"Ladran Sancho, señal de que cabalgamos". La frase, que se le atribuye al hidalgo Don Quijote de la Mancha, fue usada casi textualmente en varias oportunidades por el conductor Marcelo Tinelli. Siempre para retrucar alguna sanción del Comfer a su programa "ShowMatch". La última, fue esta semana, cuando su ciclo "Bailando por un sueño" volvió a provocar un escándalo sin igual en todo el país a causa del desnudo total que realizó la siempre mediática Cinthia Fernández. Sin entrar a calificar los hechos, hay una realidad que duele: la televisión vive en un vértigo constante, y no sólo por la atroz competencia entre Canal 13 y Telefe por unos puntos más de rating. También porque se ha llegado a un nivel tal de procacidad y de mal gusto que ya ni siquiera los ciclos de ficción se salvan. Lenguaje vulgar, escenas perversas, historias oscuras e inmorales, violencia y hasta chistes de mal gusto son una constante en la pantalla.
De esta manera, el rol de la televisión como una aliada de la educación, de la cultura y de la libertad, se desdibuja. Bien usada, la TV puede incluso contribuir a mejorar el nivel de convivencia y respeto entre los ciudadanos. Mal utilizada, en cambio, puede provocar todo lo contrario. Programas idiotizantes, "pan y circo", violencia social, hartazgo y decadencia.
Es cierto que siempre cabe la libertad de apagar el televisor o de cambiar el canal. Pero también es cierto que aquello que se ve de noche y genera más de 25 puntos de rating se repite, casi como una letanía, en cada uno de los ciclos de la mañana y de la tarde -que, se suponen, gozan de protección al menor- dedicados a hablar, justamente, de lo que se trasmitió la noche anterior. Frente a la apabullante realidad de este "fenómeno" que impide la evasión, las preguntas de los chicos se multiplican y los padres se encuentran ante la difícil tarea de tener que explicar que esa mujer que baila lujuriosamente mientras se desnuda, es en realidad una pobre muchacha que busca la fama a cualquier costo. Según los psicólogos, los chicos son curiosos por naturaleza, y poder ver lo que hacen los grandes los atrapa, porque esa es justamente la mayor fantasía infantil. Por eso no es cuestión de limitar la curiosidad, sino de evitar que queden aplastados por ella. En este mismo sentido, lo más grave no es la exhibición de la desnudez, el lenguaje vulgar ni las conductas impropias. Lo peor, sin duda, es el modelo de éxito que se transmite a los chicos. Y es aquí donde deben actuar los padres. Porque sería muy triste que en un futuro cercano terminemos viendo cómo, en las fiestas de 15, el tradicional baile del vals es reemplazado por un grotesco caño alrededor del cual las chicas contornean su adolescencia.
También los dueños de los canales tienen responsabilidad de cambiar el desolador panorama de la TV argentina. La desaprensión con que dejan hacer a sus gerentes de programación no encuentra explicación posible: en la pantalla se ven y se oyen barbaridades que seguramente no permitirían que se repitiesen en sus hogares. Mantener en tan bajo nivel la TV abierta no sólo es un crimen contra la educación informal de toda la sociedad argentina, sino especialmente una grosera discriminación social hacia sus clases más bajas que no pueden acceder al mejor servicio o a otros estímulos culturales como el cine, o el teatro.
Por eso, los que manejan los canales deben decidir si la TV seguirá hundiéndose en el fango de la mediocridad hasta convertirse en un medio marginal y desprestigiado, o si retomará aquella senda luminosa que la caracterizó en sus años iniciales. El público no es ajeno a esta disyuntiva y debe tomar conciencia de que su poder radica en lo que ve, pero también en lo que elige no ver.
De esta manera, el rol de la televisión como una aliada de la educación, de la cultura y de la libertad, se desdibuja. Bien usada, la TV puede incluso contribuir a mejorar el nivel de convivencia y respeto entre los ciudadanos. Mal utilizada, en cambio, puede provocar todo lo contrario. Programas idiotizantes, "pan y circo", violencia social, hartazgo y decadencia.
Es cierto que siempre cabe la libertad de apagar el televisor o de cambiar el canal. Pero también es cierto que aquello que se ve de noche y genera más de 25 puntos de rating se repite, casi como una letanía, en cada uno de los ciclos de la mañana y de la tarde -que, se suponen, gozan de protección al menor- dedicados a hablar, justamente, de lo que se trasmitió la noche anterior. Frente a la apabullante realidad de este "fenómeno" que impide la evasión, las preguntas de los chicos se multiplican y los padres se encuentran ante la difícil tarea de tener que explicar que esa mujer que baila lujuriosamente mientras se desnuda, es en realidad una pobre muchacha que busca la fama a cualquier costo. Según los psicólogos, los chicos son curiosos por naturaleza, y poder ver lo que hacen los grandes los atrapa, porque esa es justamente la mayor fantasía infantil. Por eso no es cuestión de limitar la curiosidad, sino de evitar que queden aplastados por ella. En este mismo sentido, lo más grave no es la exhibición de la desnudez, el lenguaje vulgar ni las conductas impropias. Lo peor, sin duda, es el modelo de éxito que se transmite a los chicos. Y es aquí donde deben actuar los padres. Porque sería muy triste que en un futuro cercano terminemos viendo cómo, en las fiestas de 15, el tradicional baile del vals es reemplazado por un grotesco caño alrededor del cual las chicas contornean su adolescencia.
También los dueños de los canales tienen responsabilidad de cambiar el desolador panorama de la TV argentina. La desaprensión con que dejan hacer a sus gerentes de programación no encuentra explicación posible: en la pantalla se ven y se oyen barbaridades que seguramente no permitirían que se repitiesen en sus hogares. Mantener en tan bajo nivel la TV abierta no sólo es un crimen contra la educación informal de toda la sociedad argentina, sino especialmente una grosera discriminación social hacia sus clases más bajas que no pueden acceder al mejor servicio o a otros estímulos culturales como el cine, o el teatro.
Por eso, los que manejan los canales deben decidir si la TV seguirá hundiéndose en el fango de la mediocridad hasta convertirse en un medio marginal y desprestigiado, o si retomará aquella senda luminosa que la caracterizó en sus años iniciales. El público no es ajeno a esta disyuntiva y debe tomar conciencia de que su poder radica en lo que ve, pero también en lo que elige no ver.







