Una triste polémica explotó hace días por un informe que decía que el 30% de los argentinos prefería no vivir cerca de judíos ni bolivianos. Otra vez un minoritario grupo de tarados logró imponer su odio en la agenda pública. Pero como un regalo de esta maravillosa vida, el sábado tuve la fortuna de participar por primera vez en Famaillá de un casamiento bajo los preceptos musulmanes. Por esas cosas que tiene este país prodigioso, entre los 300 invitados a la boda había, además de musulmanes, un importante número de judíos, evangelistas, ateos, agnósticos, muchos católicos y hasta descendientes de las comunidades originarias, con sus propios ritos religiosos. Si no hubiera conocido a muchos de los comensales, no hubiese tenido manera de saber que detrás de ese fabuloso grupo de personas que se abrazaba, besaba, bailaba y celebraba con sentida alegría el amor de dos personas, había tantos credos y etnias. O tal vez a esa fiesta sólo fuimos el 70% de los argentinos.







