24 Diciembre 2011 Seguir en 
Posiblemente, sea una de los dos festividades que exceden un credo y es celebrada masivamente por personas de otras creencias o de ninguna. Curiosamente, ambas tienen que ver con el Niño: La Navidad y el Día de Reyes. La primera, cuyo nombre proviene del latín (nati: nacimiento; vita: vida) evoca el nacimiento de Jesucristo en Belén. El acontecimiento comenzó a festejarse en el año 440 de nuestra era. Se escogió el 25 de diciembre como fecha de la celebración del nacimiento de Jesús, ya que la Biblia no dice el día exacto de su llegada al mundo. Según parece, en esa fecha los romanos celebraban la fiesta del Natalis Solis Invicti (la festividad del Sol Naciente Invencible) y los cristianos la hicieron coincidir con la celebración del nacimiento del Señor.
Con el paso de los siglos, la festividad del Cristianismo se fue popularizando y se impuso la cena de Nochebuena, el 24 de diciembre, ocasión en que las familias se reunían para esperar la llegada del Mesías. Se incorporó también la costumbre de intercambiar regalos, luego del brindis a la medianoche por el nacimiento del Niño Dios, acontecimiento que simboliza también el nacimiento de una vida nueva. Con el transcurrir del tiempo, la festividad se fue comercializando hasta el punto de que la fiebre consumista fue desplazando la honda significación espiritual; en muchos casos, la fecha pareciera ser un pretexto para comer y beber en exceso.
Sería positivo si aprovecháramos la reunión familiar para conversar acerca de los problemas cotidianos que nos agobian, así como de las posibles soluciones. Sería provechoso si pudiésemos charlar sobre la intolerancia, la falta de respeto a la ley y al prójimo, sobre la necesidad de recrear en forma constante la solidaridad, el diálogo, en el seno de la misma familia para que puedan proyectarse luego a la sociedad. Vivimos tiempos cada vez más difíciles, con flagelos como la inseguridad que ataca a todos, y la droga que tiene como blanco principal a los chicos. La incomunicación, la soledad que sienten muchos jóvenes, cuyos padres están siempre trabajando (paradójicamente para generar un mejor bienestar familiar), pueden empujarlos a ser víctimas de los vendedores de estupefacientes.
Sería bueno si por un momento, adultos, jóvenes y niños pudiesen platicar sobre de la importancia de esforzarse para lograr un objetivo en una sociedad de consumo que alienta lo contrario, es decir la obtención de un éxito fácil y también efímero. Sería fructífero si nuestros dirigentes meditaran sobre la responsabilidad que la sociedad les ha dado para que trabajen en pro del bien común y que antepongan los intereses de la comunidad antes que de los personales. Sería productivo si pudiésemos discurrir sobre la posibilidad de salir por un momento del individualismo, del corralito propio, e intentar realizar alguna acción por la comunidad. De esa manera, en lugar de criticar constantemente a los que hacen, podríamos abandonar las palabras y participar. Pensemos en ser mejores ciudadanos, más comprometidos con los asuntos colectivos que son los que nos competen a todos.
Sería hermoso, si por un instante pudiésemos dejar de encontrar culpables en los otros y nos miráramos un instante por dentro. Sería provechoso si pudiéramos pedirnos perdón unos a otros por nuestras pequeñas miserias. Vivimos en un mundo cada vez más materialista. Pensemos qué puede aportar cada uno para que tengamos una sociedad mejor.
Seguramente, esta noche, en miles de hogares no habrá banquetes ni regalos. La Navidad es un abrazo de amor, de alegría, de paz. Tratemos de despojarnos entonces de rencores y la vivamos con autenticidad y humildad.
Con el paso de los siglos, la festividad del Cristianismo se fue popularizando y se impuso la cena de Nochebuena, el 24 de diciembre, ocasión en que las familias se reunían para esperar la llegada del Mesías. Se incorporó también la costumbre de intercambiar regalos, luego del brindis a la medianoche por el nacimiento del Niño Dios, acontecimiento que simboliza también el nacimiento de una vida nueva. Con el transcurrir del tiempo, la festividad se fue comercializando hasta el punto de que la fiebre consumista fue desplazando la honda significación espiritual; en muchos casos, la fecha pareciera ser un pretexto para comer y beber en exceso.
Sería positivo si aprovecháramos la reunión familiar para conversar acerca de los problemas cotidianos que nos agobian, así como de las posibles soluciones. Sería provechoso si pudiésemos charlar sobre la intolerancia, la falta de respeto a la ley y al prójimo, sobre la necesidad de recrear en forma constante la solidaridad, el diálogo, en el seno de la misma familia para que puedan proyectarse luego a la sociedad. Vivimos tiempos cada vez más difíciles, con flagelos como la inseguridad que ataca a todos, y la droga que tiene como blanco principal a los chicos. La incomunicación, la soledad que sienten muchos jóvenes, cuyos padres están siempre trabajando (paradójicamente para generar un mejor bienestar familiar), pueden empujarlos a ser víctimas de los vendedores de estupefacientes.
Sería bueno si por un momento, adultos, jóvenes y niños pudiesen platicar sobre de la importancia de esforzarse para lograr un objetivo en una sociedad de consumo que alienta lo contrario, es decir la obtención de un éxito fácil y también efímero. Sería fructífero si nuestros dirigentes meditaran sobre la responsabilidad que la sociedad les ha dado para que trabajen en pro del bien común y que antepongan los intereses de la comunidad antes que de los personales. Sería productivo si pudiésemos discurrir sobre la posibilidad de salir por un momento del individualismo, del corralito propio, e intentar realizar alguna acción por la comunidad. De esa manera, en lugar de criticar constantemente a los que hacen, podríamos abandonar las palabras y participar. Pensemos en ser mejores ciudadanos, más comprometidos con los asuntos colectivos que son los que nos competen a todos.
Sería hermoso, si por un instante pudiésemos dejar de encontrar culpables en los otros y nos miráramos un instante por dentro. Sería provechoso si pudiéramos pedirnos perdón unos a otros por nuestras pequeñas miserias. Vivimos en un mundo cada vez más materialista. Pensemos qué puede aportar cada uno para que tengamos una sociedad mejor.
Seguramente, esta noche, en miles de hogares no habrá banquetes ni regalos. La Navidad es un abrazo de amor, de alegría, de paz. Tratemos de despojarnos entonces de rencores y la vivamos con autenticidad y humildad.
Con el paso de los siglos, la festividad del Cristianismo se fue popularizando y se impuso la cena de Nochebuena, el 24 de diciembre, ocasión en que las familias se reunían para esperar la llegada del Mesías. Se incorporó también la costumbre de intercambiar regalos, luego del brindis a la medianoche por el nacimiento del Niño Dios, acontecimiento que simboliza también el nacimiento de una vida nueva. Con el transcurrir del tiempo, la festividad se fue comercializando hasta el punto de que la fiebre consumista fue desplazando la honda significación espiritual; en muchos casos, la fecha pareciera ser un pretexto para comer y beber en exceso.
Sería positivo si aprovecháramos la reunión familiar para conversar acerca de los problemas cotidianos que nos agobian, así como de las posibles soluciones. Sería provechoso si pudiésemos charlar sobre la intolerancia, la falta de respeto a la ley y al prójimo, sobre la necesidad de recrear en forma constante la solidaridad, el diálogo, en el seno de la misma familia para que puedan proyectarse luego a la sociedad. Vivimos tiempos cada vez más difíciles, con flagelos como la inseguridad que ataca a todos, y la droga que tiene como blanco principal a los chicos. La incomunicación, la soledad que sienten muchos jóvenes, cuyos padres están siempre trabajando (paradójicamente para generar un mejor bienestar familiar), pueden empujarlos a ser víctimas de los vendedores de estupefacientes.
Sería bueno si por un momento, adultos, jóvenes y niños pudiesen platicar sobre de la importancia de esforzarse para lograr un objetivo en una sociedad de consumo que alienta lo contrario, es decir la obtención de un éxito fácil y también efímero. Sería fructífero si nuestros dirigentes meditaran sobre la responsabilidad que la sociedad les ha dado para que trabajen en pro del bien común y que antepongan los intereses de la comunidad antes que de los personales. Sería productivo si pudiésemos discurrir sobre la posibilidad de salir por un momento del individualismo, del corralito propio, e intentar realizar alguna acción por la comunidad. De esa manera, en lugar de criticar constantemente a los que hacen, podríamos abandonar las palabras y participar. Pensemos en ser mejores ciudadanos, más comprometidos con los asuntos colectivos que son los que nos competen a todos.
Sería hermoso, si por un instante pudiésemos dejar de encontrar culpables en los otros y nos miráramos un instante por dentro. Sería provechoso si pudiéramos pedirnos perdón unos a otros por nuestras pequeñas miserias. Vivimos en un mundo cada vez más materialista. Pensemos qué puede aportar cada uno para que tengamos una sociedad mejor.
Seguramente, esta noche, en miles de hogares no habrá banquetes ni regalos. La Navidad es un abrazo de amor, de alegría, de paz. Tratemos de despojarnos entonces de rencores y la vivamos con autenticidad y humildad.
Con el paso de los siglos, la festividad del Cristianismo se fue popularizando y se impuso la cena de Nochebuena, el 24 de diciembre, ocasión en que las familias se reunían para esperar la llegada del Mesías. Se incorporó también la costumbre de intercambiar regalos, luego del brindis a la medianoche por el nacimiento del Niño Dios, acontecimiento que simboliza también el nacimiento de una vida nueva. Con el transcurrir del tiempo, la festividad se fue comercializando hasta el punto de que la fiebre consumista fue desplazando la honda significación espiritual; en muchos casos, la fecha pareciera ser un pretexto para comer y beber en exceso.
Sería positivo si aprovecháramos la reunión familiar para conversar acerca de los problemas cotidianos que nos agobian, así como de las posibles soluciones. Sería provechoso si pudiésemos charlar sobre la intolerancia, la falta de respeto a la ley y al prójimo, sobre la necesidad de recrear en forma constante la solidaridad, el diálogo, en el seno de la misma familia para que puedan proyectarse luego a la sociedad. Vivimos tiempos cada vez más difíciles, con flagelos como la inseguridad que ataca a todos, y la droga que tiene como blanco principal a los chicos. La incomunicación, la soledad que sienten muchos jóvenes, cuyos padres están siempre trabajando (paradójicamente para generar un mejor bienestar familiar), pueden empujarlos a ser víctimas de los vendedores de estupefacientes.
Sería bueno si por un momento, adultos, jóvenes y niños pudiesen platicar sobre de la importancia de esforzarse para lograr un objetivo en una sociedad de consumo que alienta lo contrario, es decir la obtención de un éxito fácil y también efímero. Sería fructífero si nuestros dirigentes meditaran sobre la responsabilidad que la sociedad les ha dado para que trabajen en pro del bien común y que antepongan los intereses de la comunidad antes que de los personales. Sería productivo si pudiésemos discurrir sobre la posibilidad de salir por un momento del individualismo, del corralito propio, e intentar realizar alguna acción por la comunidad. De esa manera, en lugar de criticar constantemente a los que hacen, podríamos abandonar las palabras y participar. Pensemos en ser mejores ciudadanos, más comprometidos con los asuntos colectivos que son los que nos competen a todos.
Sería hermoso, si por un instante pudiésemos dejar de encontrar culpables en los otros y nos miráramos un instante por dentro. Sería provechoso si pudiéramos pedirnos perdón unos a otros por nuestras pequeñas miserias. Vivimos en un mundo cada vez más materialista. Pensemos qué puede aportar cada uno para que tengamos una sociedad mejor.
Seguramente, esta noche, en miles de hogares no habrá banquetes ni regalos. La Navidad es un abrazo de amor, de alegría, de paz. Tratemos de despojarnos entonces de rencores y la vivamos con autenticidad y humildad.







