Cuestión de oportunidades
Los episodios que vive la Universidad Nacional de Tucumán describen la desarticulación entre las obligaciones de una alta casa de estudios y las acciones de sus protagonistas. La convocatoria a encontrar una salida conjunta y no desperdiciar las posibilidades que se presentan.
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Desde chiquitos nos han enseñado que Universidad se escribe con mayúscula. Aprendimos que ahí pasan cosas importantes. En ese lugar se piensa. Es un sitio que no se mira; se admira (el prefijo ad le da un sentido extraordinario a la mirada). Es difícil caminar por las veredas o por los pasillos de la UNT sin sentir la responsabilidad del respeto. En el aire se respira una valoración especial al pensamiento, aún en la discusión banal del café que se cuela entre clase y clase.
Intuimos que la Universidad es una promesa pública. Por eso cuando la Alta Casa de Estudios responde con excelencia, con compromiso y con razonamientos, casi de forma inmediata se fortalece la confianza colectiva. Y, casi inmediatamente, se refleja en los individuos y, por lo tanto, la sociedad crece. Sedimenta una sensación de confianza y de seguridad.
Cuando la Universidad no asume esas responsabilidades, nace la desilusión. Cuando no está a la altura de la expectativa que la historia misma ha generado, la decepción se hace profunda, llega a los sótanos.
Dice el periodista y escritor Roberto Espinosa que Juan B. Terán cuando fundó la UNT destacó que se trataba de “un punto de partida de una evolución indefinida”. En la página 364 del libro “La cultura en el Tucumán del siglo XX, diccionario monográfico” Espinosa precisa algunos objetivos trazados en las épocas fundacionales: “ …como institución democrática es objetivo trascendente de su labor educativa la formación de hombres con un elevado sentido ético, conscientes de los deberes y obligaciones que como universitarios les incumbe a la comunidad”.
Ni evolución ni una ética por encima de las ambiciones.
En sus apariciones públicas el ingeniero Sergio Pagani no se mostró como un rector locuaz. Con palabras certeras y frases cortas administró las riendas de la UNT. Hasta que el poder hizo de las suyas y le hizo creer que las normas se hacían a un costado cuando se trataba de él. Hubo de haber construido un liderazgo sólido y apaciguado hasta que decidió pasarse un semáforo en rojo y 11 decanos lo siguieron en caravana. No podía volver a ser rector y sin embargo fue a por una reelección que las normas le impedían. Rara forma de cerrar una gestión. A su ambición desmedida la aplaudieron decanos e instituciones universitarias que pusieron su codicia por encima de las normas. “Venimos trabajando para que la UNT sea más transparente, más clara y de cara a la sociedad”, había enfatizado Pagani. Nada de eso justifica la decisión de forzar las reglas de juego.
Se trata de una oportunidad perdida. Ya José Alperovich había iniciado el camino de hacer lo que quisiera. Buenos alumnos fueron el santiagueño Gerardo Zamora, el rionegrino Alberto Weretilneck, el sanjuanino Sergio Uñac y el tucumano Juan Manzur. Todos se creyeron Alperovich, pero luego del aplazo ético, finalmente respetaron las reglas de juego y las disposiciones de la Justicia.
El tiempo se ha ocupado de que los actores principales de la vida universitaria se alejen de los principios fundadores de Terán y se acerquen a la megalomanía como si fueran un prototipo actual de Ïcaro. Tanto es así que desde hace muchas elecciones que en los pasillos universitarios se habla de la mercantilización de la política. Incluso este mismo año algunos dirigentes bisbisearon que los alumnos piden más que los docentes.
Como decían las abuelas “no hay plazo que no se venza ni deudas que no se paguen”. Siguiendo a aquellas, pronto llegará el final de esta película que cualquiera sea, una vez más, no habrá sido feliz.
Culpables
En “Operación: Argentina”, el último libro de Andrés Malamud y Astrid Pikielny, hay, al final del trabajo, un glosario donde los autores despliegan su ingenio y su picardía. Es imposible pasar por alto la definición de Sergio Massa a quien después de señalar algunas características dicen que es “leal a Sergio Massa”. En la página siguiente aparece una escueta definición de “mentirosos”: “todos los demás”.
Este hallazgo de la política que en el libro se ajusta al pensamiento libertario pero que puede ser aplicado a cualquiera, es el sistema que aplican los dirigentes. Yo, no; los otros, es el paradigma que manda. En la municipalidad de Capital, una concejala (Ana González) hizo una denuncia judicial por supuestas contrataciones irregulares y millonarias de funcionarios del municipio Capital. La respuesta nunca fue sí o no. Siempre hubo la descarga de responsabilidad y la búsqueda de un entramado de operaciones.
En ese sistema se acuesta -y se duerme- la política comarcana. ¿Quién es el responsable de que Pagani esté en el laberinto en el que está? ¿Quién está detrás del fallo de la Cámara Federal de Apelaciones que dejó al pobre rector sin su reelección? ¿Quién es el malo de la película que quiere perjudicar al Jefe de Gabinete de la Nación que no logra ser claro sobre el manejo de sus fondos y cuyos contadores tienen tantas ocupaciones que no logran ponerle punto final a la declaración jurada? ¿Quién está detrás de las contrataciones en la Municipalidad?
Todas las respuestas que se han dicho, en forma pública y se han tirado en las mesas de café al igual que todas las que se nos sigan ocurriendo lo único que hacen es socavar las instituciones democráticas. Es no respetar a un juez, es no creer en un representante del pueblo, es no valorar la investidura de un funcionario y seguramente es no querer ajustarse a los caminos que llevan a la verdad o las normas, simplemente. Por eso tal vez lo más fácil es echarle la culpa al periodismo y listo.
La degradación tiene un origen muy simple que ningún actor quiere abordar: el financiamiento de la política. Algo de eso dijo también Malamud en una entrevista con LA GACETA que se verá el próximo martes en el programa “Panorama Tucumano” de LG Play. Si los propios representantes del pueblo, nacionales o provinciales, no pueden explicar sus emolumentos, mal comienzo tiene la actividad. Y ni hablar de las campañas políticas, que, dicho sea de paso, ya han comenzado. Al menos en las acusaciones internas.
La política ha perdido mucho su capacidad de diálogo y ha encontrado que la mejor solución es el agravio y la agresión personal o violenta. La vida de la actividad privada ha tenido una demostración en contrario en esta semana que nunca más volverá.
Ilusiones
En la inauguración de la zafra, los nuevos propietarios del ingenio Concepción invitaron al encuentro a todos los que potencian la actividad económica de la provincia, especialmente a sus pares industriales que podrían ser sus competidores. No faltó nadie y todos agradecieron la convocatoria, incluso los actores de la vida pública que hasta allí habían llegado. Los unos y los otros se fueron del convite destacando que era una oportunidad para Tucumán ese encuentro y que podía ayudar a tener otra mirada, de modernización y progreso. Antes, el propio Arzobispo Carlos Sánchez, utilizando su ya consabido “changos”, pidió trabajar con amor. Más que pedido sonó a utopía en estos tiempos, aunque después de escuchar a industriales, trabajadores y actores públicos podría ser una oportunidad como sugirió el flamante titular del ingenio, Santiago Blaquier.
No hace muchos años, cuando otros gobernaban se convocó a la tenista Mercedes Paz a conducir el turismo de la provincia. Cuando asumió puso en juego un concepto que a la soberbia tucumana y a los ciudadanos de esta comarca seguramente no les cayó bien. Mercedes Paz decía que habíamos quedado atrás de Salta en la competencia por el turismo y que por lo tanto, había que subirse a la movida salteña sin competir sino actuando en forma conjunta. Algo así como no confrontar y dialogar asumiendo el lugar que se tiene sin altanerías. El turismo y la industria azucarera más de una vez cometieron el mismo pecado.
La dirigencia, acostumbrada a vivir en su burbuja, no siempre logra interpretar lo que queda de sus mensajes. Por eso nadie se hará cargo -esperemos que tampoco vean una operación- por los sucesos de violencia que se vivieron en pleno centro de la Capital tucumana.
En muchas ciudades enormes que siempre están al borde de la locura suelen dar un consejo inquietante: si chocás, no bajes del auto. Andá hasta una estación de servicio, una comisaría o hasta algún lugar iluminado. La recomendación puede ser prudente, pero también revela algo grave: ya no se confía en que un accidente permita una escena mínima de convivencia: “¿estás bien?”, “pasame los datos”, “llamemos al seguro”.







