En el alperovichismo aún no toman dimensión del impacto que puede tener el resultado del pleito judicial por la última banca del Concejo Deliberante de la capital. A decir verdad, el gobernador dedicó los feriados a analizar la marcha de sus negocios en una finca de Santiago del Estero. No hubo ni una mención a la banca perdida por el oficialismo y recuperada por la oposición, previa intervención de la Justicia. ¿En el poder buscan minimizar la derrota? ¿O, realmente, ni siquiera tomaron conciencia de las consecuencias?
Sea cual sea la respuesta, que la perseverante Sandra Manzone se haya quedado -hasta ahora- con el escaño implica mucho más que una derrota para el peronista Claudio Morata. Es decir, una banca más o una menos no afecta en nada al omnímodo alperovichismo. Pero sí le asesta una derrota por paliza al vetusto, enmarañado y carnavalesco sistema político y electoral tucumano. La kermés de los acoples, el manoseo de los fiscales, la apatía de las autoridades de mesa y el menosprecio institucional del poder político hacia el rol de la Junta Electoral Provincial conformaron un póquer fulminante.
A fuerza de ser sinceros, en el Gobierno nunca nadie hizo fuerzas por jerarquizar el papel del organismo de control de los comicios. Al contrario, desde aquella insólita conformación -con mayoría del poder político- volteada por la Justicia todo lo que hizo el alperovichismo tendió a denigrar la Junta: la muestra más cabal es que no había legisladores en condiciones de integrarla, o porque todos eran candidatos o porque realmente les daba lo mismo que fuese cualquiera. Claro que también es cierto que la Junta Electoral poco hizo por ganarse el respeto que merecía. La prueba es aquella resolución un par de días antes de la elección en la que implementó, de prepo, el acople legislativo con broches y pegamento: una medida que beneficiaría directamente a sectores del oficialismo.
Por eso, la trascendencia de que en los tribunales se haya revertido la titularidad de una banca no radica en los nombres. Quizá la lejanía con la próxima elección local (cuatro años) haga que la dirigencia cortoplacista no repare un segundo en analizar el caso. Pero el antecedente es peligroso. Porque implica que en 2015 los reclamos judiciales de los disconformes por el escrutinio de la Junta Electoral se multiplicarán. Basta con hacer un poco de memoria: no se habían terminado de contar los votos y en varias comunas y municipios ya había movilizaciones, batallas campales entre facciones internas del oficialismo y oficinas tomadas por presuntas irregularidades. ¿Alguien tiene alguna duda de que todas esas expresiones de indignación encontrarán su cauce en la Justicia? Nadie les garantiza el éxito del planteo, pero que decenas de candidatos perdidosos por un puñado de votos irán a los tribunales, es un hecho.
La imagen de autoridad de la Junta Electoral quedó absolutamente pisoteada. Porque ya pocos respetarán su decisión. Y, quizás, muchos ni siquiera la acaten.
Pero, de eso, en el alperovichismo no se habla. Porque sólo se piensa en construir poder. A costa, literalmente, de lo que sea. Por ejemplo, hoy la cabeza del Gobierno está puesta en encontrar la oportunidad para aprobar el tarifazo en el cospel. Ya se decidió que no será antes de fin de año, sino en marzo o abril. Pero no por una cuestión de sensibilidad social, sino de picardía. Dicen que desde la Casa Rosada llegó el aviso de que los subsidios a las empresas se retacearán en 2012. Es decir, para qué subir el boleto ahora si habrá un argumento en un par de meses.
En definitiva, sólo es cuestión de saber cuándo y cómo patalear. En Tucumán, esa parece ser la clave para permanecer en el poder.
Sea cual sea la respuesta, que la perseverante Sandra Manzone se haya quedado -hasta ahora- con el escaño implica mucho más que una derrota para el peronista Claudio Morata. Es decir, una banca más o una menos no afecta en nada al omnímodo alperovichismo. Pero sí le asesta una derrota por paliza al vetusto, enmarañado y carnavalesco sistema político y electoral tucumano. La kermés de los acoples, el manoseo de los fiscales, la apatía de las autoridades de mesa y el menosprecio institucional del poder político hacia el rol de la Junta Electoral Provincial conformaron un póquer fulminante.
A fuerza de ser sinceros, en el Gobierno nunca nadie hizo fuerzas por jerarquizar el papel del organismo de control de los comicios. Al contrario, desde aquella insólita conformación -con mayoría del poder político- volteada por la Justicia todo lo que hizo el alperovichismo tendió a denigrar la Junta: la muestra más cabal es que no había legisladores en condiciones de integrarla, o porque todos eran candidatos o porque realmente les daba lo mismo que fuese cualquiera. Claro que también es cierto que la Junta Electoral poco hizo por ganarse el respeto que merecía. La prueba es aquella resolución un par de días antes de la elección en la que implementó, de prepo, el acople legislativo con broches y pegamento: una medida que beneficiaría directamente a sectores del oficialismo.
Por eso, la trascendencia de que en los tribunales se haya revertido la titularidad de una banca no radica en los nombres. Quizá la lejanía con la próxima elección local (cuatro años) haga que la dirigencia cortoplacista no repare un segundo en analizar el caso. Pero el antecedente es peligroso. Porque implica que en 2015 los reclamos judiciales de los disconformes por el escrutinio de la Junta Electoral se multiplicarán. Basta con hacer un poco de memoria: no se habían terminado de contar los votos y en varias comunas y municipios ya había movilizaciones, batallas campales entre facciones internas del oficialismo y oficinas tomadas por presuntas irregularidades. ¿Alguien tiene alguna duda de que todas esas expresiones de indignación encontrarán su cauce en la Justicia? Nadie les garantiza el éxito del planteo, pero que decenas de candidatos perdidosos por un puñado de votos irán a los tribunales, es un hecho.
La imagen de autoridad de la Junta Electoral quedó absolutamente pisoteada. Porque ya pocos respetarán su decisión. Y, quizás, muchos ni siquiera la acaten.
Pero, de eso, en el alperovichismo no se habla. Porque sólo se piensa en construir poder. A costa, literalmente, de lo que sea. Por ejemplo, hoy la cabeza del Gobierno está puesta en encontrar la oportunidad para aprobar el tarifazo en el cospel. Ya se decidió que no será antes de fin de año, sino en marzo o abril. Pero no por una cuestión de sensibilidad social, sino de picardía. Dicen que desde la Casa Rosada llegó el aviso de que los subsidios a las empresas se retacearán en 2012. Es decir, para qué subir el boleto ahora si habrá un argumento en un par de meses.
En definitiva, sólo es cuestión de saber cuándo y cómo patalear. En Tucumán, esa parece ser la clave para permanecer en el poder.







