El Estado y sus acreedores

Honrar las deudas es el principal elemento para que se revierta la falta de crédito para el país.

23 Julio 2003
Existen préstamos a largo plazo y por sumas millonarias (facilitados por organismos multilaterales de créditos para obras públicas en Tucumán y varias otras ciudades argentinas) que finalmente no llegaron a concretarse. Estos hechos tienen, como raíz profunda y determinante, esa peculiar imagen que la República Argentina presenta ante el exterior, y a la cual nos hemos referido críticamente muchas veces.
Es un lugar común, entre los analistas económicos, decir que el dinero es el elemento más miedoso del mundo. En efecto, quien invierte lo hace sólo si percibe, nítidamente, la vigencia de las condiciones necesarias para que le devuelvan su inversión, con el correspondiente interés y de acuerdo con lo originalmente pactado. Y en el mismo momento en que el inversor nota el mínimo peligro de que tales condiciones no se honren, su dinero se retrae irreversiblemente. No es distinto en las relaciones particulares, donde sabemos que nadie facilita dinero a quien exhibe un pasado de incumplimiento en sus obligaciones; o que no revela, en el manejo presente de sus finanzas, el orden y la planificación necesarios.
La Argentina, en los años recientes, ha experimentado en carne propia el fatal cumplimiento del axioma. El país ha sido destinatario de grandes préstamos, en la medida en que los acreedores encontraban viable su recuperación; y se le ha cerrado ese camino, cuando la viabilidad apareció comprometida. Por cierto que ha contribuido también a ello la apreciación de ciertas peculiaridades nacionales que iban mucho más allá del desorden en las finanzas. Hablamos, por ejemplo, de la falta generalizada e impune de respeto a la ley; o de los constantes cambios en las normas vigentes para adecuarlas a las conveniencias del momento sin importar su eco sobre terceros; o de la corrupción de los funcionarios, por ejemplo.
En suma, hechos concretos que no han podido sino llevar a los acreedores foráneos a retraerse de tratar con un país que a sus ojos aparecía como "poco serio", y carente de la seguridad jurídica indispensable para cerrar tratos de recíprocas ventajas.
Un cuadro similar -y obviamente multiplicado- ha caracterizado las finanzas de la inmensa mayoría de las provincias y de los municipios argentinos. Su constante cuadro de un déficit agravado por la ausencia de recursos propios y por la afectación de los fondos de coparticipación, los ha convertido en indeseables para la concesión de créditos dentro del circuito normal. Y así es como han debido recurrir, en el apuro, a financiaciones extrabancarias, sometiéndose a desmesurados intereses, que en la mayoría de los casos terminaron igualmente imposibilitados de pagar.
Esta es la realidad, y sus perfiles resultan tan contundentes y concretos que la corrección inmediata constituye sin duda la máxima prioridad en toda tarea de gobierno que quiera apoyarse sobre bases serias. Un Estado -nacional, provincial, municipal- no puede permitirse el desorden ni el desfase de sus cuentas, porque eso erosiona mortalmente cualquier tipo de acción que intente emprender. Esto supone, en primer lugar, fortalecer al máximo los recursos propios, de acuerdo con una tarea recaudadora constante y rigurosa en todo momento. Y, en el mismo nivel de importancia, supone implementar una política de gastos realista, que esté acorde con los recursos.Se trata de una ecuación que es imposible de modificar y que tiene que constituir, repetimos, el cimiento indispensable de toda gestión oficial. Solamente de esa manera podrá llegarse al ideal de un Estado confiable, al que puede facilitársele el dinero que necesita para su progreso, porque no existen dudas acerca de que cumplirá con lo que pacte. Mientras no se lo entienda así, la tacha de "país poco serio" seguirá operando como peso muerto sobre nosotros.

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