Fuera de control

Roberto Delgado
Por Roberto Delgado 22 Noviembre 2011
La fuerza de seguridad está en el ojo de la tormenta. Primero fue la conmoción social que generó el asesinato de Iván Sénneke, que puso en jaque el mismo Programa Integral de Seguridad Ciudadana, con la confesión del jefe de Policía de que afuera del microcentro no se puede dar garantías. Luego fue la muerte de Sergio Ismael Lucena en Las Talitas, supuestamente a manos de oficiales, los cuales están detenidos. Ahora ocurrió la tragedia del instituto Roca y en ella el gran punto oscuro es la actuación de los celadores a cargo de la custodia. Tras la curiosa explicación de que el incendio ocurrió a causa de un juego conocido como "La arañita", no se ha podido exponer por qué no se actuó rápidamente, pese a que la oficina de celadores está junto a la sala donde se desató el fuego.

La pregunta es si estas circunstancias, en las que se mezclan la pericia (o impericia) con la mala praxis y con malas intenciones, son episodios aislados o se derivan de una forma de trabajo habitual. ¿Cómo saberlo? Si se lo analiza desde los prejuicios sobre la forma de actuar de la Policía, todo lleva a pensar mal. Ahí están otros tristes ejemplos recientes, como las cuatro muertes en la alcaldía de menores de Catamarca -lo que derivó en la renuncia de jefes policiales- y la muerte de una adolescente en la Rioja, durante una intervención policial para resolver una pelea entre jóvenes. Más acá, una carta de lectores de ayer da cuenta de una detención arbitraria a una persona que les pidió a los policías que se identificaran, que la llevaron detenida y luego la liberaron, sin identificarse. Y hace tres semanas, el caso del enfermero Hugo Cisterna que, según denunció, tras haber sido asaltado y despojado de su motocicleta, fue detenido y apaleado en la comisaría y luego abandonado inconsciente junto a las vías del tren en Villa Angelina.

¿Son casos aislados? La Policía tiene 8.000 agentes. Más de la mitad ingresaron en los últimos ocho años -durante la actual administración- y bien podría pensarse que, por su juventud, están exentos de las prácticas que se atribuye a los más viejos, los cuales -se dice- tienen pocas ganas de salir a hacer trabajo callejero (considerado el peor), y aunque son más experimentados, tienen hábitos que no quieren cambiar y mañas. Y hay quienes hacen otras cosas, inquietantes, derivadas de la discrecionalidad que tiene la difícil tarea de hacerse cargo de los conflictos en la sociedad.

Podría pensarse que, por su juventud, al menos la mitad de los 8.000 agentes de la Policía debería estar en mejores condiciones de hacer frente a esta tarea llena de presiones, estresante y riesgosa. De hecho, a diario hay aproximadamente 1.000 policías en las calles, más otros 1.500 repartidos en las diferentes áreas de la fuerza (cálculo derivado del hecho de que cada día hay un tercio del personal trabajando). El gran problema es que el llamado programa de seguridad de esta gestión ha puesto el énfasis en la incorporación de personal y en la adquisición de autos, armas y equipos (cámaras de vigilancia, por ejemplo) pero no ha generado un debate sobre la forma de brindar seguridad en democracia, ni en capacitación, ni en exámenes psicológicos -para prevenir excesos- ni en controles. A los desafíos de la época se aplican las mismas viejas técnicas -a las cuales deben adaptarse rápidamente los que ingresan- y se confía más en la experiencia -y las mañas- de los viejos agentes que en nuevas estrategias. No importa si son policías de comisaría o celadores civiles del Roca. Por ello no es raro que aparezcan casos de discrecionalidad, denuncias y circunstancias que no pueden explicarse por el sentido común. A veces, como ahora, se dan todos juntos y la fuerza hace agua por todos lados, más allá de que el gobernador diga que está preocupado por lo que pasa.

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