estar en sus zapatos: el ministro de Salud de la Nación -es decir, la persona del gabinete con más llegada a gobernadores e intendentes- es un hombre que él talló a gusto y paladar. Y su esposa, la senadora Beatriz Rojkés, es, repentinamente, la tercera autoridad del país. Es decir, se instaló sola en la carrera local para sucederlo. ¿Cuáles son las ambiciones de Alperovich? Está claro que el gobernador anhela algo más de lo que tiene. Así lo hace saber a las personas con las que más horas al día pasa. Seguramente, no contará con otro período personal más favorable para proyectarse por fuera de esta provincia. "No quiere levantar mucho la cabeza", lo justifican los josesistas.
Aunque Alperovich quiera dilatar una decisión sobre su futuro y el de quienes lo siguen, los tiempos políticos no suelen dar aviso antes de sufrir un cambio. Hasta aquí dio muestras de que prefiere tener los autitos en fila antes que treparse a un árbol.
Aún con el empujón que le dieron los casi 600.000 votos en agosto, Alperovich parece pensar y actuar como un político temeroso. A lo largo de los ocho años que lleva al frente del Poder Ejecutivo acumuló la suma del poder político e institucional de la Provincia. Nada, absolutamente nada, hizo mella en su omnipresencia. Cuando quiso pugnar por su tercer mandato consecutivo con una polémica cláusula constitucional transitoria, la Corte Suprema de Justicia le allanó el camino. Y cuando quiso revalidarse en las urnas, sumó montañas de votos. Sin embargo, aun así actúa como un político timorato.
En Tucumán hace y deshace a su antojo. Ni la oposición ni los organismos de control le incomodan. Hasta puede darse el lujo de presentar en sociedad un edificio legislativo al estilo "ricos y famosos" sin antes poner en funcionamiento el estratégico hospital del Este. O comprar un segundo avión oficial, similar al que usan los hombres de negocios para viajar por el mundo, sin que nada de esto le acarree más que un dolor de cabeza. O convertir al Gobierno en una bolsa de trabajo para medio centenar de políticos ya rechazados por la ciudadanía, sin que nadie se sonroje. No obstante, la exuberancia del poder que ostenta contrasta con su temple desconfiado y tímido.
Desde que asumió la conducción de la Provincia, Alperovich no salió del cerco en el que se siente seguro. Una muestra elocuente es su rutina: la repite diariamente, mañana y tarde. Así es como el mandatario se siente contenido. Más de una vez le recomendaron desde su entorno privilegiar algunas salidas, para que las recorridas por los frentes de obra vuelvan a generar sorpresa. Pero no, así se siente cómodo y, en consecuencia, no hay necesidad de improvisar.
Él se jacta de que, de esa manera, logró resultados políticos envidiables y que la gente lo acompaña en las urnas. No deja de ser cierto, pero tampoco por ello conveniente.
Muchos de sus colaboradores -especialmente los bettistas- interpretan que Alperovich ya llegó a su techo en la Provincia y que la reforma constitucional para habilitar otro mandato es, al menos hoy, más un anhelo de los cientos de concejales, legisladores e intendentes. La pregunta es, entonces, ¿qué viene después? ¿Tiene ambiciones nacionales?
Cualquier político envidiaría estar en sus zapatos: el ministro de Salud de la Nación -es decir, la persona del gabinete con más llegada a gobernadores e intendentes- es un hombre que él talló a gusto y paladar. Y su esposa, la senadora Beatriz Rojkés, es, repentinamente, la tercera autoridad del país. Es decir, se instaló sola en la carrera local para sucederlo. ¿Cuáles son las ambiciones de Alperovich? Está claro que el gobernador anhela algo más de lo que tiene. Así lo hace saber a las personas con las que más horas al día pasa. Seguramente, no contará con otro período personal más favorable para proyectarse por fuera de esta provincia. "No quiere levantar mucho la cabeza", lo justifican los josesistas.
Aunque Alperovich quiera dilatar una decisión sobre su futuro y el de quienes lo siguen, los tiempos políticos no suelen dar aviso antes de sufrir un cambio. Hasta aquí dio muestras de que prefiere tener los autitos en fila antes que treparse a un árbol.







