05 Febrero 2012 Seguir en 
Un libro para el verano abre el desafío de compartir lo más íntimo. Invita a contarles a los lectores no un gusto sino una relación profunda y única entre uno mismo y el autor. Ambos recrean un mundo fantástico que habita en nuestro interior. Transmitir la emoción de acercarnos a la exquisita perfección de Borges se hace imposible y compartir el sacudón emocional o de reflexiones con el que nos envolvió alguna novela puede no ser entendido. Por eso me paro en el mismo estante de la biblioteca -como tantas veces en tantos años- y saco el gastado Último padre, de Rodolfo Braceli. En su mezcla de cuento y poesía recrea la más común pero también la más maravillosa e intransferible creación que conforman un padre y un hijo.
El verano no viene solo. Llega con ánimo de descanso, con ilusión de balance y con fuerza de reflexión. Braceli, en sus páginas, pone semillas de cada una de estas sensaciones y crea la pócima mágica para disfrutar, pensar y soñar. El "librito" (por lo corto y amigo) revisa con sencillez y espontaneidad esa fantástica relación humana poblada de amor.
El último padre estremece, entusiasma, juega, acaricia, husmea, presume, sonríe, entristece, sueña y acompaña. Es difícil meterse en el texto y no terminar con una lágrima dulce o con la piel de gallina. Braceli abre su libro con una advertencia en la que recrea la fuerza del amor y termina con el poema 45 en el que el padre hace su testamento hacia el hijo que ha procreado y le deja lo más fantástico que puede dar un padre a un hijo: "hacer fabuloso lo pueril".
© LA GACETA
* Periodista, secretario de redacción de LA GACETA.
FRAGMENTOS
Advertencia: El siguiente es el testamento del último padre que, tal vez, hubo en la Tierra. Fue encontrado en el interior de una botella que flotaba dócilmente en el espacio. Se procedió a destaparla, con las debidas precauciones. Del manuscrito, algo desteñido pero aún legible, se deduce que la Tierra alguna vez estuvo habitada por hombres y mujeres. A estos, cuando se besaban, les sucedían hijos. Vaya a saber por qué, eso fue prohibido. Pero por lo menos un hombre y su compañera transgredieron la severa ordenanza. El anotó en una especie de diario las peripecias de tan temeraria desobediencia. Alguien introdujo el texto en una botella y la lanzó, no al mar, sino al cosmos.
45
Este aire / que me entra y que me sal e/ hace ya falta / para el pecho creciente de Maderita.
Devoro una bocanada más, la final. / Aprieto los labios. / Dejo de respirar. / Digo mis últimas palabras / despidiendo pausadamente mi poco aliento aún disponible /
-Oíme, / pedacito de carne. / Soy tu padre. /Oíme, / debes ser ferozmente egoísta con el aire. / Búscalo, atrápalo, no lo dejes escapar./
Te dejo mi poco de aire. / Te dejo mi oficio: / hacer fabuloso lo pueril. / Te dejo mi espacio / mi pincel / y un pantalón que, remendándolo un poco, te podrá servir./
Sé fuerte. / Yo soy de los que se mueren. / Y me ha llegado el momento. / Adiós, poquito de sangre. / Adiós poquito de hombre./
Te beso definitivamente: / en los puños/ en la frente / en los dientes./
Te miro la mirada./
No llores, Maderita: ¡respira!/
¿Puedo aconsejarte algo?/ Ya sé, aconsejar no es aconsejable./
Pero, de todas maneras, /
te ordeno vivir/
para que no se pierda la costumbre.
El verano no viene solo. Llega con ánimo de descanso, con ilusión de balance y con fuerza de reflexión. Braceli, en sus páginas, pone semillas de cada una de estas sensaciones y crea la pócima mágica para disfrutar, pensar y soñar. El "librito" (por lo corto y amigo) revisa con sencillez y espontaneidad esa fantástica relación humana poblada de amor.
El último padre estremece, entusiasma, juega, acaricia, husmea, presume, sonríe, entristece, sueña y acompaña. Es difícil meterse en el texto y no terminar con una lágrima dulce o con la piel de gallina. Braceli abre su libro con una advertencia en la que recrea la fuerza del amor y termina con el poema 45 en el que el padre hace su testamento hacia el hijo que ha procreado y le deja lo más fantástico que puede dar un padre a un hijo: "hacer fabuloso lo pueril".
© LA GACETA
* Periodista, secretario de redacción de LA GACETA.
FRAGMENTOS
Advertencia: El siguiente es el testamento del último padre que, tal vez, hubo en la Tierra. Fue encontrado en el interior de una botella que flotaba dócilmente en el espacio. Se procedió a destaparla, con las debidas precauciones. Del manuscrito, algo desteñido pero aún legible, se deduce que la Tierra alguna vez estuvo habitada por hombres y mujeres. A estos, cuando se besaban, les sucedían hijos. Vaya a saber por qué, eso fue prohibido. Pero por lo menos un hombre y su compañera transgredieron la severa ordenanza. El anotó en una especie de diario las peripecias de tan temeraria desobediencia. Alguien introdujo el texto en una botella y la lanzó, no al mar, sino al cosmos.
45
Este aire / que me entra y que me sal e/ hace ya falta / para el pecho creciente de Maderita.
Devoro una bocanada más, la final. / Aprieto los labios. / Dejo de respirar. / Digo mis últimas palabras / despidiendo pausadamente mi poco aliento aún disponible /
-Oíme, / pedacito de carne. / Soy tu padre. /Oíme, / debes ser ferozmente egoísta con el aire. / Búscalo, atrápalo, no lo dejes escapar./
Te dejo mi poco de aire. / Te dejo mi oficio: / hacer fabuloso lo pueril. / Te dejo mi espacio / mi pincel / y un pantalón que, remendándolo un poco, te podrá servir./
Sé fuerte. / Yo soy de los que se mueren. / Y me ha llegado el momento. / Adiós, poquito de sangre. / Adiós poquito de hombre./
Te beso definitivamente: / en los puños/ en la frente / en los dientes./
Te miro la mirada./
No llores, Maderita: ¡respira!/
¿Puedo aconsejarte algo?/ Ya sé, aconsejar no es aconsejable./
Pero, de todas maneras, /
te ordeno vivir/
para que no se pierda la costumbre.







