El de hoy es un día fundacional para Tucumán. Gervasio Antonio de Posadas firmó el 8 de octubre de 1814 el decreto por el cual "el territorio que comprenden los pueblos del Tucumán, Santiago del Estero y Valle de Catamarca, formarán desde hoy una Provincia del Estado con la denominación de Provincia del Tucumán". Así partía en dos a la provincia de Salta. Convertida en teatro de la guerra de la independencia contra los realistas, el territorio había sufrido, según argumentaba el supremo director de las Provincias Unidas del Río de la Plata, "incalculables calamidades", con "el atraso consecuente en que han quedado todos los ramos que hacían a la prosperidad de sus pueblos".
La división se concretaba, justamente, "para que constituidos en ellas jefes condecorados y expertos puedan consagrar exclusivamente y con menos obstáculos todo su celo a la reparación de los quebrantos que han padecido". Nada menos. Nada más.
Un último motivo era esgrimido: "distinguir en algún modo el glorioso pueblo de Tucumán que ha rendido tan señalados servicios a la Patria".
Pasados 197 años, las decisiones respecto nada menos que de la Constitución de Tucumán, institución trascendental de la provincia, no pasan por tener un plan de Estado para el subtrópico, como en el caso de Posadas, sino por el capricho del gobernador. Ayer, el jefe del Poder Ejecutivo dijo que hay que "mandar a la heladera" la idea de volver a "tocar" la Carta Magna y les pidió a dirigentes y legisladores que no hablen de ese asunto, porque no está "en la agenda de la gente". Pero el martes pasado, el que hablaba de la reforma y de la recontramil-recontra-reelección era él.
"No estoy para nada de acuerdo con la reelección indefinida para el gobernador. Para cargos legislativos no sé. Pero en el caso de que sucediera, pido un mandato más para poder gobernar bien estos cuatro años, porque en política hace falta mantener el poder para poder gobernar", sostuvo el pasado 5.
Es el mismo mandatario que en la noche del pasado 28 de agosto, después de los comicios en los que consiguió la recontra-reelección, le dijo a LA GACETA que sólo quería gobernar hasta 2015. "Creo que habrá Alperovich por cuatro años más. Nada más", fue su respuesta ante la consulta periodística. ¿Qué es lo que hay que creer de lo que dice?
La suerte de la Constitución provincial se encuentra atada al capricho del mandatario. Según su estado de ánimo, reivindica la necesidad de modificarla, o la niega. Habrá que admitir que si no hay Carta Magna sólida, es perversamente coherente que la palabra oficial sólo sea desconcertante. Para el caso, la entrevista que este diario publicó el 29 de octubre de 2007, cuando José Alperovich asumió su segundo mandato. "Con tanto poder, debo autolimitarme", fue el título. En la nota, él agregó: "El poder que hemos adquirido en Tucumán es tan grande que tenemos que ser diez mil veces más cuidadosos..."
De lo que no hay dudas es de que el tiempo, en especial aquí, es esencialmente entrópico.
El bronce y el barro
En esta suerte de cumpleaños provincial, el repaso de la vida de Tucumán presenta contrastes estremecedores. Claro que no se pueden abarcar 197 años de historia de un Estado en un artículo, y por tanto las omisiones serán cuantiosas, pero aún así, el siglo XIX y el siglo XX son monstruosamente diferentes.
El Tucumán de la centuria pasada es centro emblemático del horror de los 70. De ese espanto donde todos se acusan mutuamente de mentir porque la verdad es la muerte. Y aunque a mediados de siglo esta será la provincia del último gobierno democrático que hizo mucha y buena obra pública de infraestructura, durante la gestión de Celestino Gelsi, una década después se convertirá en el Tucumán del cierre masivo de ingenios. Y del éxodo masivo de comprovincianos a otras latitudes. La provincia era, parafraseando a Eduardo Rosenzvaig, "crisis de un modelo y modelo de una crisis".
El Tucumán decimonónico parece otra cosa, a pesar de las guerras. Es el que aporta a la Independencia del territorio que hoy es la Argentina tanto de hecho, con la trascendental Batalla de Tucumán de 1812, como de derecho, con la Declaración de la Independencia de 1816. Dos tucumanos serán durante esa centuria presidentes de este país: Julio Argentino Roca, siempre polémico, y Nicolás Avellaneda, nunca bien ponderado. Y otro tucumano le dará al pueblo argentino nada menos que su ley. Juan Bautista Alberdi será quien siente las Bases y punto de partida para la organización política de la República Argentina.
Si después de un centenar de años para el bronce, y de otros tantos para el barro de la historia, es el siglo XXI el que debe desempatar, hay comenzar a inquietarse acerca del juicio de los tiempos.
Deudas y eufemismos
El tercer milenio comenzó para Tucumán con una letal hambruna infantil que escandalizó al planeta. Era el mirandismo, versión primigenia y sin plata del Estado culturalmente alperovichista. Había derechos humanos básicos devorados en el Jardín de la República plagado de langostas.
Hoy, cuando la democracia se consolida no sólo como modo de gobierno sino como forma de vida, da la impresión de que esa situación mejoró. Lo de "da la impresión", no es relativismo sino concesión. Este es el Gobierno durante el que se abolió por decreto la desnutrición: ya no hay "desnutrido crónico" en diversos grados sino "bajo peso" y "baja talla". Y es, también, la administración que fue denunciada de anotar a los que nacían pesando menos de 600 gramos -y cuya supervivencia es aquí inviable- como "defunciones fetales".
Aún así, si la sociedad se alejó de esa cornisa, el abismo de la pobreza sigue en la esquina. El recrudecimiento de la inseguridad exhibe que la redistribución de la riqueza no es realidad sino eslogan. Con planes sociales que maquillan la miseria de taperas de plástico en zonas marginales.
Pero con independencia de esta situación, que tanto indigna a sus negadores, es el siguiente escalón de los derechos humanos, vinculado con el ejercicio de la ciudadanía y el goce de las formas rectas de Gobierno, el que configura una deuda histórica de magnitudes descomunales.
Y desvergonzadas.
Conservación y secreto
"Una sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de poderes definida, no tiene Constitución", maldijo la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. De 1789. De la Revolución Francesa. De antes que decretaran la creación de Tucumán.
A esa doble carencia la advirtió Alberdi. Lo testimonia la Cátedra "B" de Derecho Constitucional de la Facultad de Derecho de la UNT, en un libro reciente e imprescindible compilado por Carmen Fontán: Juan Bautista Alberdi. Apología y crítica de su pensamiento. Allí, Rodolfo Burgos subraya que el prócer tucumano, en sus Escritos Póstumos, advierte que un Estado libre "no puede decir que ejerce su libertad sino cuando conserva y retiene en sus manos el Gobierno de su Gobierno. Lo que supone hoy el concepto de elecciones genuinas, auténticas, libres, que se han elaborado en los organismos transnacionales de protección de los derechos humanos". Nada que ver con una Junta Electoral Provincial colonizada ni con los comicios de urnas quemadas y de muertos que votan.
Que el Gobierno no pueda mirar de frente los escritos del prócer tucumano es, luego, el espíritu del próximo Preámbulo de la Constitución provincial que vendrá cuando el gobernador quiera.
"Conservar la Constitución es el secreto de tener Constitución", escribió el tucumano ilustre en las Bases, tal como destaca Dante Mirra en Apología y crítica... "¿Tiene defectos, es incompleta? No la reemplacéis por otra nueva. La novedad de una ley es una falta que no se compensa por ninguna perfección porque la novedad excluye el respeto y la costumbre, y una ley sin estas bases es un pedazo de papel, un trozo literario".
¿Qué es, luego, una Constitución que reemplazará a otra con apenas cinco años de vigencia, al solo efecto de habilitar más reelecciones para un gobernante, luego de la complaciente habilitación de una Legislatura arrodillada? Es una norma ultrajada que aclara que la Casa de Gobierno no es el solar donde descansan los restos de Alberdi, sino el sepulcro definitivo del padre de la Constitución.
Por cierto: muchas felicidades, Tucumán.
La división se concretaba, justamente, "para que constituidos en ellas jefes condecorados y expertos puedan consagrar exclusivamente y con menos obstáculos todo su celo a la reparación de los quebrantos que han padecido". Nada menos. Nada más.
Un último motivo era esgrimido: "distinguir en algún modo el glorioso pueblo de Tucumán que ha rendido tan señalados servicios a la Patria".
Pasados 197 años, las decisiones respecto nada menos que de la Constitución de Tucumán, institución trascendental de la provincia, no pasan por tener un plan de Estado para el subtrópico, como en el caso de Posadas, sino por el capricho del gobernador. Ayer, el jefe del Poder Ejecutivo dijo que hay que "mandar a la heladera" la idea de volver a "tocar" la Carta Magna y les pidió a dirigentes y legisladores que no hablen de ese asunto, porque no está "en la agenda de la gente". Pero el martes pasado, el que hablaba de la reforma y de la recontramil-recontra-reelección era él.
"No estoy para nada de acuerdo con la reelección indefinida para el gobernador. Para cargos legislativos no sé. Pero en el caso de que sucediera, pido un mandato más para poder gobernar bien estos cuatro años, porque en política hace falta mantener el poder para poder gobernar", sostuvo el pasado 5.
Es el mismo mandatario que en la noche del pasado 28 de agosto, después de los comicios en los que consiguió la recontra-reelección, le dijo a LA GACETA que sólo quería gobernar hasta 2015. "Creo que habrá Alperovich por cuatro años más. Nada más", fue su respuesta ante la consulta periodística. ¿Qué es lo que hay que creer de lo que dice?
La suerte de la Constitución provincial se encuentra atada al capricho del mandatario. Según su estado de ánimo, reivindica la necesidad de modificarla, o la niega. Habrá que admitir que si no hay Carta Magna sólida, es perversamente coherente que la palabra oficial sólo sea desconcertante. Para el caso, la entrevista que este diario publicó el 29 de octubre de 2007, cuando José Alperovich asumió su segundo mandato. "Con tanto poder, debo autolimitarme", fue el título. En la nota, él agregó: "El poder que hemos adquirido en Tucumán es tan grande que tenemos que ser diez mil veces más cuidadosos..."
De lo que no hay dudas es de que el tiempo, en especial aquí, es esencialmente entrópico.
El bronce y el barro
En esta suerte de cumpleaños provincial, el repaso de la vida de Tucumán presenta contrastes estremecedores. Claro que no se pueden abarcar 197 años de historia de un Estado en un artículo, y por tanto las omisiones serán cuantiosas, pero aún así, el siglo XIX y el siglo XX son monstruosamente diferentes.
El Tucumán de la centuria pasada es centro emblemático del horror de los 70. De ese espanto donde todos se acusan mutuamente de mentir porque la verdad es la muerte. Y aunque a mediados de siglo esta será la provincia del último gobierno democrático que hizo mucha y buena obra pública de infraestructura, durante la gestión de Celestino Gelsi, una década después se convertirá en el Tucumán del cierre masivo de ingenios. Y del éxodo masivo de comprovincianos a otras latitudes. La provincia era, parafraseando a Eduardo Rosenzvaig, "crisis de un modelo y modelo de una crisis".
El Tucumán decimonónico parece otra cosa, a pesar de las guerras. Es el que aporta a la Independencia del territorio que hoy es la Argentina tanto de hecho, con la trascendental Batalla de Tucumán de 1812, como de derecho, con la Declaración de la Independencia de 1816. Dos tucumanos serán durante esa centuria presidentes de este país: Julio Argentino Roca, siempre polémico, y Nicolás Avellaneda, nunca bien ponderado. Y otro tucumano le dará al pueblo argentino nada menos que su ley. Juan Bautista Alberdi será quien siente las Bases y punto de partida para la organización política de la República Argentina.
Si después de un centenar de años para el bronce, y de otros tantos para el barro de la historia, es el siglo XXI el que debe desempatar, hay comenzar a inquietarse acerca del juicio de los tiempos.
Deudas y eufemismos
El tercer milenio comenzó para Tucumán con una letal hambruna infantil que escandalizó al planeta. Era el mirandismo, versión primigenia y sin plata del Estado culturalmente alperovichista. Había derechos humanos básicos devorados en el Jardín de la República plagado de langostas.
Hoy, cuando la democracia se consolida no sólo como modo de gobierno sino como forma de vida, da la impresión de que esa situación mejoró. Lo de "da la impresión", no es relativismo sino concesión. Este es el Gobierno durante el que se abolió por decreto la desnutrición: ya no hay "desnutrido crónico" en diversos grados sino "bajo peso" y "baja talla". Y es, también, la administración que fue denunciada de anotar a los que nacían pesando menos de 600 gramos -y cuya supervivencia es aquí inviable- como "defunciones fetales".
Aún así, si la sociedad se alejó de esa cornisa, el abismo de la pobreza sigue en la esquina. El recrudecimiento de la inseguridad exhibe que la redistribución de la riqueza no es realidad sino eslogan. Con planes sociales que maquillan la miseria de taperas de plástico en zonas marginales.
Pero con independencia de esta situación, que tanto indigna a sus negadores, es el siguiente escalón de los derechos humanos, vinculado con el ejercicio de la ciudadanía y el goce de las formas rectas de Gobierno, el que configura una deuda histórica de magnitudes descomunales.
Y desvergonzadas.
Conservación y secreto
"Una sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de poderes definida, no tiene Constitución", maldijo la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. De 1789. De la Revolución Francesa. De antes que decretaran la creación de Tucumán.
A esa doble carencia la advirtió Alberdi. Lo testimonia la Cátedra "B" de Derecho Constitucional de la Facultad de Derecho de la UNT, en un libro reciente e imprescindible compilado por Carmen Fontán: Juan Bautista Alberdi. Apología y crítica de su pensamiento. Allí, Rodolfo Burgos subraya que el prócer tucumano, en sus Escritos Póstumos, advierte que un Estado libre "no puede decir que ejerce su libertad sino cuando conserva y retiene en sus manos el Gobierno de su Gobierno. Lo que supone hoy el concepto de elecciones genuinas, auténticas, libres, que se han elaborado en los organismos transnacionales de protección de los derechos humanos". Nada que ver con una Junta Electoral Provincial colonizada ni con los comicios de urnas quemadas y de muertos que votan.
Que el Gobierno no pueda mirar de frente los escritos del prócer tucumano es, luego, el espíritu del próximo Preámbulo de la Constitución provincial que vendrá cuando el gobernador quiera.
"Conservar la Constitución es el secreto de tener Constitución", escribió el tucumano ilustre en las Bases, tal como destaca Dante Mirra en Apología y crítica... "¿Tiene defectos, es incompleta? No la reemplacéis por otra nueva. La novedad de una ley es una falta que no se compensa por ninguna perfección porque la novedad excluye el respeto y la costumbre, y una ley sin estas bases es un pedazo de papel, un trozo literario".
¿Qué es, luego, una Constitución que reemplazará a otra con apenas cinco años de vigencia, al solo efecto de habilitar más reelecciones para un gobernante, luego de la complaciente habilitación de una Legislatura arrodillada? Es una norma ultrajada que aclara que la Casa de Gobierno no es el solar donde descansan los restos de Alberdi, sino el sepulcro definitivo del padre de la Constitución.
Por cierto: muchas felicidades, Tucumán.







