Otra vez en el taxi. Resulta que en los primeros días de diciembre los embotellamientos en el microcentro empiezan a las 9 de la mañana. Aprieto los dientes como si fuera un acelerador que llevará más rápido el auto o como un volante que puede esquivarlo todo. Pienso en los Supersónicos, aquella serie de dibujos animados que veíamos cuando niños y nos entusiasmábamos porque los autos volaban. El chofer me mira por el espejo y está dispuesto a hablar. ¡Que no lo haga! ¡Por favor, que no lo haga! "Sabe por qué está todo así". No quiero contestarle, quiero llegar. El taxista contesta solo: "porque nadie cumple la ley. Mire estamos en la Maipú, son las 8.50 y todavía están descargando y van a seguir y nadie les dice nada. Los ambulantes desde siempre se paran en la calle, en las veredas o donde quieran y no pasa nada -esta escena se vivió la semana pasada cuando no había guerra contra los ambulantes-". El hombre sigue, pero el auto, no: "Mire ese auto estacionado en doble fila, nadie le dice nada. ¿Y sabe qué? La solución está en sacar los autos particulares del centro y también habría que llevar los ómnibus una cuadra más hacia afuera y listo, volveremos a andar tranquilos". Pienso en la solución del hombre y en cuantos intendentes pasaron con temas idénticos. Llegamos. Antes de cobrar toma la palabra de nuevo: "Sabe, ya sé que a veces uno habla de más, pero sea sincero, viene bien que uno se distraiga un poco y yo lo saqué de las preocupaciones". Le pago y le doy las gracias por la buena onda.







