Las virtudes de la educación formal

Por Gustavo Martinelli 14 Octubre 2011
Replantear el sentido de la escuela. Esta es la advertencia que viene realizando desde hace un par de años, el académico Guillermo Jaim Etcheverry. Y, a la luz de los acontecimientos, parece tener razón. En nuestra edición de ayer, la Unión de Docentes Tucumanos sacó a la luz la grave problemática que se vive en muchas escuelas de la provincia, donde la violencia y la pérdida de límites ha llegado a niveles alarmantes. También, la Agremiación del Personal de Enseñanza Media (APEM), luego de un congreso en el que uno de los temas de debate fue precisamente la violencia escolar, denunció varios casos de docentes agredidos, no sólo por alumnos, sino también por padres. Esto demuestra, a todas luces, que el sistema educativo argentino vive una crisis cuya raíz se encuentra en la pérdida de los valores fundamentales de la convivencia humana.

La idea de que la educación es un trabajo que necesariamente demanda esfuerzo, se está perdiendo. El alarmante facilismo que se impone en las aulas ha llevado incluso a modificar la metodología de enseñanza para lograr la tan mentada "inclusión" de una gran porción de chicos que antes permanecía fuera del sistema educativo. Una medida positiva, por cierto, pero que está impactado directamente en la calidad educativa. Lo dijo ayer una docente que pidió mantener en reserva su nombre: "existe un discurso no escrito, pero sí verbal en la práctica, de contener a los chicos en la escuela a como dé lugar". Esto, por supuesto, obliga a nivelar hacia abajo para evitar la deserción y sólo consigue complicar aún más la crisis educativa. De hecho, en los diversos congresos que se realizaron en Tucumán, el tema de la calidad educativa estuvo presente como eje primordial. Pero se avanza casi como el cangrejo: de costado y a veces retrocediendo. En realidad, la sociedad actual está convencida de que para educar a niños y jóvenes basta con exponerlos a la realidad que los rodea porque considera que en ella reside lo valioso. Es decir que la "educación informal" del pasado, ocupa hoy el lugar central, dejando a la escuela la tarea de certificar la educación, independientemente de que ésta se haya o no recibido. "Una suerte de ventanilla emisora de constancias", señala Jaim Etcheverry. Los problemas aparecen cuando los jóvenes y sus padres advierten que la escuela o el colegio intentan lograr que el alumno aprenda algo a cambio de esa certificación. Es entonces, cuando surge la resistencia. Los chicos no quieren esforzarse en aprender, no respetan las normas básicas y los padres, colgados del discurso tácito de las autoridades de promover a los alumnos como sea, exigen que sus hijos pasen de curso sin siquiera ser evaluados. Semejante paradigma no puede más que generar violencia. En las aulas se respira tensión. No sólo porque los chicos imponen sus propias reglas, sino porque la única intromisión de los padres es justamente la exigencia hacia el docente. No hacia sus hijos.

Así las cosas, va siendo tiempo de recuperar las virtudes de la educación formal. Esa que establecía reglas que los alumnos debían respetar si querían ser promovidos. Una educación que exigía esfuerzo porque se asumía que la vida en el cada vez más competitivo mundo laboral también requería de esfuerzo. Una educación que pedía de los padres que den el ejemplo y no que se conviertan en cómplices. Una educación que no confundía "inclusión educativa" con "dejar hacer". Una educación que alumbró investigadores, científicos, escritores e intelectuales reconocidos a nivel mundial, sin recurrir al facilismo; premiando el esfuerzo y la dedicación. Una educación que, en definitiva, preparaba a los jóvenes para la vida y la esperanza, no para el pugilato y la desidia.

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