Los "porotitos" de Alperovich

Por Juan Manuel Asis 12 Octubre 2011
Hubo promesas de revoluciones productivas y de democracias con las que se curaba y se comía; ocurrió en tiempos electorales, en los que los protagonistas principales -los candidatos- sólo procuraban endulzar los oídos de la gente. La fórmula se mantiene; en épocas proselitistas no hay que molestar a los electores con temas que no quieren escuchar, o que rechazarán. Por ejemplo: si aún no se eligieron las nuevas autoridades nacionales y si aún no asumieron las próximas autoridades provinciales, no es simpático sugerir futuras reformas constitucionales para perpetuarse en el poder en el medio de las proclamas proselitistas. Es feo, inconveniente, apolítico y contraproducente, no arrima votos e incomoda a los que se intenta seducir.

Es un aspecto a considerar para analizar el freno que el justicialismo puso a las iniciativas reformistas nacionales y provinciales para favorecer por tiempos indefinidos a la presidenta, Cristina Fernández, y al gobernador, José Alperovich. Aunque, según las encuestas, la jefa de Estado obtendría más del 50% de adhesiones, con lo que su victoria no peligraría el 23. Sin embargo, no es cuestión de regalar ideas para que la oposición arme discursos antioficialistas justo en tiempos de votaciones. Por lo que se ve, sobre esa posible modificación de la Carta Magna se limitó a cabalgar el sector opositor que, además, se enfrenta por el segundo puesto. Ser segundo a más de 30 puntos del primero no sirve, política ni electoralmente, no ya para ir con vergüenza al balotaje, sino hasta para tratar de sacar pecho para gritar que es el opositor más votado. Es duro el camino que se le dibuja a la oposición con el peronismo en el Gobierno.

Aunque los oficialismos nacional (cristinismo) y provincial (alperovichismo) quieran sacar alguna ventaja posponiendo sus pretensiones reformistas, en el caso del peronismo tucumano hay que hacer un par de observaciones sobre el parate que le dio Alperovich a la iniciativa. Primero hay que analizar por qué el titular del Ejecutivo lanzó la bola y dejó que creciese. Respuesta: por el miedo que le causa la sola posibilidad de perder el poder que consiguió para someter y conducir. Teme que sin la chance de una tercera reelección la pelea sucesoria pueda empañar y dejar mal parados sus 12 años de gestión. Le inquieta esa debilidad lejana. No quiere irse como Ramón Ortega, Domingo Bussi o Julio Miranda, marcados negativamente por sus últimos meses de administración. Con la reforma puede ser él o puede elegir al sucesor, y tendrá el poder suficiente para evitar que su gobierno se trabe.

Para entender un segundo aspecto hay que recordar una vieja práctica política: si se quiere saber con cuántos amigos se cuenta en una instancia clave -una sesión legislativa, por ejemplo- hay que pedir una votación previa por la nimiedad que sea. Luego, con "los porotos" contados, se avanza tranquilamente. En ese sentido, Alperovich fue pragmático; tiró la idea inmediatamente después del 28 de agosto, antes de que alguno se envalentonara con los votos obtenidos y tratara de "crecer" con cierta independencia con miras a 2015. Como se diría, "pidió una votación previa" para contabilizar sus "porotitos" y observó que nadie se animó a sacar los pies del plato. Por el contrario, algunos fueron más papistas que el Papa. Con los gestos y los juramentos de lealtad que obtuvo ya no le hizo falta insistir con la reforma para no perder el poder que tiene. Sabe quiénes están con él. Por lo tanto, el freno tuvo una doble finalidad: sacar del debate una cuestión que puede irritar al electorado y conocer a sus "fieles". Son tantos que puede imponer la reforma cuando se le dé la gana. Fue el resultado de una antigua práctica peronista, de donde Alperovich tuvo los mejores maestros, aunque ahora reniegue de alguno de ellos.

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