01 Agosto 2003 Seguir en 
Hace pocos días la prensa de todo el país se ocupó de los graves desmanes protagonizados en Bariloche por un grupo de estudiantes platenses que se había trasladado hasta esa ciudad en viaje de egresados. Destrozaron habitaciones del hotel en que se alojaban; armaron peleas en un local de baile y agredieron a miembros de otros contingentes, entre varias expresiones de inadaptación y de desborde. Todo esto motivó una denuncia policial, y la empresa que los había conducido optó por mandar de vuelta a La Plata a los revoltosos. De acuerdo con la información, en lo que va corriendo de la temporada por lo menos cuatro contingentes estudiantiles debieron regresar anticipadamente a causa de su mal comportamiento.
La anécdota, en sí, no es una novedad. Desde hace ya varios años el turismo estudiantil se ha convertido en una verdadera pesadilla para Bariloche, y sus autoridades y habitantes lo consideran, muy justificadamente, como algo indeseable. La ocasión es propicia para asentar algunos conceptos sobre el tema, que parecen oportunos dada la proximidad de esas giras, en las que tienen participación masiva los adolescentes de ambos sexos de nuestra provincia.
Es sin duda lógico que tales viajes conlleven un muy apreciable componente de diversión. No podría ser de otra manera, si tenemos en cuenta la edad de los viajeros, el especial momento de la vida en el que se encuentran y, en fin, la tregua que la excursión representa, como paso previo a esa etapa universitaria que en la gran mayoría de los casos habrán de iniciar dentro de unos meses. Como tampoco podría ignorarse la fuerza con que operan, en el presente caso, los hábitos de esparcimiento, generalmente nocturnos, que constituyen una característica de la juventud actual.
Pero todas estas notas, diríamos obvias, de la gira de egresados, no deben hacer olvidar otras cuestiones que sería juicioso tener en cuenta. Se trata de un tema donde muy positiva sería la intervención activa tanto de los colegios (sean o no "oficiales" las giras) como de los progenitores.
En efecto, cabe preguntarse hasta qué punto se justifica que los padres, en ocasiones con mucho sacrificio, costeen periplos cuyo curioso resultado es que sus hijos continúen haciendo lo mismo que hacen todas los fines de semana en sus lugares de origen, y con el riesgoso agregado de que los practicarán ya sin control alguno de los mayores. La gira se transforma así, por regla general, en un torneo desenfrenado de diversión nocturna, sobre cuyo verdadero provecho para los protagonistas habría mucho que hablar.
Está de más decir que esa ausencia del control adulto -por tenue que sea el habitual- tiene el previsible resultado de los excesos inevitables en la actuación en grupo, sumada a la también inevitable ingesta de alcohol. Así es como cada vez que parte uno de estos contingentes, muchos progenitores quedan inquietos en su fuero interno, meditando sobre los riesgos reales del viaje.
Cabe preguntarse, entonces, si no sería hora de que establecimientos educativos y padres, demostrando la sensatez correspondiente, intervinieran en la organización de las giras para algo más que discutir su costo o las condiciones del alojamiento. Hablamos de elegir un programa que realmente brinde algún provecho espiritual a estos menores: la posibilidad de conocer distintas regiones del país y de familiarizarse con otras culturas. En suma, de enriquecer el espíritu con algo más fructífero que el esparcimiento nocturno. Tenemos un país pleno de maravillosas posibilidades en ese sentido, y es una pena que no se las aproveche en un momento tan especial como es el de la gira de egresados.
La anécdota, en sí, no es una novedad. Desde hace ya varios años el turismo estudiantil se ha convertido en una verdadera pesadilla para Bariloche, y sus autoridades y habitantes lo consideran, muy justificadamente, como algo indeseable. La ocasión es propicia para asentar algunos conceptos sobre el tema, que parecen oportunos dada la proximidad de esas giras, en las que tienen participación masiva los adolescentes de ambos sexos de nuestra provincia.
Es sin duda lógico que tales viajes conlleven un muy apreciable componente de diversión. No podría ser de otra manera, si tenemos en cuenta la edad de los viajeros, el especial momento de la vida en el que se encuentran y, en fin, la tregua que la excursión representa, como paso previo a esa etapa universitaria que en la gran mayoría de los casos habrán de iniciar dentro de unos meses. Como tampoco podría ignorarse la fuerza con que operan, en el presente caso, los hábitos de esparcimiento, generalmente nocturnos, que constituyen una característica de la juventud actual.
Pero todas estas notas, diríamos obvias, de la gira de egresados, no deben hacer olvidar otras cuestiones que sería juicioso tener en cuenta. Se trata de un tema donde muy positiva sería la intervención activa tanto de los colegios (sean o no "oficiales" las giras) como de los progenitores.
En efecto, cabe preguntarse hasta qué punto se justifica que los padres, en ocasiones con mucho sacrificio, costeen periplos cuyo curioso resultado es que sus hijos continúen haciendo lo mismo que hacen todas los fines de semana en sus lugares de origen, y con el riesgoso agregado de que los practicarán ya sin control alguno de los mayores. La gira se transforma así, por regla general, en un torneo desenfrenado de diversión nocturna, sobre cuyo verdadero provecho para los protagonistas habría mucho que hablar.
Está de más decir que esa ausencia del control adulto -por tenue que sea el habitual- tiene el previsible resultado de los excesos inevitables en la actuación en grupo, sumada a la también inevitable ingesta de alcohol. Así es como cada vez que parte uno de estos contingentes, muchos progenitores quedan inquietos en su fuero interno, meditando sobre los riesgos reales del viaje.
Cabe preguntarse, entonces, si no sería hora de que establecimientos educativos y padres, demostrando la sensatez correspondiente, intervinieran en la organización de las giras para algo más que discutir su costo o las condiciones del alojamiento. Hablamos de elegir un programa que realmente brinde algún provecho espiritual a estos menores: la posibilidad de conocer distintas regiones del país y de familiarizarse con otras culturas. En suma, de enriquecer el espíritu con algo más fructífero que el esparcimiento nocturno. Tenemos un país pleno de maravillosas posibilidades en ese sentido, y es una pena que no se las aproveche en un momento tan especial como es el de la gira de egresados.






