09 Diciembre 2011 Seguir en 
Sonido inarticulado y confuso más o menos fuerte. Alboroto. Novedad, extrañeza o revuelo que provoca algo. Perturbación o señal anómala que se produce en un sistema de transmisión y que impide que la información llegue con claridad. Todas estas definiciones de ruido parecen haberse apropiado de la realidad tucumana. Bocinazos, escapes libres, excesivo volumen de altoparlantes que sale de los negocios, los gritos de los vendedores ambulantes, la publicidad callejera con megáfonos, los estruendos en las obras en construcción, las manifestaciones que recorren casi a diario el centro a paso redoblado. Desde hace años, San Miguel de Tucumán se ha vuelto una ciudad estrepitosa, donde una buena parte de sus habitantes le falta el respeto al prójimo.
A menudo, en nuestra sección de lectores, se publican cartas de quejas por el alto volumen musical de fiestas o reuniones que mantienen insomne al vecindario. Sólo en noviembre pasado, publicamos cuatro cartas que aludían a los ruidos en la rotonda de Yerba Buena, en Barrio Norte y en la inmediaciones del Museo de la UNT. En octubre se editaron cuatro, una referida a los bailes sin control en las cercanías de la plaza de Alderetes, que desvelaban a los vecinos durante los fines de semana. De poco y nada sirve hacer una denuncia policial o a la Dirección de Producción y Saneamiento Ambiental (Dipsa) y mucho más si esta es a la madrugada.
Según la Organización Mundial de la Salud, lo máximo que soporta un ser humano son 70 decibeles. A partir de los 70 y hasta los 80 dB, se pueden producir daños físicos y emocionales. Por ejemplo, 90 dB es el sonido de las sirenas de ambulancias; 100 decibeles produce el motor de un colectivo en mal estado al frenar, y el martillo mecánico; 110 dB soporta quien baila en un boliche o los que emite una moto; 120 dB generan los parlantes traseros de un automóvil a alto volumen; 130 dB produce un trueno, a 600 metros a la redonda y 140 decibeles produce un jet antes de despegar.
En diciembre de 1966, durante la intendencia de Roberto Avellaneda, se puso en marcha la ordenanza N° 661 sobre los ruidos molestos. En el artículo 5° se prohibía el toque de bocina durante las 24 horas y esta sólo se justificaba en forma excepcional para evitar accidentes; se exceptuaba a ambulancias, bomberos y la policía que en casos de urgencias podían usar la sirena moderadamente. La norma que legislaba con severidad sobre los otros ruidos, se respetó curiosamente durante varios años hasta que poco a poco la costumbre se fue relajando y en 1978, volvió a prescribirse la prohibición de ruidos innecesarios o excesivos originados por vehículos. En la década de 1990, el fervor de los bocinazos se instaló en la ciudad. En julio de 1996, la Municipalidad recordaba que seguía vigente la ordenanza 266/78. En el microcentro, donde a diario ocurren embotellamientos, los automovilistas suelen expresar su impaciencia o malestar tocando y aturdiendo a los demás. Para los inspectores municipales sería muy fácil sancionarlos si tuviesen la intención de hacer cumplir las leyes porque los conductores no pueden moverse de su lugar.
El centro es cada vez más estruendoso en las horas pico y los ruidos molestos azotan los barrios los fines de semana, ocasionando no sólo insomnio sino también daños en la salud. Si el Estado no controla ni sanciona ni preserva la salud de los ciudadanos no está cumpliendo con la Constitución.
A menudo, en nuestra sección de lectores, se publican cartas de quejas por el alto volumen musical de fiestas o reuniones que mantienen insomne al vecindario. Sólo en noviembre pasado, publicamos cuatro cartas que aludían a los ruidos en la rotonda de Yerba Buena, en Barrio Norte y en la inmediaciones del Museo de la UNT. En octubre se editaron cuatro, una referida a los bailes sin control en las cercanías de la plaza de Alderetes, que desvelaban a los vecinos durante los fines de semana. De poco y nada sirve hacer una denuncia policial o a la Dirección de Producción y Saneamiento Ambiental (Dipsa) y mucho más si esta es a la madrugada.
Según la Organización Mundial de la Salud, lo máximo que soporta un ser humano son 70 decibeles. A partir de los 70 y hasta los 80 dB, se pueden producir daños físicos y emocionales. Por ejemplo, 90 dB es el sonido de las sirenas de ambulancias; 100 decibeles produce el motor de un colectivo en mal estado al frenar, y el martillo mecánico; 110 dB soporta quien baila en un boliche o los que emite una moto; 120 dB generan los parlantes traseros de un automóvil a alto volumen; 130 dB produce un trueno, a 600 metros a la redonda y 140 decibeles produce un jet antes de despegar.
En diciembre de 1966, durante la intendencia de Roberto Avellaneda, se puso en marcha la ordenanza N° 661 sobre los ruidos molestos. En el artículo 5° se prohibía el toque de bocina durante las 24 horas y esta sólo se justificaba en forma excepcional para evitar accidentes; se exceptuaba a ambulancias, bomberos y la policía que en casos de urgencias podían usar la sirena moderadamente. La norma que legislaba con severidad sobre los otros ruidos, se respetó curiosamente durante varios años hasta que poco a poco la costumbre se fue relajando y en 1978, volvió a prescribirse la prohibición de ruidos innecesarios o excesivos originados por vehículos. En la década de 1990, el fervor de los bocinazos se instaló en la ciudad. En julio de 1996, la Municipalidad recordaba que seguía vigente la ordenanza 266/78. En el microcentro, donde a diario ocurren embotellamientos, los automovilistas suelen expresar su impaciencia o malestar tocando y aturdiendo a los demás. Para los inspectores municipales sería muy fácil sancionarlos si tuviesen la intención de hacer cumplir las leyes porque los conductores no pueden moverse de su lugar.
El centro es cada vez más estruendoso en las horas pico y los ruidos molestos azotan los barrios los fines de semana, ocasionando no sólo insomnio sino también daños en la salud. Si el Estado no controla ni sanciona ni preserva la salud de los ciudadanos no está cumpliendo con la Constitución.







