21 Julio 2003 Seguir en 
BUENOS AIRES.- El presidente Néstor Kirchner está metido en un estrecho desfiladero. El estilo frontal le ha servido para elevar su nivel de popularidad desde el 22%, cuando asumió, al 80% actual.
En su reciente gira europea arremetió contra los empresarios, y eso le dio dividendos. En la puja entre acreedores y deudores, siempre se va a colocar a favor de estos últimos, porque en primer lugar es Presidente de un país que se ha convertido en el mayor deudor defolteado del mundo y no tiene por ahora plata ni ganas de empezar a pagar.
Eso en lo internacional, pero en lo interno, lo mismo, porque cuando surgió la puja alrededor del incremento del Coeficiente de Variación Salarial (CVS) inmediatamente dictaminó que había que paralizar ese mecanismo de indexación de deudas hipotecarias, posición que después debió morigerar, pero no eliminar, una vez que el ministro de Economía puso el grito en el cielo.
Fue quizás la medida más política, pero no la más indicada para quien quiere reconstruir el mercado de crédito que es, quizás, lo más destruido dentro de todo lo que se destruyó en el país.
Lleva casi dos meses gobernando de esta manera, pero dentro de otros dos meses la gente va a pedir que en lugar de tanto vedettismo del Presidente y su círculo, que las vedettes sean los anuncios de nuevas inversiones y la reapertura o apertura de fuentes de trabajo. Es decir, hacer funcionar las cosas como quien camina hacia un país normal, y esa es la mayor tarea o hazaña que la Argentina tendrá que agradecer a Kirchner.
Hay algunos que piensan que en la mente presidencial está la idea de reemplazar la inversión privada, en la que no se tiene confianza, por un protagonismo estatal. Es decir, planes de obras públicas y fábricas públicas financiadas con dinero público, incluyendo la vuelta de la propiedad estatal de las grandes empresas privatizadas en los servicios públicos, transporte aéreo y combustibles.
Pero resulta muy difícil de creer que hoy en día pueda persistir tal filosofía, que no se aplica ni en los países donde siquiera persiste el socialismo; el caso de China es el más típico.Por ahora, lo que está en juego es algo más elemental y provisorio: si podrá mantenerse la actual reactivación o si esto ya se transforma en un amesetamiento que puede resbalar hacia una nueva recesión. Ni los economistas ni los empresarios las tienen todas consigo cuando hacen estos análisis. Los únicos que expresan un férreo optimismo son los funcionarios, no tanto los provenientes del equipo de Roberto Lavagna sino más bien los que llevó Kirchner de Santa Cruz.
El tipo de cambio
Un hombre de la línea lavagnista, como es el secretario de la Pequeña y Mediana Empresa, Federico Poli, expresaba sus temores por el desbarranco del tipo de cambio en estos últimos meses y no vacilaba en pedir que para mantener un tipo de cambio más elevado, el Gobierno le tendría que mostrar los dientes al mercado. O sea un dólar de 3,60 a 3,80, como se pensaba a fines de 2002 que iba a promediar 2003, levantaría muchas rentabilidades empresarias.
Máxime cuando la presión impositiva es cada vez mayor, no tanto por aumento de los impuestos nominales sino por una acción más efectiva de fiscalización y hasta de persecución por la AFIP y los fiscos provinciales.
Pero no se puede manipular el valor dólar cuando el único comprador de divisas es el propio Banco Central, cuyo presidente, Alfonso Prat Gay -en clara disonancia con el Palacio de Hacienda-, se manifiesta contento con el actual valor del dólar de $ 2,80. Si hubiera una intensa demanda de divisas del sector privado, para financiar equipamiento con bienes de capital o compra de insumos y bienes intermedios para expandir la producción, las cosas cambiarían, pero no es el caso.
Lo que se nota hasta ahora es que el proceso de sustitución de importaciones en el que se basó la reactivación de la industria, hasta ahora, ha llegado a su límite, y que incluso ya se encuentran en las góndolas muchos productos de consumo importados que la actual relación cambiaria posibilita. (DyN)
En su reciente gira europea arremetió contra los empresarios, y eso le dio dividendos. En la puja entre acreedores y deudores, siempre se va a colocar a favor de estos últimos, porque en primer lugar es Presidente de un país que se ha convertido en el mayor deudor defolteado del mundo y no tiene por ahora plata ni ganas de empezar a pagar.
Eso en lo internacional, pero en lo interno, lo mismo, porque cuando surgió la puja alrededor del incremento del Coeficiente de Variación Salarial (CVS) inmediatamente dictaminó que había que paralizar ese mecanismo de indexación de deudas hipotecarias, posición que después debió morigerar, pero no eliminar, una vez que el ministro de Economía puso el grito en el cielo.
Fue quizás la medida más política, pero no la más indicada para quien quiere reconstruir el mercado de crédito que es, quizás, lo más destruido dentro de todo lo que se destruyó en el país.
Lleva casi dos meses gobernando de esta manera, pero dentro de otros dos meses la gente va a pedir que en lugar de tanto vedettismo del Presidente y su círculo, que las vedettes sean los anuncios de nuevas inversiones y la reapertura o apertura de fuentes de trabajo. Es decir, hacer funcionar las cosas como quien camina hacia un país normal, y esa es la mayor tarea o hazaña que la Argentina tendrá que agradecer a Kirchner.
Hay algunos que piensan que en la mente presidencial está la idea de reemplazar la inversión privada, en la que no se tiene confianza, por un protagonismo estatal. Es decir, planes de obras públicas y fábricas públicas financiadas con dinero público, incluyendo la vuelta de la propiedad estatal de las grandes empresas privatizadas en los servicios públicos, transporte aéreo y combustibles.
Pero resulta muy difícil de creer que hoy en día pueda persistir tal filosofía, que no se aplica ni en los países donde siquiera persiste el socialismo; el caso de China es el más típico.Por ahora, lo que está en juego es algo más elemental y provisorio: si podrá mantenerse la actual reactivación o si esto ya se transforma en un amesetamiento que puede resbalar hacia una nueva recesión. Ni los economistas ni los empresarios las tienen todas consigo cuando hacen estos análisis. Los únicos que expresan un férreo optimismo son los funcionarios, no tanto los provenientes del equipo de Roberto Lavagna sino más bien los que llevó Kirchner de Santa Cruz.
El tipo de cambio
Un hombre de la línea lavagnista, como es el secretario de la Pequeña y Mediana Empresa, Federico Poli, expresaba sus temores por el desbarranco del tipo de cambio en estos últimos meses y no vacilaba en pedir que para mantener un tipo de cambio más elevado, el Gobierno le tendría que mostrar los dientes al mercado. O sea un dólar de 3,60 a 3,80, como se pensaba a fines de 2002 que iba a promediar 2003, levantaría muchas rentabilidades empresarias.
Máxime cuando la presión impositiva es cada vez mayor, no tanto por aumento de los impuestos nominales sino por una acción más efectiva de fiscalización y hasta de persecución por la AFIP y los fiscos provinciales.
Pero no se puede manipular el valor dólar cuando el único comprador de divisas es el propio Banco Central, cuyo presidente, Alfonso Prat Gay -en clara disonancia con el Palacio de Hacienda-, se manifiesta contento con el actual valor del dólar de $ 2,80. Si hubiera una intensa demanda de divisas del sector privado, para financiar equipamiento con bienes de capital o compra de insumos y bienes intermedios para expandir la producción, las cosas cambiarían, pero no es el caso.
Lo que se nota hasta ahora es que el proceso de sustitución de importaciones en el que se basó la reactivación de la industria, hasta ahora, ha llegado a su límite, y que incluso ya se encuentran en las góndolas muchos productos de consumo importados que la actual relación cambiaria posibilita. (DyN)






