Ninguno se chupa el dedo

Por Fernando Stanich 15 Octubre 2011
Cuando de niño te sorprendían en una posición incómoda, al patadón le sucedía un grito que eximía de cargo y culpa al agresor: "¡pose obliga!". En política, y cuando se toman decisiones que interesan a la vida pública, uno queda expuesto y a merced de aquel ritual de los recreos escolares.

El alperovichismo se acostumbró a lo largo de estos ocho años a someter a sus rivales y aliados. Y siempre tuvo de su lado la excusa de que la postura de sus enfrentados se lo permitía. Porque, en honor a la verdad, si uno está siempre precavido, es difícil que lo pesquen con la guardia baja.

Quizá el único dirigente que haya jugado de igual a igual -en algunas ocasiones- con el gobernador, José Alperovich, sea el intendente de la capital, Domingo Amaya. En otras palabras: posiblemente haya una reforma constitucional para habilitar la reelección indefinida; y hasta es muy probable que Alperovich busque un nuevo mandato en 2015. Pero de lo que no hay dudas es de que el jefe municipal es el rival al que menos veces el gobernador pudo darle un patadón y excusarse en el "¡pose obliga!".

Lenguaje de niños

En Casa de Gobierno admiten sin tapujos que la guerra es irremediable. Y que será larga y extenuante. Con momentos de mayor tensión y otros de relajo; aunque más no sea, públicamente.

En el alperovichismo sostienen que lo del amayismo ya roza lo irrespetuoso, aunque también es cierto que hay demasiadas susceptibilidades. Por caso, el miércoles, durante el acto de entrega de diplomas a los electos, le achacan al intendente haber exagerado los gestos peronistas para diferenciarse del mandatario provincial ante la dirigencia que asistió al teatro.

Es que, nuevamente, la política tiende a manejarse en muchas ocasiones con el lenguaje de los niños. Y a regirse con sus conductas. Como esos hermanitos que se demandan mutuamente ante los padres porque uno le quitó el lápiz al otro o porque le cambió el canal de la tele. Así actúan los bajitos que rodean a Amaya y los que dan vueltas alrededor de Alperovich.

Pero a diferencia de los pequeños, ninguno de estos actores se chupa el dedo. Cada cuento que llevan y traen persigue un sentido. Ahora, por ejemplo, la batalla se centrará en el Concejo Deliberante. Los alperovichistas están convencidos de que para truncar los proyectos provinciales del amayismo deben minar el terreno en el que se moverá el alfarismo. Y a eso apuestan. El diputado Germán Alfaro, que personalmente le dijo ya hace un tiempo al gobernador que quiere ser intendente en 2015, integra el lote de los dirigentes más resistidos por la Casa de Gobierno. El primer objetivo es quitarle margen de acción y armar una mesa de conducción del cuerpo deliberativo que, paradójicamente, no responda al intendente: Ramón Cano, Ignacio Golobisky y el radical José Luis Avignone. La idea se cocinó el miércoles, con una reunión entre Alperovich y los actuales y futuros concejales, entre los que no se encontraba ningún amayista.

Aún no empezó el tercer mandato de Alperovich, pero ya puede sacarse una conclusión: la sinceridad de un niño regirá sus acciones. Dijo que quería más poder para gobernar y, reforma de la Constitución mediante o no, hacia eso camina. El alperovichismo muestra que, a la hora de ejercer el poder, aplica el criterio del "gordito dueño de la pelota": el que quiera jugar, lo hará bajo mis reglas y con mis amigos. En el proceso de designación de jueces, en la Justicia, en la Legislatura, en los municipios y en los Concejos Deliberantes. Total, siempre podrá echar mano al infantilísimo "¡pose obliga!".

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