Desde una filtración en WikiLeaks hasta la reacción popular

Por Jorge José Torres - Director de la Revista Digital Integración en Ideas

09 Octubre 2011
El tema de la corrupción ha adquirido en la población del Brasil un renovado interés político y es parte de un debate actual. Las denuncias han sido parte de la vida política cotidiana y prácticamente han salpicado, en diverso grado, a todas las administraciones gubernamentales. Incluso motivó un comentario político del ex embajador de Estados Unidos en Brasil, Thomas Shannon, de febrero de 2010, que se filtró a través de WikiLeaks: "la corrupción persistente y generalizada afecta a las tres ramas del Gobierno".

Sin embargo, hay tres elementos que han impulsado el debate reciente. El primero de ellos es el poderoso imán para la generación de negocios y actos de corrupción que significa la organización del Campeonato Mundial de 2014 y de las Olimpíadas de 2016. En las últimas semanas se han multiplicado los informes periodísticos sobre irregularidades, en particular en la contratación de obras para estos dos acontecimientos deportivos. "La posibilidad que se usen indebidamente fondos de la organización del Mundial es grande, no solo por la cantidad de dinero en juego, sino también por la confusión de las competencias entre el sector público y el sector privado", se afirma en la prensa.

El segundo elemento es una creciente intolerancia de la población hacia las manifestaciones de corrupción estatal. El 7 de septiembre, en medio de los actos públicos por el aniversario de la Independencia del Brasil, se colaron manifestaciones en contra de la corrupción. Días después, se produjo la más emblemática en la playa de Copacabana, donde manifestantes plantaron 594 escobas que representaban a los 81 senadores y 513 diputados del Brasil en reclamo de que "el Congreso Nacional ayude a barrer la corrupción en Brasil".

El tercer elemento fue la propia decisión de Dilma Rousseff, que en poco tiempo desplazó a Antonio Paolocci, jefe de Gobierno; y a los ministros de Transporte, Alfredo Nascimento, al de Agricultura, Wagner Rossi, y al de Turismo, Pedro Novais. La meditada acción de la Presidenta fue positivamente recibida por la población e hizo crecer su popularidad al 71%. Además de sus propias convicciones, la mandataria realizó una correcta lectura de la opinión pública, en una sociedad menos tolerante hacia la corrupción.

La franqueza presidencial

Importantes sectores políticos consideran que estas acciones fortalecen el tránsito del Brasil hacia su consolidación como una potencia referente del sistema internacional actual. Un país que tolera elevado niveles de corrupción interna pierde confiabilidad en el campo internacional.

Sin duda, también se eleva la imagen de Dilma como una continuadora pero con perfil propio de la gestión de Luiz Inacio Lula da Silva. Un experimentado periodista internacional de ese país señaló: "Lula generaba ante los mandatarios extranjeros una sensación de confianza y familiaridad; Dilma, de seguridad y franqueza"

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