El miedo no tan sólo paraliza sino que lleva a actuar intempestivamente contra aquello que lo genera. Es un catalizador más inflamable que la bencina, capaz de provocar desde triviales conflictos sentimentales hasta guerras mundiales. Su fuerza nociva es tan poderosa que inocula más males a quienes están en el área del miedoso que al propio temeroso. Lo sufren los hijos de padres con más terrores que certezas. También los ciudadanos de naciones con líderes fóbicos que repelen con violencia cualquier idea que ponga en riesgo una forma de pensar o de vivir. La teoría de la sociedad del miedo alcanza niveles que trascienden el ámbito del terrorismo mundial: abarca la economía, la salud, la educación, la naturaleza y la familia. Se tiene temor por la vida misma. Es la plaga del nuevo siglo, que se esconde detrás de modas, grupos sociales, religiones, tribus urbanas o soledades extremas. La vida se desliza entre miedos propios y ajenos. Se difumina el carpe diem y prevalecen moldes, convenciones, mandatos, reglas, imposiciones, modelos, uniformes, discriminadores, xenofobias. Por eso hay que despojarse de la mayor cantidad posible de miedos y combatir -o alejarse- de los miedosos. Porque la calidad de vida no se mide en términos de límites sino en la capacidad de disfrutar y de buscar -siempre- la felicidad.







